El dramático final de la joven casi ciega que quiso asesinar a Lenin y, sin querer, le salvó la vida
Quién sabe cómo hubiese sido el mundo si aquella mujer no hubiera gritado . Pero lo hizo antes de disparar los tres balazos: sus ojos estaban vecinos a la ceguera y, antes de que los ganaran las sombras, quiso ver la cara del hombre al que iba a matar. Ese hombre, su odiado enemigo, era Vladimir Ill
Quién sabe cómo hubiese sido el mundo si aquella mujer no hubiera gritado. Pero lo hizo antes de disparar los tres balazos: sus ojos estaban vecinos a la ceguera y, antes de que los ganaran las sombras, quiso ver la cara del hombre al que iba a matar. Ese hombre, su odiado enemigo, era Vladimir Illich Ulianov, a quien el mundo conocía por su nombre de batalla: Lenin.
Aquella tarde del 30 de agosto de 1918, Lenin era el máximo dirigente, el hombre fuerte de la flamante Revolución Rusa; lideraba la guerra civil entre bolcheviques y mencheviques en la que iba a resultar triunfador; estaba por implantar en la vieja Rusia, que sería la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, un régimen vecino al terror basado en las teorías económicas de Carlos Marx, régimen que sería conocido como marxismo leninismo; la doctrina apostaba a que el proletariado industrial fuese el garante de esa revolución, que se extendería luego como las aguas de un río por el resto del mundo. Para que eso sucediera, palabra de Marx, esa masa obrera precisaba ser adoctrinada, esclarecida y guiada por el Partido Comunista, por su vanguardia y por sus líderes.
Fue para ilustrar, para arengar más bien, a parte de ese proletariado, que Lenin fue aquella tarde a la gran fábrica de armas Mijelson, al sur de Moscú, para lanzar una arenga tremenda en su contenido, acorde con los tiempos de guerra que se vivían. Tal vez reiteró lo que tantas veces había lanzado como amenaza y como certeza: “Mientras no usemos el terror contra los especuladores, matándolos en el acto, no hay nada que temer”. En el gran patio de aquella fábrica, a la espera de la salida de Lenin, estaba Feiga Jaimova Roytblat-Kaplán, más conocida como Fanya o como Fanny Kaplán. No creía nada de lo que Lenin decía. Por el contrario, estaba dispuesta a usar el método bolchevique de terminar con las crisis, el asesinato: si Lenin decía que había que matar a los especuladores, ella debía matar a Lenin.
Fanya era anarquista, tenía treinta y un años, había conocido el espanto de las cárceles del zar Nicolás II, que había sido asesinado junto a toda su familia en Ekaterimburgo apenas doce días antes de la tarde en la que Fanya esperaba a Lenin, pistola en mano en el patio de la gran fábrica de armas. Cuando Lenin salió, abrigado ante la inclemencia de los crudos primeros días del otoño moscovita y envuelto en la penumbra del atardecer, Fanya sacó su pistola, apuntó, gritó: “¡Camarada Lenin!” y disparó tres veces mientras Lenin giraba un poco para saber desde dónde llegaba aquel llamado. La primera bala le atravesó el grueso abrigo e hirió a una mujer. La segunda bala, dirigida a la cabeza, le dio a Lenin en el hombro porque había girado a tiempo. La tercera bala sí dio de lleno en su cuerpo y le rozó el pulmón izquierdo.
Fotografía de Vladimir Illych Ulianov, mejor conocido como "Lenin". (Foto: AFP)
Herido de gravedad, Lenin no fue a parar al hospital, sino al Kremlin, donde quedó internado y aislado. Él mismo se negó a ser atendido en un centro médico por temor a que el intento de asesinarlo hubiese sido el primer paso a un golpe de Estado ya en marcha. No había tal golpe, pero los médicos debieron resignarse a atenderlo, como pudieron, y pudieron poco, en los altos dormitorios del Kremlin, de los que Lenin no salió. Se vieron impedidos de extraer de su cuerpo alguna de las balas, ni la del hombro ni la que había rozado el pulmón.
Lenin sobrevivió, pese a todo. En los archivos oficiales, su recuperación está fijada casi un mes después del atentado, el 25 de septiembre, “en las afueras de Moscú”. Es muy probable que esas heridas hayan afectado su salud, que desde entonces se tornó precaria y débil. Sus biógrafos coinciden en que nunca pudo recuperarse del todo, y que las secuelas que el atentado dejó en su cuerpo influyeron en los accidentes cerebrovasculares que primero lo incapacitaron y luego terminaron con su vida.
