Entre los tantos secretos, ya casi todos revelados, que rodearon al ocultamiento del cadáver de Eva Perón, a su salida del país en 1957 bajo la falsa identidad de María Maggi de Magistris, en un ataúd que acompañaba un “hermano” de la muerta, también bajo identidad falsa, que era en realidad un suboficial del Ejército adscripto al Servicio de Inteligencia de esa fuerza (SIE); a su posterior inhumación en el Cementerio Maggiore de Milán donde permaneció durante casi quince años, hasta 1971, cuando otro gobierno militar decidió devolver el cuerpo a su viudo, Juan Perón, exiliado en España, queda todavía algún secreto a divulgar, o al menos algún episodio poco conocido.

El cuerpo de Eva Perón fue enviado a Italia en una increíble operación de inteligencia ordenada por el entonces presidente de facto, Pedro Eugenio Aramburu, líder de la Revolución Libertadora, que había derrocado a Perón luego de un sangriento golpe militar en septiembre de 1955. ¿Qué llevó a Aramburu a tomar esa decisión? ¿Por qué el cadáver de Eva Perón inició un largo y tortuoso peregrinaje que duraría varios años hasta su descanso definitivo en el cementerio de la Recoleta? En la decisión de Aramburu influyó una joven mujer de treinta y cuatro años, María Luisa Bemberg, quien con los años sería una famosa y laureada directora de cine. También jugó un rol muy especial el entonces jefe de la Casa Militar de Aramburu, capitán de Navío Francisco Manrique, que dejaría la Armada para dedicarse a la política, a ser un funcionario de la dictadura militar conocida como Revolución Argentina (1966-1973) y luego en líder de un partido propio federal y conservador.

Eva Perón junto a Juan Domingo Perón. (Foto: Archivo General de la Nación Argentina)
Eva Perón junto a Juan Domingo Perón. (Foto: Archivo General de la Nación Argentina)

La historia es larga y compleja, tal vez apasionante. Desde su muerte en 1952 y gracias al trabajo del médico español Pedro Ara, el cuerpo embalsamado de Eva Perón había permanecido expuesto en el segundo piso de la Confederación General del Trabajo (CGT) en el viejo edificio de la calle Azopardo. Cuando la Libertadora tomó el poder en la Argentina, su primer presidente, el general Eduardo Lonardi, logró que la madre de Eva Perón, Juana Ibarguren, que en los días que siguieron al golpe militar estaba asilada en la embajada de Ecuador, firmara un consentimiento para que las nuevas autoridades dieran cristiana sepultura a su hija.

Pero Lonardi, luego de un golpe palaciego, fue desplazado de la presidencia por Aramburu quien, el 23 de noviembre de 1955, ordenó que el cadáver fuese retirado de la CGT. Ese operativo militar fue encabezado por el teniente coronel Carlos Eugenio Moori Koenig, jefe del SIE, y el cuerpo, lejos de ser inhumado, pasó a manos de aquel oficial que resultó ser una especie de desquiciado mental, que se apropió del cadáver como si se tratara de un trofeo personal, de una reliquia; llegó a ocultarlo en un cajón de madera destinado a portar aparatos y elementos de comunicación militar, lo ultrajó, lo vejó, lo mancilló y lo exhibió a sus amistades y camaradas como el botín de una guerra librada sólo en su mente enferma.

Dos palabras sobre los protagonistas de esta historia. María Luisa Bemberg había nacido en 1922 y era cuarta generación argentina de la poderosa familia Bemberg, propietaria de la Cervecería Quilmes que había sido expropiada por el peronismo. Fascinada en los años ’60 por el fenómeno cinematográfico francés de la “nouvelle vague”, por el neorrealismo italiano y por el cine de Ingmar Bergman, se convirtió luego en escritora, guionista y directora de cine, al frente de películas como Señora de Nadie, Camila, Miss Mary y Yo, la peor de todas, entre otras.

