El nombre lo delata bastante antes de comenzar a hablar, cuando el acento se hace inconfundible. Lionel Masbou es francés y desde hace cuatro años se transformó en una presencia cada vez más habitual entre quienes intentan producir trufas negras en la Argentina. Acaba de volver al país a asesorar a sus clientes. Bichos de Campo lo conoció y entrevistó hace algunas semanas, en su anterior visita.
¿A qué viene?
Llegó primero convocado para asesorar a Trufas La Esperanza, el establecimiento pionero ubicado en Chillar, partido bonaerense de Azul, y desde allí comenzó a recorrer buena parte del país detrás de un cultivo que, asegura, todavía está escribiendo sus primeros capítulos.
“Estamos al inicio de la historia de la trufa en Argentina”, afirma Masbou. En este comienzo identifica una dificultad bastante concreta: durante años hubo productores que compraron plantines y los pusieron en el suelo bajo la idea de que después solo quedaba esperar.
Según el especialista francés, esa es precisamente una de las mejores maneras de fracasar.
Mirá la entrevista:
Masbou llegó a este mundo entre esos particulares hongos que crecen en las raíces de algunas especies de árboles, debajo del suelo. Su familia lleva alrededor de 60 años vinculada con las trufas. Él mismo comenzó a aprender desde muy joven en Francia y luego extendió su actividad hacia otros países.
Aunque aclara algo curioso: no vive exclusivamente de ellas. “Tengo varias empresas en Francia. Tengo una crianza de cerdo negro, tengo empresas de trabajo con helicóptero. Pero la trufa es mi pasión”, contó.
Esa pasión terminó convirtiéndose también en una buena excusa para recorrer el mundo. Actualmente asesora producciones en Chile, Australia, Argentina, Uruguay, Brasil, Estados Unidos, Francia, España e Italia.
Y si tiene que elegir qué es lo que más disfruta de ese universo, no habla primero de precios ni de gastronomía. Habla de perros. “La cosecha se hace con un perro. La relación entre el perro, el adiestrador y el dueño del campo que va a buscar su trufa es una cosa muy apasionante. El perro está feliz y, cuando él está feliz, uno también está feliz. Se da una relación hombre-animal muy simpática en este cultivo”, describió.
Como ya dijimos, su desembarco aquí comenzó en Trufas La Esperanza, en Chillar, donde asegura que el trabajo realizado permitió elevar considerablemente los rendimientos obtenidos. Pero a partir de aquella primera experiencia, Masbou comenzó a asesorar otros proyectos y decidió además producir plantines en el país.
En ese punto aparece uno de los problemas que, según él, acompañaron los comienzos de la truficultura argentina: no alcanzaba con comprar un árbol “supuestamente inoculado” para que unos años después aparezcan debajo de sus raíces esos hongos negros tan cotizados por la gastronomía.
“Hay muchos inversores que han comprado sin tener asesoramiento detrás y sin verificar que estén bien las micorrizas en las raíces”, señaló el experto francés.
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La micorrización es justamente la asociación entre el hongo y las raíces del árbol que permitirá posteriormente desarrollar la trufa. Masbou puso especial énfasis en contar que los plantines que comenzó a producir en el país son sometidos a controles de la Universidad Nacional de Luján, de modo de ofrecer garantías de su prolificidad.
En junio de este año esa casa de estudios, en efecto, informó que sus investigadores realizaron la primera certificación sudamericana de un lote de robles y encinas micorrizados con trufa negra Tuber melanosporum producido en Chillar. Para el análisis se evaluaron, entre otras variables, el porcentaje de micorrización, la pureza del inóculo y la aptitud forestal de las plantas.
Pero Masbou asegura que quienes quieran encarar la producción de trufas debe contemplar otros factores. En el caso de sus asesorados, “empezamos por un estudio de prefactibilidad. Si el campo no es apto para producir, no queremos vender plantas”, afirmó, dando a entender que no es su metié meterle el perro a sus clientes.
