Casi todas las personas del mundo recuerdan con exactitud qué estaban haciendo hace 25 años, cuando en las pantallas de todos los televisores del mundo aparecía la imagen de una de las torres gemelas a minutos de haber recibido el impacto de un avión. Cuando apareció un segundo avión que desapareció en el interior de la otra torra, el mundo entero supo que presenciaba un atentado hasta entonces inconcebible. Y en la memoria de una cifra récord de seres humanos quedó grabado lo que estaban haciendo en el preciso momento en que comenzaba de manera trágica un nuevo y oscuro capítulo de la historia.
Pocas horas después, en los televisores aparecía el rostro de un árabe con un nombre largo y extraño: Osama bin Muhamad bin Awdá bin Laden. Antes de que ese millonario saudita apareciera en cámara desde un escondite en Afganistán, la CIA y el Pentágono supieron que detrás del primer atentado de escala genocida (causó más de tres mil muertos) estaba Al Qaeda, la organización que de ese modo inauguraba el terrorismo global.
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En rigor, Al Qaeda ya había perpetrado ataques contra blancos norteamericanos. Coches bombas en las embajadas estadounidenses de Nairobi y dar el Salam (Kenia y Tanzania), además de una lancha bomba abriendo un boquete en la proa del buque USS Cole, anclado en un puerto yemení. Pero aquel fue el golpe más electrizante y espectacular de la historia del terrorismo, porque, a diferencia del avión que los aeropiratas de Al Qaeda estrellaron contra el Pentágono y el que cayó en Pensilvania, los dos que derribaron las torres de Manhattan implicaron un atentado transmitido en vivo y en directo.
Así comenzó la era del terrorismo global. Dejaba definitivamente atrás la Guerra Fría, concluida con la desaparición de la URSS y también la década de falsa ilusión de un mundo definitivamente en armonía: los años ’90.

Con Al Qaeda comenzaba la era del terrorismo global. Terminaba el tiempo del terrorismo nacional, que actuaba de manera focalizada en un determinado país. Osama bin Laden había creado una red de células dormidas difuminadas por el planeta, que podían entrar el acción y ejecutar actos terroristas al recibir un plan y una orden desde una neurona central. En esa neurona estaba Bin Laden y su mano derecha, el médico egipcio Aymán al Sawahiri.
Posteriormente, en el escenario de la guerra civil en Siria, el terrorismo global daría otro paso también aterrador: con la organizaciónEstado Islámico Irak-Levante (ISIS) apareció el “lobo solitario”, personas que consumían mensajes elaborados de manera casi hipnótica para hacer que, en un momento determinado, esas personas entraran en trance exterminador perpetrando masacre en lugares públicos.

Según Samuel Huntington, el mundo había pasado de una guerra entre dos grandes ideologías al choque de culturas, que sería una confrontación intercultural. A 25 años del 11-S parece claro que no comenzaba un choque entre culturas, sino el choque intracultural, porque en el interior de cada cultura, las asiáticas y la occidental, su “ancestralidad” afloraría violentamente para deshacerse de su moderninad.
Ese choque intracultural, o sea en el interior de las culturas, se dio antes que nada en el mundo musulmán. Los islamistas enfrentaron a los regímenes del nacionalismo secular. Con Al Qaeda, el terrorismo se globalizó. Pero lo más relevante es que en las culturas orientales y también en la cultura occidental, la “ancestralidad” aflora supurando liderazgos ultraconservadores que se declaran en guerra cultural contra la modernidad.
Se ve claramente en Occidente, donde se multiplican los liderazgos que, desde un conservadurismo extremo, libran “batallas culturales” para abolir todos los derechos que trajo la modernidad occidental. El feminismo, la diversidad sexual, la idea de libertades públicas e individuales y también de igualdad y de justicia social, son algunos de los blancos contra los que se abate la ola reaccionaria que recorre occidente.
En Israel, la modernidad sorprendente que había desarrollado su sociedad desde la mismísima fundación, ahora está siendo jaqueada por un liderazgo abocado a la reconquista de los territorios bíblicos de Samaria y Judea, mientras que en España avanza el nacionalismo ultracatólico que nació con los reyes Isabel y Fernando y tuvo su retroceso en el siglo 20 con el régimen falangista del dictador Francisco Franco.
Rusia había tenido una modernidad totalitaria con la era soviética y el comunismo bolchevique, pero vivió una década de democracia liberal (con corrupción pero con libertades), hasta que en el choque intracultural a la ancestralidad zarista la lideró Vladimir Putin recreando la autocracia despótica abocada al expansionismo territorial.
Ese rasgo puede percibirse, de diferentes modos, en muchos otros rincones del planeta. Y es el rasgo de la era que tuvo su anunció de manera espectacularmente trágica aquel 11 de setiembre.