El 25 de mayo de 1922, Lenin sufrió un infarto cerebral que los médicos describieron como “una perturbación grave del funcionamiento de las redes sanguíneas del cerebro”. Siete meses después, el 16 de diciembre sufrió otro que lo dejó casi inválido, lúcido pero incapaz de hablar con claridad. Murió el 21 de enero de 1924, a los cincuenta y cuatro años, arrasado por el mal, como lo muestra una de sus últimas fotografías. Antes, tuvo la lucidez para recomendar a sus seguidores que se deshicieran de José Stalin: “Es demasiado grosero y brutal (…) Por eso propongo a los camaradas que piensen en el medio de desplazar a Stalin (…)”. No le hicieron caso.
No hubo testigos del ataque de Fanya Kaplán a Lenin. Y si los hubo, que los hubo, callaron o los hicieron callar. Una multitud esperaba al líder soviético en el patio de la fábrica de armas y, si bien el atentado fue repentino y veloz, nadie pudo, supo o quiso identificar al atacante. Las declaraciones de los “testigos” que figuraron en la investigación eran poco fiables y se incorporaron una vez adelantada la causa judicial.
La realidad dijo que tampoco hacían falta muchos testigos: Kaplán confesó todo enseguida y orgullosa. Primero fue interrogada por la checa, la primera organización de inteligencia política y militar de los bolcheviques, que había reemplazado a la temida inteligencia zarista en 1917. Ser interrogado por la checa era una experiencia poco recomendable para cualquier ser humano. Después de ese interrogatorio, presa de un ataque de histeria, Fanya fue llevada a la cárcel de Lubianka, que sería luego vecina a la sede de la poderosa KGB de la URSS. Allí fue interrogada por funcionarios del gobierno revolucionario que lo único que buscaban saber era si Fanya formaba parte de un complot, local o extranjero, contra Lenin y su gobierno todavía precario.
Foto sin fecha de Lenin junto a Iósif Stalin. (Foto: AFP)
La mujer firmó una confesión breve, concisa y dramática: “Mi nombre es Fanya Kaplán. Hoy disparé a Lenin. Lo hice con mis propios medios. No diré quién me proporcionó la pistola. No daré ningún detalle. Tomé la decisión de matar a Lenin hace ya mucho tiempo. Lo considero un traidor a la Revolución. Estuve exiliada en Akatúy por participar en el intento de asesinato de un funcionario zarista en Kiev. Permanecí once años en régimen de trabajos forzados. Tras la Revolución, fui liberada. Aprobé la Asamblea Constituyente y sigo apoyándola”.
Eso fue todo y todo fue muy rápido: cuatro días. La ejecutaron el 3 de septiembre. El arma que usó Kaplán no fue hallada jamás. El día antes de su muerte, alguien entregó una pistola de la que nadie pudo dar antecedentes, ni asegurar que fuese la usada en el atentado. Cuatro décadas después, en 1958, el entonces comandante del Kremlin, Pável Malenkov, confesó haber matado a Fanya Kaplán en el patio del edificio de la Lubianka y por orden de Yákov Sverdlov, el alma organizadora del partido bolchevique, a quien llamaban “el diamante de la Revolución”. Malenkov la mató por la espalda, después de ordenarle caminar hacia un auto que supuestamente iba a llevarla a otra prisión. Las órdenes decían que el cadáver no debía ser enterrado en ninguna parte. Nunca apareció ni se supo nada de él.
La vida de Fanya Kaplán está ligada a muchos sitios conocidos hoy por la guerra desatada por Vladimir Putin contra Ucrania. Había nacido en Volinia, la histórica región del oeste ucraniano, en 1887. No hay registro de su fecha de nacimiento. Era hija de un maestro judío y tenía siete hermanos. Fue educada en su casa, que abandonó muy joven para trabajar en una fábrica de Odessa, donde se unió a grupos anarquistas antes de unirse al Partido Social Revolucionario.