Otro mito es que tampoco existe un único árbol apropiado para todas las regiones. Encinas y distintas especies de robles pueden funcionar como albergue del hongo, pero su elección debe adaptarse fundamentalmente a las condiciones de cada zona.
Masbou aquí ya expandió su radio de acción y asesora proyectos en Tucumán, Córdoba, Mendoza, Buenos Aires y hasta en Río Negro, en El Bolsón. Esa amplitud geográfica es una de las razones por las que considera que Argentina posee un enorme potencial, aunque insiste en que ese potencial no alcanza por sí solo.
“Al inicio, como aquí en Argentina, se trataba de plantar árboles y esperar. Pero en truficultura no es así. Todo se juega en los cuatro primeros años”, explicó.
En ese período concentra cuatro tareas que repite casi como una receta: trabajar el suelo, inocularlo, regar y podar. Hay que manejar además la competencia de las malezas. En los planteos que asesora, indicó, ese control se realiza mecánicamente y sin recurrir a herbicidas como el glifosato.
“Es un cultivo pensado”, resumió.

Tan decisiva considera esa etapa inicial para las trufas que, ante la pregunta de si una trufera que arrancó mal puede volver a encaminarse, estableció una suerte de frontera temporal: “Si es antes de los primeros cuatro años, se puede recuperar. Después es complicado”.
La paciencia de los truferos sigue siendo, de todos modos, una condición inevitable. Las primeras trufas pueden comenzar a aparecer hacia el cuarto o quinto año, pero Masbou recomienda no apurarse a comercializarlas. En sus planteos, incluso, “vamos a conservar toda la trufa que cosechamos para inocular el suelo de nuevo”.
La idea de devolver esas primeras trufas al sistema para multiplicar las esporas presentes en el suelo ofrecerá recompensas luego. Recién hacia el séptimo, octavo o noveno año espera que la producción comience a crecer con mucha mayor fuerza.
En la entrevista, preguntamos al francés sobre uno de los asuntos que más curiosidad despierte este cultivo en Argentina: el dinero. Es que durante años circularon referencias a precios extraordinariamente altos para las trufas, en torno de los 10.000 dólares por kilo.
Masbou directamente los descarta. “Te voy a contar los precios reales de exportación de este año. La trufa se vende a 350 dólares el kilo a la exportación y adentro del país se vende a 750 y hasta 900, depende de la calidad”, sostuvo.
-¿Entonces lo de los 10 mil dólares era mentira?
-No existe. No sé quién inventó esto. No sé si fue para vender más plantas, pero no existe- respondió.

Eso no significa que haya que considerar el cultivo de trufas como un negocio poco atractivo. Muy por el contrario. Masbou dijo que una hectárea bien manejada puede alcanzar unos 60 kilos de trufas. A un valor de exportación de 350 dólares, esa producción representaría alrededor de 20.000 dólares brutos por hectárea.
Además asegura haber visto rindes mucho mayores. “Asesoramos campos en Chile que sacan 250 kilos por hectárea y estamos aquí en Argentina con una tierra muy parecida a la tierra de Chile. En el futuro vamos a tener una gran producción”, pronosticó.
Por eso continúa viniendo al país: hay una apuesta explícita.
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Masbou contó incluso que -entre algunos de sus clientes- se está conformando una asociación argentina de truficultores para capacitar productores, agrónomos y cocineros, difundir el producto en el mercado interno y, a medida que aparezca mayor volumen, reunir oferta para facilitar las exportaciones. La idea es generar la masa crítica que hoy todavía no existe.
Mientras eso sucede, el francés mantiene una rutina particular: cada tres meses vuelve a la Argentina, se queda unas tres semanas y recorre los campos que asesora. Por ahora no parece molestarle demasiado semejante cantidad de kilómetros.
“Estoy bien aquí. Me gusta Argentina”, dijo.