María Luisa Bemberg, cineasta argentina. (Foto: gentileza argentina.gob.ar)
María Luisa Bemberg, cineasta argentina. (Foto: gentileza argentina.gob.ar)

Francisco Manrique había nacido en Mendoza en 1919, desarrolló una intensa carrera militar en la Armada. Fue un ferviente opositor a Perón y Aramburu lo hizo jefe de su Casa Militar hasta el final de su gobierno en 1958. En 1956, cuando el levantamiento militar y civil del 10 de junio contra la Libertadora, liderado por el general Juan José Valle, intento que fue aplastado por las autoridades, Manrique logró que Valle se entregara para poner fin al alzamiento, al parecer con la promesa del propio Manrique de que su vida sería respetada. Valle fue fusilado el 12 de junio en la Penitenciaría Nacional que se alzaba en lo que es hoy el Parque Las Heras.

En 1970, en plena Revolución Argentina, el fugaz presidente Roberto Marcelo Levingston nombró a Manrique ministro de Salud y Acción Social, cargo que mantuvo durante el gobierno del sucesor de Levingston, Alejandro Lanusse. Manrique fue inventor del Prode, un juego de pronósticos deportivos sobre fútbol que ayudó a financiar en parte el PAMI. Luego dejó los cargos públicos y se dedicó de lleno a la política. Fue candidato a presidente por la Alianza Popular Federalista en 1973, en las elecciones que llevaron al peronismo al poder y, en 1983, después de la dictadura conocida como el “Proceso de Reorganización Nacional” fue candidato por la Fuerza Federalista popular en las elecciones que llevaron al poder a Raúl Alfonsín.

Para seguir con esta historia debo colocarme, con las disculpas del caso, en el odioso rol de narrador en primera persona. En 1983, cuando era redactor de la revista La Semana, entrevisté a Manrique, candidato por su propio partido. Se trataba de una entrevista formal que se hacía a todos los candidatos sin más pretensiones de que los reporteados hablaran de sus planes de gobierno. Cuando terminó el reportaje, luego del consabido e ineludible ¿algo más?, dije a Manrique que quería hacerle una pregunta fuera de la nota, que ni esa pregunta, ni su respuesta, iban a ser publicadas, que se trataba de un off the record que sólo servía a mi interés por un hecho histórico que lo había tenido como protagonista. Le pregunté entonces si él le había garantizado la vida al general Valle, a cambio de que se entregara y de que llegara a su fin el alzamiento contra la Libertadora.

La junta militar de la Revolución Libertadora. (Foto: Diario Crónica)
La junta militar de la Revolución Libertadora. (Foto: Diario Crónica)

Manrique enfureció. Creí entonces, y creo aún hoy, cuarenta y tres años después, que creyó que sí se iba a publicar mi pregunta y su respuesta y debe haber visto sus posibilidades electorales arruinadas. Le reiteré, en las pausas que dejaban sus gritos destemplados, mi compromiso de no publicar nada de lo que habláramos, que sólo quería conocer su versión sobre aquel hecho. No hubo caso. Me dijo que él había salvado la vida del capitán Adolfo Philippeaux, que se había sublevado en la Pampa en apoyo de Valle; que todo aquello era una historia larga y compleja y que no era el momento de hablar de esas cosas. En esto último tenía razón.

Manrique ni siquiera me confió aquel día que él había dejado en claro su papel en la detención del general Valle en una carta escrita a las autoridades de la Armada el 22 de junio de 1956, diez días después del fusilamiento del general sublevado. La carta, si es que fue presentada en esa fecha, fue revelada por fin por Juan Bautista Yofre en su libro Dios y la Patria se lo demanden. Mi entrevistado no era el único en estar furioso aquella tarde. Yo también me encabrité un poco, primero por mi imprudencia, tal vez no fue atinado indagar en ese pasado, pero fue oportuno, y luego, por la tozudez de Manrique empeñado en no creer en mi palabra. Lamenté haber hecho aquella pregunta pero no me arrepentí. Fueron unos cuantos minutos de áspera tensión, para decirlo suave.

De pronto, aquel candidato furioso intentó serenar un poco las aguas. “Mire –dijo– le voy a contar algo para que vea mi buena voluntad, pero no lo va a poder publicar mientras yo viva”. Narró entonces que un día de 1956, el teniente coronel Moori Koenig había invitado a su despacho a María Luisa Bemberg, a quien Manrique conocía, porque sospechaba, o sabía, la escasa simpatía que su invitada podía tener hacia el peronismo que se había adueñado de la antigua empresa familiar. Ambos tomaron el té. Luego, de modo sorpresivo, el militar condujo a la señora Bemberg hacia una dependencia vecina a su despacho. Allí estaba, metido en un cajón con la sigla de una radio cordobesa, el cadáver embalsamado de Eva Perón.

