Frank Smith murió a los 101 años. Frank Smith murió 72 años después de la mañana en que iba a ser ejecutado en la silla eléctrica.

El 7 de junio de 1954, Frank Smith se despertó temprano. Pasó una mala noche. No era para menos: ese día, unas pocas horas después, debía sentarse en la silla eléctrica. Sería ejecutado por ser considerado culpable de haber asesinado a un hombre.

La noche anterior había cenado su comida favorita: su último deseo. Mientras fumaba un último cigarrillo, un sacerdote pasó por su celda. Smith casi no habló pero dejó que el religioso hiciera su trabajo; por dentro hasta agradeció esa bendición que posó sobre su frente.

Los guardias evitaban mirarlo directamente; nadie quería quedarse con esa última mirada. En sus ojos había horror, furia, perplejidad. Alguien se acercó a la celda para avisarle que en menos de diez minutos irían hacia el patíbulo. Para intentar confortarlo, le informó que habían llegado a la prisión sus padres y sus cinco hermanos. Cuando escuchó eso, el condenado a muerte sintió como si un ejército de miles de pequeños soldados corrieran dentro de su pecho, se quedó sin aire, pensó en el dolor que le provocaría a su madre verlo morir.

Hasta que de pronto, sonó un teléfono en la penitenciaría. A último momento, la Junta de Indultos de Connecticut había firmado el perdón. La condena a muerte se transformó en una perpetua. Frank Smith no iba a morir en la silla eléctrica.

Frank Smith murió a los 101 años en un geriátrico perteneciente al servicio penitenciario de Connecticut. Había pasado las últimas siete décadas de su vida en prisión, convirtiéndose en una de las personas que más tiempo pasó detenida en la historia. (Foto: Jared Charney/Boston Globe).
Frank Smith murió a los 101 años en un geriátrico perteneciente al servicio penitenciario de Connecticut. Había pasado las últimas siete décadas de su vida en prisión, convirtiéndose en una de las personas que más tiempo pasó detenida en la historia. (Foto: Jared Charney/Boston Globe).

El 25 de junio de este año, Smith murió a los 101 años en un geriátrico perteneciente al servicio penitenciario de Connecticut. Había pasado las últimas siete décadas de su vida en prisión, convirtiéndose en una de las personas que más tiempo pasó detenida en la historia. La longevidad le hizo un lugar en el libro Guinness de los récords.

En julio de 1949, junto a un cómplice, Smith entró a robar en medio de la noche a un club de yachting. Sus planes se vieron alterados cuando el sereno de 68 años los escuchó y los enfrentó. El hombre murió de cuatro disparos pero antes de hacerlo, casi sin voz, le dijo a los policías que lo asistían mientras se desangraba, que uno de los delincuentes llevaba la cara tapada y una bandana en la cabeza. Ese dato les dio una pista que seguir a los investigadores; conocían a un delincuente, a uno que merodeaba a un mafioso importante, que siempre llevaba una especie de vincha amplia sobre su cabeza: Frank Smith. Alguien había denunciado que un Cadillac se movía sospechosamente por la zona. Lo encontraron estacionado frente a un bar. Adentro había objetos robados del club de Yachting, el arma homicida y una remera perteneciente a Smith.

A las pocas horas, la policía detuvo a él (tenía encima tintura para teñirse el pelo) y a su cómplice. Smith negó haber participado en el hecho. Su compañero, en cambio, hizo un acuerdo con el fiscal, aceptó una larga pena en prisión y señaló a Smith como el autor de los disparos. Smith, que nunca cambió su versión siempre alegando inocencia, fue a juicio. El jurado lo encontró culpable de homicidio en primer grado y el juez lo condenó a la pena de muerte a mediados de 1950.

Después vinieron las apelaciones infinitas y los pedidos para obtener el perdón del gobernador. Fueron cuatro años en el corredor de la muerte. La ejecución fue fijada con fecha y hora ocho veces. Ocho veces Frank Smith pensó que moriría freído en la silla eléctrica unas pocas horas después. Pero siempre llegaba la comunicación posponiendo su muerte. Nunca estuvo tan cerca como esa última vez, como la de 1954. Ese día parecía que sería el final.

Unos pocos años después el estado de Connecticut abolió la pena de muerte. A Smith ya mucho no le importó porque estaba convencido de que pasaría el resto de sus días encarcelado.

En 1967, no aguantó el encierro y, luego de planearlo durante meses, logró fugarse de la prisión. Con condiciones de detención poco severas en virtud a su buena conducta, Smith trabajaba en el taller mecánico de la cárcel. Una mañana se subió a un camión recién reparado, puso primera, derribó una frágil tranquera y se fugó. Fueron 12 días de escape y libertad hasta que fue detenido de nuevo.

