¡Qué mejor ejemplo que el suyo cuando le vienen a hablar de desarraigo rural!

Alan Carreras, el joven director del distrito 2 de la Federación Agraria, cordobés oriundo de Oncativo, no tiene que hurgar demasiado para hablar de la relación entre las nuevas generaciones y el campo. Basta con contar su historia -la de un fanático de la computación que lo vendió todo para irse a vender rollos de alfalfa- para demostrar que también hay casos que van contra la corriente. Y que hay jóvenes que se siguen re-enamorando del sector.

Como muchos otros jóvenes hijos de pequeños productores, Alan se fue de su casa a los 18 años a la capital de Córdoba en busca de un futuro “citadino”. Estaba cursando abogacía cuando conoció de cerca la nueva tecnología que traía el “boom” de internet y encontró su primera gran vocación.

Era una época en la que aún no había celulares 5G ni “smartphones” de última generación, pero se empezaba a hacer masiva la computación. Sin pensarlo demasiado, con apenas 22 años, Alan comenzó así lo que luego se convertiría en una cadena de varios locales dedicados al servicio técnico y la venta de componentes.

Hasta entonces, transitaba el “sueño del pibe”, pero alejado de su pueblo natal y de su familia. El quiebre fue el estado de salud de su padre, que lo llevó a replantearse su futuro tempranamente.

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“Estaba con los locales de computación desde hacía 10 años y ya estaba un poco cansado de la atención al público y los tiempos de los shoppings”, recordó Carreras, en diálogo con Bichos de Campo. El campo en Oncativo le ofrecía otro estilo de vida y la cercanía con su familia, por lo que no le costó tomar una decisión: “Vendí los locales a cambio de un auto, una camioneta y un poco de plata. Me compré un camión y me empecé a dedicar a la producción y venta de rollos de alfalfa”, relató.

Se reconoce un emprendedor ávido y desde muy chico toma decisiones importantes. Esta fue una de tantas, pero tenía además una carga simbólica y emocional no menor. Significaba volver a su casa, y pasar también tiempo muy valioso con su padre, a quien pudo finalmente despedir, y a quien todavía agradece lo que hoy es.

“Cuando voy a visitar a mi papá al cementerio le digo que eso lo aprendí de él. Mi viejo siempre fue de emprender y hacer cambios de la nada, y me enseñó a no tener miedo”, expresó.

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Solo, y ante un nuevo desafío, Alan decidió apostar por la producción de alfalfa sin desprenderse de su cercanía con la tecnología. Fue así como integró lo mejor de los dos mundos: empezó a vender los rollos por Instagram y a repartirlos el mismo en su camión.

“Cuando volví al campo me di cuenta que me sobraba el tiempo y por eso me dediqué a esta producción, porque se trabaja todo el año. Desde septiembre a mayo estás cortando, haciendo los rollos y demás y después en el invierno los vendes”, explicó el dirigente, que reconoce que, en parte, fue un “chapuzón” hacia un terreno bastante desconocido.

“A veces miraba los rollos y pensaba: ¿Dónde los ubico? Y eso fue lo que me llevó a aprovechar la tecnología y preparar todo para vender por internet”, comentó. Para su empresa eligió un juego de palabras y la llamó Alfativo.

No era un ávido conductor de camiones, pero de chico los caminos de tierra le habían enseñado lo suficiente. Cuando empezó a ver que sería difícil afrontar costos de flete o conseguir quien le distribuyera sus rollos, se lanzó el mismo a hacerlo. Otra de las decisiones arriesgadas que le salió bien.

“Todo se aprende. No hay que tener miedo”, dice Alan, casi como un mantra.

Al principio, comenzó con sólo 10 hectáreas para conocer el negocio. Cuando supo que tenía una cartera de clientes -virtuales o no- lo suficientemente grande, se animó a mas.

“Hoy tengo 50 hectáreas y la idea es llegar a 70, porque es una actividad que me gusta y que acompaña al auge ganadero”, explicó. Personalmente, dice que le gustaría también aprovechar los buenos márgenes para echar kilos en el campo con sus propios animales, pero no es sencillo para un pequeño productor entrar en el negocio: “Los números son terribles, así que iré empezando de a poco”, comentó.

Lo importante es que siempre haya planes por delante, y siempre los tiene. Quizá forzado inicialmente a dar el volantazo, por factores que le excedían, hoy Alan está muy contento con el camino elegido. “Hay que apostar y hay que animarse”, señala.

Él ya lo hizo: vendió sus locales, dejó la computación, se subió a un camión y volvió al campo. Y si alguien quiere comprarle alfalfa, o ubicarlo, lo encuentra en Instagram.