
La crisis que atraviesa el sector primario en España ha alcanzado un punto de inflexión donde la vocación rural ya no garantiza el sustento diario. El aumento imparable de los costes de producción, la volatilidad de los precios en origen y los reducidos salarios han forzado a numerosos trabajadores a tomar decisiones drásticas para llegar a fin de mes. Entre ellos se encuentra José Antonio Herrero Sagrado, un agricultor y ganadero de Ledesma (Salamanca) que se ha visto obligado a redefinir su rutina diaria para conseguir la estabilidad económica que la tierra dejó de ofrecerle.
Durante décadas, su vida transcurrió íntegramente dedicada al cuidado de los cultivos y la ganadería. Sin embargo, el paulatino deterioro del margen de beneficio en el sector agrícola le abocó a buscar un empleo complementario para evitar la ruina. La oportunidad laboral llegó de forma totalmente imprevista dentro del ámbito municipal. “Entré a través de un amigo, para cubrir unas vacaciones”, confesó el propio José Antonio en una entrevista concedida a La Gaceta de Salamanca. Lo que comenzó como una sustitución temporal terminó convirtiéndose en su puesto de trabajo definitivo desde hace cinco años.
Desde entonces, Herrero compagina su labor en la explotación ganadera con el servicio como enterrador en el cementerio de San Carlos Borromeo, en Salamanca. Su jornada diaria exige un despliegue de energía notable para cumplir con dos oficios tan exigentes como diversos: limpia pasillos, prepara las sepulturas, atiende los entierros y ejecuta la reducción de restos sepulcrales.

“El campo da fruto y el cementerio da paz”
Afrontar las tareas cotidianas en un camposanto requiere de una entereza emocional que, según explica el propio ganadero, logró forjar tras toda una vida expuesto al rigor físico del entorno rural. “He estado toda la vida viendo animales, trabajando con la pala... esto no me coge de nuevas”, declaró al medio salmantino. Sin embargo, no oculta la complejidad psicológica que implica su nuevo empleo: “Nosotros vemos una caja, no el cuerpo, pero cuando toca hacer reducciones y el cuerpo no está descompuesto, eso impresiona más. Hay que tener estómago”.
A pesar de la dureza del oficio, José Antonio ha encontrado en el recinto municipal una certeza económica que la ganadería ya no puede asegurarle de manera independiente. Define el cementerio como un espacio particular donde conviven de forma permanente “la tristeza y la paz a la vez”, e incluso subraya cómo muchas personas acuden al lugar buscando relajación, pasear o pintar entre sus pasillos.
Paralelamente, el trabajador lamenta la falta de relevo generacional y la paulatina pérdida de tradiciones entre los más jóvenes, quienes cada vez frecuentan menos estos espacios en fechas señaladas como el Día de Todos los Santos. A pesar del sacrificio que supone mantener una doble jornada laboral en dos sectores sumamente exigentes, asume su día a día con resiliencia y filosofía. Para José Antonio, doblar turno es el único camino viable para no abandonar sus raíces agrícolas, sintetizando su dualidad con una gran frase: “El campo da fruto y el cementerio da paz”.