En 1974 recibió un gran regalo navideño. Le dejaron pasar Nochebuena en casa de uno de sus hermanos. Fue el primer paso para obtener la libertad condicional que le fue otorgada a mitad de 1975. El hombre que 21 años antes había estado literalmente a pasos de la silla eléctrica, abandonaba su celda. Pero duró poco en la calle. Diez meses después lo detuvieron por el robo a un comercio y por tenencia de arma de fuego. Al incumplir el acuerdo, se dio de baja la libertad condicional, se le sumó la nueva condena y regresó a su antigua celda. Ya nunca más salió. Tampoco volvió a pedir la libertad condicional. Cuando más de una década después le propusieron que pidiera la libertad condicional porque ya cumplía nuevamente con las condiciones, él rechazó la posibilidad. No deseaba salir. No tenía nada que hacer afuera, nadie lo esperaba. Se sentía seguro dentro de una celda, ese era su mundo. En 1993 fue la última vez que alguien lo visitó.

En la cárcel lo conocían como el hombre de los pájaros. Recolectaba panes y miga en los desayunos y almuerzos, se los distribuía a la largo del cuerpo y se paraba, muy quieto y con los brazos abiertos, como si fuera un espantapájaros, en el medio del patio del penal para que las aves se alimentaran. (Foto: Jared Charney/Boston Globe).
En la cárcel lo conocían como el hombre de los pájaros. Recolectaba panes y miga en los desayunos y almuerzos, se los distribuía a la largo del cuerpo y se paraba, muy quieto y con los brazos abiertos, como si fuera un espantapájaros, en el medio del patio del penal para que las aves se alimentaran. (Foto: Jared Charney/Boston Globe).

En la cárcel lo conocían como el hombre de los pájaros. Recolectaba panes y miga en los desayunos y almuerzos, se los distribuía a la largo del cuerpo y se paraba, muy quieto y con los brazos abiertos, como si fuera un espantapájaros, en el medio del patio del penal para que las aves se alimentaran.

Frank nació en septiembre de 1924. Desde muy joven conoció reformatorios y cárceles. Comenzó a delinquir antes de entrar en la adolescencia. Al principio fueron robos menores, que fueron poniéndose más violentos con el tiempo. A los 10 años tuvo su primera estadía en un reformatorio. A los 16, otra vez fue detenido. Unos meses después se fugó atacando a uno de los guardias y robándole su arma reglamentaria. Lo encontraron a las pocas semanas. Fue condenado a 4 años. Al salir consiguió un trabajo como mandadero de un gángster que manejaba el juego clandestino.

Siguió haciendo equilibrio en el abismo de la ilegalidad y entrando y saliendo de prisión, hasta esa noche de julio del 49 que entró a robar al club de yacht.

Smith negó la participación en el robo, alegó que se trataba de una equivocación de la policía, que él no era el único joven que usaba una bandana en toda la ciudad. También trató de desacreditar el testimonio lapidario de su compañero que lo señaló claramente. El padre de Smith testificó que esa noche había visto dormir a su hijo dentro de un auto que estaba estacionado frente a la casa familiar.

En 2020 le otorgaron la libertad condicional pero sólo para enviarlo para una institución geriátrica que albergaba convictos y exconvictos. Su habitación, más que la de una institución médica o dedicada a la gerontología, parecía la de una prisión.

El de los presos longevos es un problema que afecta a los sistemas penitenciarios de todo el mundo. Ni siquiera hay que pensar en nonagenarios o excepciones que superaron el siglo de vida como Smith. Según estudios recientes hay más convictos mayores a 60 años que nunca en la historia. Algunos reciben morigeraciones en las condiciones de detención, otros obtienen permiso para ir a su domicilio, pero hay muchos, en especial los que llevan detenidos décadas, que no tienen dónde ir, que perdieron contacto con sus familiares o que estos no desean recibirlos. El cuidado es otro de los problemas. Muchos, convertidos en ancianos y con diversos problemas de movilidad y de salud, necesitan cuidados médicos y de enfermería que una cárcel no puede otorgarles. Por este motivo se comenzaron a crear estas especies de geriátricos penitenciarios para personas con enfermedades crónicas inhabilitantes o de mucha edad.

Oficialmente estuvo detenido 70 años consecutivos -con esas breves interrupciones de la fuga y la frustrada libertad condicional-. Sin embargo podrían sumarse a esa cifra sus últimos 6 años de vida, los que pasó en el geriátrico para convictos. Y también los 9, que con salidas y entradas, anteriores a su condena a muerte. En total estuvo encerrado 85 de sus 101 años.

En esos años finales, ya afectado visiblemente por el Alzheimer, Smith era incapaz de recordar lo que había hecho unas horas antes pero podía repetir, casi sin error, circunstancias del juicio llevado en su contra. Reclamarle a algún testigo, lamentarse de que no tuvieran en cuenta a algún arrepentido tardío, jurar una vez más su inocencia.

Lo que más repetía, sin embargo, era el temor que le generaba la silla eléctrica. Repetía y repetía, con la voz gastada, casi inaudible, dónde más que las palabras pronunciadas, se podía distinguir el pánico que lo atravesaba, repetía que no quería morir con los órganos achicharrados por la electricidad.