
Hay artistas que llegan a un escenario y simplemente hacen su trabajo. Y hay otros que, con el paso de los años, consiguen algo mucho más difícil: convertir ese escenario en una casa. Para el Flaco Pailos, Buenos Aires es justamente eso. Un lugar al que vuelve una y otra vez, una ciudad que lo recibió cuando todavía tenía mucho por demostrar y que, desde aquella primera temporada en 2008, volvió a elegirlo como uno de sus humoristas. Ahora regresa con “Solo de Humor”, un espectáculo que recupera la esencia de sus comienzos y que podrá verse todos los viernes de septiembre a las 22.30 en el Paseo La Plaza.
Durante 90 minutos, vuelve a quedar solo frente al público, sin grandes escenografías ni una estructura que lo proteja: apenas sus personajes, sus historias, sus cambios de vestuario, sus sonidos, la música, la gestualidad y esa capacidad de improvisar que construyó durante décadas. Es un formato que, según cuenta, lo devuelve a un territorio conocido y querido. “El solo de humor más rápido y más gracioso”, define él mismo al espectáculo, una propuesta vertiginosa en la que interpreta diferentes personajes y realiza cambios de vestuario sobre el escenario, frente a los espectadores.
La propuesta tiene algo de viaje imaginario. Lleva al público por distintos lugares del mundo y lo hace a través de personajes, voces, situaciones absurdas y relatos que se suceden a toda velocidad. “Mi espectáculo es una mezcla de todo: de stand up, de contador de chistes, músico, de actor también”, explica sobre esta etapa de su carrera. Y esa definición acaso sea la mejor manera de entenderlo: el Flaco Pailos que vuelve a Buenos Aires no es solamente aquel contador de chistes que alguna vez conquistó la televisión, sino un artista que aprendió a mezclar todos sus oficios para mantenerse vigente.
Porque antes de ser humorista fue músico. Y antes de aprender a hacer reír desde un escenario, soñó con cantar, tocar la guitarra y tener una banda de rock. “Yo empecé como músico”, recuerda. Su padre le enseñó a tocar la guitarra y en su casa siempre hubo discos. Hasta que un día, siendo joven, descubrió un álbum que le cambiaría la cabeza: Instituciones, de Sui Generis. “Me voló la cabeza Charly con Nito”, cuenta. A partir de entonces quiso componer, formar una banda y convertirse en músico de rock nacional. Tuvo grupos, tocó durante años y siguió escuchando música incluso cuando el humor terminó ocupando el centro de su vida.
La transformación llegó de manera casi accidental. Una noche, tocando con un trío en un pub de Río Tercero, descubrió que las canciones no estaban funcionando. El público hablaba, nadie parecía prestar demasiada atención y la banda seguía tocando casi por inercia. Entonces decidió probar algo diferente. “Bueno, por supuesto, fanático del Negro Álvarez. Voy a contar un chiste. A ver si les gusta, porque están todos hablando”, recuerda entre risas.