En diciembre de 1906, a sus 19 años, intentó con otros dos jóvenes anarquistas asesinar al gobernador de Kiev. Fue un atentado fallido porque la bomba destinada al funcionario estalló en el hotel en el que vivían los criminales. Fue condenada de por vida en un campo de Siberia y pasó luego a la cárcel de Máltsev, también en Siberia, destinada a mujeres condenadas a perpetuidad. Allí, junto a otras 60 jóvenes socialistas y anarquistas, profundizó su formación política. En 1909 padeció una ceguera temporal y quiso suicidarse; sus compañeras de prisión le enseñaron a valerse sola y a leer en braille. Tres años fue derivada a la cárcel de Akatúy, la que recordaría en su breve confesión del atentado a Lenin. Allí, uno de los médicos la sometió a un tratamiento gracias al que recuperó en parte su visión.
Retrato de Lenin. (Foto: AFP)
Cuando en febrero de 1917 un movimiento revolucionario puso fin al imperio ruso, ocho meses antes de que los bolcheviques tomaran el poder por asalto, el Gobierno Provisional dictó una amplia amnistía y Kaplán fue liberada. En abril viajó a Crimea para seguir su tratamiento médico y dos meses después siguió su batalla contra la ceguera en Járkov.
Lenin ya conspiraba entonces para apoderarse del gobierno e instalar su propia idea de revolución social. Había nacido en 1870 y, desde joven, luchó contra el zarismo. También Lenin fue a parar a una cárcel siberiana por asociarse a grupos marxistas, entre ellos, la Unión para la Lucha por la Liberación de la Clase Obrera. Exiliado en Londres, fundó el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, que nació partido en dos entre los bolcheviques leninistas, defensores del militarismo, y los mencheviques, que impulsaban una vía democrática hacia el socialismo. Esas fuerzas, entre otras, se enfrentarían en la guerra civil que siguió al golpe que, en noviembre de 1917, según el calendario gregoriano, 25 de octubre para el calendario juliano que regía en Rusia, llevó a Lenin al poder.
El golpe de octubre decepcionó a Kaplán; viajó a Simferópol, una ciudad de Crimea donde regía un gobierno rival de los bolcheviques, que integraban diversas facciones del socialismo. Allí, Fanya consiguió un trabajo bien pagado en la administración pública que, junto a la visión recuperada, alimentaron sus esperanzas de una vida mejor. Pero en enero de 1918 los bolcheviques se adueñaron de la ciudad, disolvieron sus instituciones y sus organismos de gobierno y Fanya se quedó de nuevo sin trabajo y sin futuro. Regresó a Moscú, pero ya no consiguió empleo alguno. Su destino había quedado atado a los días volátiles que conmovían a Rusia.
Es probable que entonces se haya vinculado con grupos violentos del anarquismo. No se sabe nada de su vida entre marzo y septiembre de 1918. Fanya apoyaba a grupos socialrevolucionarios bien mirados por los soviets, a los que Lenin había calificado como “el único camino hacia el gobierno postrevolución”; de hecho, “soviet” significa consejo y eran los soviets los cuerpos de lucha que organizaban a los trabajadores y que, en muchos casos, se erigían como gobierno de alguna ciudad o de alguna región.
Foto de Lenin en su lecho de muerte en 1924. (Foto: AFP)
Cuando en noviembre de 1917 se celebraron las elecciones a la Asamblea Constituyente y los bolcheviques no alcanzaron la mayoría absoluta, disolvieron la Asamblea y se acabó todo tipo de apoyo para grupos afines, relacionados, parecidos e incluso coincidentes. Esa Asamblea disuelta es a la que hace referencia Fanya cuando admite haber disparado contra Lenin: “(…) Lo considero un traidor a la Revolución (…) Aprobé la Asamblea Constituyente y sigo apoyándola (…)”
Fue con esa decisión que la tarde del 30 de agosto de 1918 Fanya Kaplán llegó a la fábrica de armas Mijelson: Lenin era un traidor y debía morir. Tal vez haya escuchado durante algunos minutos la arenga del líder revolucionario en lo que era un acto de rutina: todos los viernes, algún alto dirigente de la Revolución viajaba a un gran centro industrial para dar charlas doctrinarias.
Tal vez Fanya Kaplán se haya escabullido entre las decenas de personas que rodeaban a Lenin cuando salió al patio de la fábrica para dirigirse a su auto. Tal vez Kaplán haya escuchado a la mujer que encaró a Lenin para quejarse: el pan estaba siendo confiscado en las estaciones de tren. Era la mujer que iba a recibir uno de los disparos de Kaplán.
Por último, Fanya se decidió. Empuñó su pistola, apuntó a la cabeza, gritó “¡Camarada Lenin…!” y con ese grito le salvó la vida al tipo que quería matar.