El estanque de plantas acuáticas y la escultura en mármol La Ondina del Plata, uno de los rincones más emblemáticos del Jardín Botánico de Buenos Aires

A fines del siglo XIX, Buenos Aires crecía con prisa y ambición, decidida a parecerse a las grandes capitales del mundo. En medio de esa transformación, los parques y paseos públicos dejaron de ser simples espacios verdes para convertirse en parte de una nueva idea de ciudad: lugares donde la naturaleza, el paisaje y la arquitectura también podían expresar modernidad.

En ese contexto nació el Jardín Botánico. Bajo la mirada visionaria del paisajista parisino Carlos Thays, el predio fue concebido como un espacio vivo de estudio y experimentación, donde las plantas pudieran cultivarse, aclimatarse y reproducirse. Ciencia, educación y recreación convivían así en un mismo rincón de Palermo.

La iniciativa abrió sus puertas al público en 1898 y, con el paso del tiempo, convirtió al jardín en uno de los lugares más singulares de Buenos Aires. Sus senderos, colecciones vegetales, invernaderos y esculturas construyeron un paisaje destinado tanto al paseo como al conocimiento. Pero detrás de esa belleza había también un espíritu pionero: allí se realizaron experimentos sobre especies de distintas regiones y, entre ellos, los ensayos de Thays para lograr la germinación de la yerba mate, una investigación que reveló hasta qué punto aquel jardín podía funcionar como un verdadero laboratorio a cielo abierto.

Emplazado entre las avenidas General Las Heras y Santa Fe, delimitado por la calle República Árabe Siria, se levanta en el corazón de Palermo uno de los pulmones verdes más míticos de la ciudad de Buenos Aires

Carlos Thays transformó el urbanismo de Buenos Aires y de otras ciudades argentinas

Antes del Botánico, una historia que empezó muy lejos

Mucho antes de que Carlos Thays imaginara su jardín en Palermo, hubo hombres que cruzaron mares y continentes siguiendo el rastro de las plantas. Algunas podían curar enfermedades; otras, alimentar poblaciones o transformar tierras desconocidas en campos de cultivo. Conocer una especie significaba también descubrir para qué podía servirle al hombre y, muchas veces, cuánto podía valer.

La curiosidad por el mundo vegetal venía de mucho antes. En la Grecia del siglo IV a. C., Teofrasto —el “padre” de la botánica— describió numerosas especies y buscó ordenar ese universo de acuerdo con sus características. Siglos después, científicos del mundo islámico ampliaron ese conocimiento y profundizaron el estudio de las plantas medicinales y sus usos.

Pero fue durante el Renacimiento, cuando comenzaron a llegar a Europa especies desconocidas procedentes de América, África y otras regiones del mundo, que las plantas adquirieron una nueva importancia. Ya no alcanzaba con describirlas: había que identificarlas, clasificarlas y, sobre todo, descubrir cómo hacerlas crecer lejos de su ambiente natural.

El gran estanque del Jardín Botánico, donde conviven las hojas flotantes de la planta nativa irupé con la célebre estatua de mármol de Lucio Correa Morales

Fue en la Italia del Renacimiento donde esa curiosidad encontró un nuevo escenario: jardines en los que las plantas podían reunirse, compararse y estudiarse. La naturaleza empezaba a entrar en el laboratorio, y con ella nacía una nueva forma de entender el mundo vegetal.

Con la Ilustración, esos jardines alcanzaron una importancia mayor. Las plantas podían significar conocimiento, pero también riqueza: buscaban especies útiles, ensayaban nuevos cultivos e intentaban hacerlas crecer lejos de sus tierras de origen. La botánica comenzaba a cruzarse con el comercio y con la expansión de las grandes potencias.

Ese impulso también llegó al Río de la Plata. Mucho antes de que existiera el Jardín Botánico de Palermo, en Buenos Aires ya había quienes cultivaban especies traídas de otros lugares y experimentaban con su adaptación. En esas primeras tentativas de aclimatación comenzaba, sin saberlo, la historia del jardín que décadas después imaginaría Thays.

Interior del invernáculo del Jardín Botánico, una estructura de hierro y vidrio adquirida en 1897 que conserva especies subtropicales de distintas partes del mundo (Asociación Amigos Jardín Botánico Bs. As.)

Los primeros jardines de aclimatación en Buenos Aires

En las quintas de los alrededores de la ciudad comenzaron a aparecer pequeños espacios dedicados a probar qué plantas podían echar raíces en estas tierras. Durante el período colonial, algunas eran especies exóticas y funcionaban como verdaderos campos de ensayo agrícola.