El chiste funcionó. Después vino una imitación de Nino Bravo y el acompañamiento del bajista, algunos comentarios improvisados, más chistes y una escena inesperada que terminó cambiando el rumbo de su vida. “Hicimos como unos momentos de diez minutos hablando huevadas y después seguimos tocando”, recuerda. Cuando terminó la noche, los integrantes de la banda entendieron que allí había algo. Así nació la veta humorística de Los Viejos Pescados, que comenzó a transitar un camino que terminaría llevándolo desde los bares cordobeses hasta los grandes escenarios.
El humor fue creciendo y la música comenzó a compartir protagonismo con los personajes. Después llegaron las temporadas teatrales, las giras nacionales y aquellos espectáculos de gran despliegue que lo llevaron a recorrer el país con bailarines, músicos y escenografías. Hubo piratas, romanos, mundos fantásticos y hasta una particular versión de Harry Potter bautizada, fiel a su estilo, como Harry Torpe.
Pero hubo un momento que marcó un antes y un después: su llegada a la televisión de la mano de Marcelo Tinelli. Su mujer lo convenció de presentarse a un casting al que inicialmente no quería ir. “Yo no quería ir a un casting. Me sonaba como una prueba”, admite. Finalmente fue caminando hasta el Teatro Real de Córdoba. Allí se encontró con algunos conocidos, prendieron una cámara y le pidieron que contara unos chistes. Quince días después recibió el llamado.
La participación en el Campeonato Nacional del Chiste de VideoMatch lo puso frente a millones de espectadores y modificó para siempre la escala de su carrera. Pailos recuerda especialmente aquel primer chiste largo que le contó a Marcelo Tinelli, un material que con los años terminó convirtiéndose en uno de sus grandes clásicos y que, según cuenta, acumula más de diez millones de reproducciones en YouTube. “Para mí eso fue un antes y un después”, reconoce. “Me vieron de otras provincias, de otros lugares y bueno, me cambió mucho la vida”.
Buenos Aires también apareció entonces como una suerte de territorio conquistado. La primera temporada porteña llegó en 2008 y el resultado fue inmediato. “Fue bárbaro, porque le gustó el humor mío al porteño y a la gente de provincia también de Buenos Aires”, recuerda. Desde entonces, la relación con la ciudad se transformó en una historia de ida y vuelta.

Pailos cuenta que en aquellos primeros años llegó a ser reconocido simplemente como “el cordobés que cuenta chistes”. En el subte le regalaban cospeles. En un comercio llegó a recibir una docena de sandwiches de miga. Y hasta los taxistas lo reconocían. Una vez, recuerda entre risas, un chofer abrió la guantera, sacó un CD suyo y le preguntó: “¿Vos sos este?”. Cuando Pailos confirmó su identidad, el hombre directamente decidió no cobrarle el viaje.
Son esas pequeñas escenas las que explican por qué vuelve. Porque detrás del humor, de las temporadas y de los escenarios, hay una relación afectiva con el público que el artista todavía conserva intacta: “El cariño de la gente es lo más lindo que tiene esto”, asegura. “Más cuando hacés reír”.
Y quizás allí esté la verdadera razón por la que, después de tantos años, sigue eligiendo estar arriba de un escenario.
Admite que incluso los artistas con una trayectoria extensa pueden sentir inseguridad. Lo experimentó recientemente, cuando después de varios meses dedicado a la gira de Flaco Pailos Sinfónico, con una camerata de músicos, volvió a presentarse completamente solo. De repente tuvo que recuperar los personajes, los trajes, los cambios y la dinámica de aquel unipersonal que hacía tiempo no interpretaba.
Y algo inesperado ocurrió: “Hasta me sorprendí de mí mismo”, cuenta. “Como estaba solo... de pronto solo y con los trajes, cambiándome. Bueno, estoy en carrera”.

La frase que resume aquella noche llegó inmediatamente después, con la sinceridad y el humor que lo caracterizan: “Me digo... sí soy bueno, che”. La risa de la entrevista acompaña el recuerdo, pero detrás del chiste hay una certeza. Después de décadas de escenarios, el Flaco todavía necesita comprobar que la magia sigue ahí.
Y cuando el público responde, la confirmación llega de inmediato: “Todavía sigo siendo bueno y se ríe mucho la gente”, dice, antes de destacar otra de las herramientas que más disfruta: la improvisación.
Es justamente esa capacidad de leer el ambiente, de incorporar la actualidad y de modificar una situación sobre la marcha la que le permite que cada función sea diferente. No necesita hablar directamente con el público para establecer ese diálogo. Le alcanza con una referencia, una frase, una observación sobre lo que está pasando en el país o una situación inesperada que pueda transformar en material humorístico.
“Después de tantos años tengo esas cosas”, explica. Y enseguida agrega una frase que tiene algo de declaración de principios: “Si no tengo eso, me tengo que retirar”.
Pero Pailos nunca quiso quedarse quieto. Esa parece ser una de las claves de su permanencia. Cada nuevo espectáculo significó para él un desafío. Cuando hizo un show sobre el Bicentenario tuvo que estudiar historia. Cuando creó un espectáculo inspirado en piratas, incorporó vestuario y escenografía. Cuando abordó personajes de todo el país, explotó su facilidad para las diferentes tonadas. Y cuando apareció el desafío de llevar su humor a una camerata, volvió a apostar por algo que muchos consideraban una locura.
“Me gusta eso, el desafío de algo nuevo, de no perder la magia, de seguir con el poder de poder improvisar”, sostiene.

