En varias zonas agrícolas se expande el uso del Kernza, una gramínea domesticada que se implanta cada varios años y desarrolla raíces de varios metros (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cada vez más agricultores de Estados Unidos incorporan cereales perennes a sus explotaciones como respuesta a las sequías e inundaciones extremas que amenazan sus cosechas. El caso más avanzado es el Kernza, un cereal perenne derivado de una gramínea silvestre que se siembra una sola vez cada varios años y cuyas raíces pueden alcanzar varios metros de profundidad, lo que le permite acceder al agua almacenada en capas más bajas del suelo y tolerar mejor los períodos de escasez hídrica.

Bryce Black, agricultor de cuarta generación en Kansas, vivió en primera persona la fragilidad del modelo tradicional. Tras una lluvia alentadora a finales de octubre del año pasado, apostó por 728 hectáreas de trigo de invierno. Un invierno y una primavera secos trajeron una sequía extrema justo cuando el cultivo más necesitaba agua.

Al final, solo cosechó 607 hectáreas (1.500 acres) y registró el rendimiento más bajo desde que tomó las riendas de la explotación familiar en 2017. “Fue más bien apretar los dientes y aguantar. Desanima, ¿sabes? Y es bastante difícil saber qué hacer”, dijo en declaraciones a Euronews.

Los cereales perennes protegen el suelo y reducen la dependencia del riego

Una infografía de Infobae detalla el rendimiento y las características agronómicas del Kernza, un cereal perenne cultivado en Estados Unidos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Frente a ese escenario, algunos productores incorporan cereales perennes a su rotación de cultivos. A diferencia de los anuales, que requieren siembra cada temporada, los perennes se plantan una sola vez cada varios años. Sus sistemas de raíces, más desarrollados y profundos que los de los cultivos tradicionales, les permiten acceder al agua almacenada en capas bajas del suelo y tolerar mejor las sequías de corta duración.

Cuando llegan lluvias torrenciales, esas raíces absorben el exceso de agua que de otro modo escurriría y erosionaría el terreno. También llevan carbono a capas más profundas del suelo, donde es menos probable que se libere a la atmósfera, y los suelos con mayor contenido de carbono suelen ser más fértiles.

“Incorporar especies perennes a nuestra agricultura parece la única opción para disponer de suelo durante generaciones si queremos seguir produciendo alimentos”, afirmó Laura van der Pol, responsable de ecología del suelo en The Land Institute, con sede en Salina, Kansas.

El cereal perenne más avanzado produce entre el 20 y el 40% de lo que rinde el trigo convencional

Los cereales perennes reducen la dependencia del riego y frenan la erosión en lluvias torrenciales (Imagen Ilustrativa Infobae)

El cultivo más desarrollado dentro de esta categoría es el Kernza, un cereal similar a las gramíneas autóctonas de partes de Europa y Asia occidental. The Land Institute comenzó a domesticarlo formalmente en 2001 y lo cosechó por primera vez en una granja en 2010. El año pasado, se cultivó en 1.421 hectáreas en Estados Unidos, una cifra aún marginal frente a los 15,1 millones de hectáreas de trigo cosechados o plantados en 2025-26.

David Mueller lleva desde 2018 plantando este cereal en casi 40 hectáreas de su explotación familiar en Halstead, Kansas. Lo usa para recuperar parcelas con problemas de drenaje y reponer materia orgánica en suelos desgastados. Según Mueller, el cultivo consume aproximadamente un tercio del fertilizante que necesita el trigo y reduce el uso de maquinaria agrícola y, con ello, el consumo de combustible. “No solo conseguimos utilizar de forma rentable esas parcelas, sino que además mejoramos ese suelo”, señaló.

El principal obstáculo sigue siendo el rendimiento: los productores que cultivan este cereal obtienen entre el 20 y el 40% de lo que lograría el trigo en la misma zona. La razón es que el cultivo perenne destina energía tanto a producir semillas como a desarrollar las raíces que le permiten sobrevivir más de un año, a diferencia de los anuales, diseñados para concentrar toda la energía en la semilla durante una única temporada.

La maquinaria, las malezas y el mercado frenan la adopción a gran escala

El menor volumen de grano se explica porque la planta reparte energía entre formar semillas y sostener un sistema radicular que le permite vivir más de un año - REUTERS/Stephanie Lecocq

Establecer un campo de este cultivo tampoco es sencillo. Investigadores de la Universidad Cornell comprobaron que el cultivo compite con las malas hierbas durante su primer año y que la densidad de siembra óptima todavía está en estudio. Matthew Ryan, profesor de sistemas de cultivo sostenibles en esa universidad, advirtió además que cosechar el grano presenta dificultades: es más pequeño que el del trigo y la maquinaria debe adaptarse para no dañarlo.

Aun así, Ryan considera que los productores que sufren pérdidas por sequía o inundaciones son los más proclives a probar estas alternativas. “Creo que los agricultores, más que otros colectivos, son conscientes de que el clima está cambiando”, afirmó en declaraciones a Euronews.

Black comparte esa lógica desde la urgencia. “Estoy en modo supervivencia”, dijo. “Si puedes plantar algo y luego no tienes que volver en cuatro o cinco años… eso ahorraría muchísimo dinero, muchísima mano de obra, todo”.

Un informe de Naciones Unidas de 2024 respalda esa preocupación: estima que, para 2050, la degradación del suelo podría provocar pérdidas de más de 20 billones de dólares en la economía mundial.