Funeral de Eva Perón. (Foto: Archivo General de la Nación)
Funeral de Eva Perón. (Foto: Archivo General de la Nación)

Si Bemberg notó, o intuyó, los vejámenes a los que había sido sometido aquel cuerpo que parecía detenido en el tiempo, jamás lo dijo. Pero salió de aquel edificio espantada. “Vino a verme de inmediato –dijo Manrique aquella tarde de 1983– y me contó su horrible experiencia. Yo fui a ver enseguida a Aramburu y le conté el episodio. Aramburu dijo: “Basta, hay que terminar con eso”. En febrero de 1957, Moori Koenig cesó en la jefatura de la SIE y fue nombrado en su reemplazo el coronel Héctor Cabanillas, que sería el encargado de diseñar y llevar adelante la operación para sacar del país el cadáver de Eva Perón, de enterrarlo bajo nombre falso en Milán, a la guarda de la Compañía de San Pablo y con la autorización y el visto bueno de la Santa Sede y de guardar el secreto durante quince años, hasta que él mismo se encargó de hacer el camino inverso en 1971 y devolver aquel cuerpo a su viudo, Juan Perón.

Esta es la historia, que sin embargo tiene un capítulo más.

Dos años después, Camila, la película de María Luisa Bemberg protagonizada por Susú Pecoraro e Imanol Arias, compitió por el Oscar a la mejor película extranjera. El azar quiso ponerme como enviado especial a cubrir ese acontecimiento para la misma revista que había publicado dos años antes el reportaje a Manrique. También aquellos fueron días ajetreados e intensos. Por alguna razón se nos hizo difícil entrevistar a Bemberg, creo que los periodistas le caíamos un poco pesados. Finalmente, en la tarde de la ceremonia del Oscar, el 25 de marzo de 1985 y en el Dorothy Chandler Pavillon, que ya no se usa para esas ceremonias, atendió a los tres o cuatro enviados que queríamos entrevistarla en un escenario un poco insólito: la peluquería donde iban a peinarla para la que sería acaso su noche de gloria. Nos dio unos minutos cargados de nerviosismo, de apuro, de incomodidad y de declaraciones previsibles.

Le pedí entonces una última pregunta, a solas; una pregunta que no iba a ser publicada, lo mismo que su respuesta, y que nada tenía que ver con Camila, con el Oscar, ni con la ceremonia de esa noche, sino con la confirmación de un hecho que me había sido narrado por una fuente de información. Supe que, de nuevo, iba a ser imprudente, pero entonces ya sabía que lo iba a lamentar sin arrepentirme. Le conté entonces la historia que me había revelado Manrique y, por supuesto, quién me la había contado. “Sólo quiero saber si eso es cierto”, le dije.

"Camila", célebre película de María Luisa Bemberg. (Foto: argentina.gob.ar)

Vi empalidecer a aquella mujer, sus labios se convirtieron en una fina huella y si había en su rostro un rasgo de tranquilidad, se esfumó de inmediato. Antes de que atinara a responder, le reiteré mi compromiso de no publicar nada; aclaré que se trataba de chequear una información por la segunda fuente más importante del caso y creí tranquilizarla al revelarle que había llegado a un acuerdo con Manrique de no publicar nada mientras el viviera. La respuesta de Bemberg fue breve, seca, mordida y brillante: tres frases. “Primero, usted tampoco va a publicar nada de esto mientras yo viva; segundo: sí, es verdad, fue así. Ahora, váyase de aquí”. Le deseé suerte para esa noche, pero el Oscar fue para una película suiza, La diagonale du fou – La diagonal del loco, de Richard Dembo.

María Luisa Bemberg murió de cáncer el 7 de mayo de 1995, a los setenta y tres años y cuando trabajaba en el guion de su siguiente película, El impostor. Francisco Manrique murió el 15 de febrero de 1988, a los sesenta y nueve años, por un accidente cerebrovascular luego de ser operado de la arteria carótida.