Esa necesidad de renovarse también tuvo que ver con algo mucho más íntimo: escuchar a las nuevas generaciones. Como cuando recuerda que alguna vez su hija, de unos 14 o 15 años, le señaló que determinados chistes ya no funcionaban de la misma manera. En lugar de resistirse, decidió escucharla: “Bueno, dejame pensarlo”, fue su respuesta.
A partir de entonces buscó nuevas maneras de construir humor. No abandonó su esencia, pero cambió los contextos, los personajes y las situaciones. Entendió que el humor también podía transformarse sin perder identidad. Y quizás esa sea otra de las razones por las que continúa vigente.
En tiempos en los que las redes sociales pueden rescatar un video de hace veinte o treinta años y convertirlo nuevamente en un fenómeno viral, Pailos descubrió una segunda generación de espectadores. Jóvenes de 20 o 25 años llegan a verlo después de encontrarse con aquel viejo video junto a Tinelli.
“Es como una rueda”, explica. Un público envejece, aparece otro, un video vuelve a circular y alguien que nunca lo había visto pregunta quién es ese hombre que hace reír desde la pantalla. El humor cambia. Las plataformas cambian. Los escenarios cambian. Pero la risa permanece.
Por eso, cuando llega el momento de hablar de su futuro, no piensa en el retiro. Se ríe de sus 61 años y hasta bromea con la posibilidad de seguir sobre los escenarios a los 80. “Mirá cómo está Moria”, dispara.

Sin embargo, detrás de la humorada aparece una convicción mucho más seria: mientras pueda sorprenderse, crear, improvisar y sentir la respuesta de una sala, seguirá allí. Porque todavía sueña: “Yo siempre quise estar arriba. Yo siempre soñé despierto”, confiesa.
Ese chico que tocaba la guitarra y soñaba con tener una banda finalmente tuvo una. El joven que quería que la gente lo conociera por sus canciones terminó encontrando en los chistes su verdadera voz. El humorista que imaginaba una temporada en Carlos Paz consiguió llenar teatros. Y aquel cordobés que alguna vez soñó con venir a Buenos Aires terminó siendo convocado por Carlos Rottemberg después de que el empresario mirara los borderós y se preguntara quién era “ese flaco de Córdoba que llena todos los teatros donde va”.
En 2008 llegó finalmente a la calle Corrientes. El sueño se había cumplido. Ahora vuelve una vez más. “Está bueno el sueño, pero hay que ponerle estudio, laburo, respeto, constancia”, les dice a los más jóvenes. Y él mismo parece haber hecho de esa frase una forma de vida: “Cuando trabajo con el teatro y estas cosas, soy el primero que llega y el último que se va”, cuenta. Porque el humor podrá parecer liviano, pero detrás de cada carcajada hay una enorme cantidad de trabajo.
Y detrás de cada función hay también una historia. La del Flaco Pailos es la de un hombre que soñó con la música, encontró el humor casi por accidente y terminó haciendo de la risa una profesión. La de un cordobés que convirtió sus historias en chistes y sus chistes en recuerdos para varias generaciones. La de un artista que todavía sale por la puerta del teatro para encontrarse con quienes acaban de verlo, sacarse fotos y escuchar sus comentarios.
“No me voy por la puerta del costadito”, podría resumirse en su manera de actuar fuera del escenario. Se queda. Saluda. Conversa. Porque, como él mismo lo dice, “el cariño de la gente es lo más lindo que tiene esto”.
Y mientras ese cariño siga estando del otro lado del escenario, él parece tener una razón más que suficiente para seguir haciendo lo que mejor sabe: contar historias, transformarse en personajes y regalar, durante una hora y media, ese extraño y maravilloso permiso para olvidarse de todo. Reírse.