Entre quienes se interesaron por esas experiencias estuvo el estanciero Martín Altolaguirre, que cultivaba distintas especies en una quinta cercana a la Recoleta y experimentaba junto a Manuel Belgrano e Hipólito Vieytes. Su hermano Francisco también traía plantas desde España, entre ellas algunas de las primeras variedades de olivo que llegaron a la ciudad.

Después de la Revolución de Mayo, ese interés no desapareció. En 1823 se creó en la Recoleta una Escuela Práctica Agrícola que tenía un jardín de aclimatación. La idea era tener variedad de árboles, flores, plantas medicinales y otras especies útiles para la agricultura y el arbolado urbano, pero el proyecto duró poco: la iniciativa fue perdiendo impulso hasta que, en 1828, el jardín fue suprimido para ampliar el Cementerio de la Recoleta.

Hubo nuevos intentos durante las décadas siguientes. El botánico escocés John Tweedie estudió la flora local y participó en experiencias agrícolas en Santa Catalina, mientras otros investigadores seguían explorando las posibilidades de las especies del territorio. La idea de un jardín permanente seguía pendiente. Faltaba alguien que pudiera convertir esa inquietud en un proyecto para una ciudad que, por entonces, también estaba cambiando de escala.

Carlos Thays fue director de Parques y Paseos de la Ciudad de Buenos Aires hasta fines de 1913. Estuvo al frente de la dirección por más de 22 años

Carlos Thays y el nacimiento del Jardín Botánico

Carlos Thays llegó a la Argentina en 1888 con una misión concreta y un plan mucho más modesto: había sido convocado por el empresario Miguel Crisol para diseñar un gran parque en Córdoba y pensaba quedarse apenas uno o dos años. Pero la ciudad de Buenos Aires terminaría cambiando sus planes: en 1891 asumió la dirección de Parques y Paseos de Buenos Aires y comenzó a transformar el paisaje urbano. Diseñó parques y plazas, intervino en espacios que ya existían y ayudó a convertir el verde en una parte esencial de la nueva ciudad que estaba creciendo.

Para Thays, un parque no era solamente un lugar bello. Las plantas despertaban su curiosidad, por eso, estudiaba las especies, observaba cómo se adaptaban y experimentaba con sus posibilidades de cultivo. El paisaje era, también, una forma de conocer la naturaleza, decía.

Con esa idea, para 1892 decidió ir un paso más allá: el 22 de febrero presentó a la Municipalidad un proyecto para crear un jardín botánico de aclimatación. Se trataba de un espacio donde las plantas pudieran estudiarse, cultivarse y reproducirse, pero también estar al alcance de los habitantes de la ciudad.

El lugar elegido estaba junto al Parque 3 de Febrero, en un predio que entonces albergaba distintas dependencias estatales. Allí comenzaría una transformación que llevaría varios años.

Carlos Thays vivió en la casona del Jardín Botánico desde 1892 hasta 1898. Se mudó allí con su familia para supervisar personalmente las obras de construcción y diseño del predio

Thays imaginó un jardín donde distintas formas de ordenar el paisaje convivieran entre sí. Combinó los estilos simétrico, mixto y pintoresco y distribuyó las colecciones según su procedencia geográfica y criterios científicos. Además, entre las construcciones había una particular casona levantada en 1881 por el ingeniero militar polaco Jordan Wysocki. Sus ladrillos rojizos y pequeños torreones le daban el aspecto de una residencia inglesa. Durante algunos años, además, fue la vivienda de Thays y su familia.

El 7 de septiembre de 1898, después de años de trabajo, el Jardín Botánico abrió sus puertas. Buenos Aires tenía entonces un espacio diferente a cualquier otro: un jardín que podía ser paseo, escuela, colección botánica y campo de experimentación al mismo tiempo. Entre senderos y árboles, las plantas dejaban de ser solamente parte del paisaje. También podían ser estudiadas, reproducidas y puestas a prueba.

La idea que había comenzado a tomar forma en la cabeza de Thays finalmente tenía un lugar propio.

El Invernáculo Principal del Jardín Botánico de Buenos Aires, diseñado por el arquitecto francés Albert Ballú

La yerba mate: un laboratorio entre árboles y esculturas

Había una planta que despertaba especial interés: la yerba mate. A fines del siglo XIX, la Argentina importaba grandes cantidades desde Brasil y Paraguay para abastecer el consumo interno, pero cultivar la planta localmente no era sencillo. El desafío comenzaba por sus semillas, difíciles de hacer germinar, y encontrar una forma de reproducirlas podía abrir la puerta a una producción propia.

En 1895, Thays recibió semillas provenientes de Paraguay y decidió probar suerte en el Botánico. Los primeros intentos fracasaron, pero siguió experimentando hasta encontrar un procedimiento que permitía favorecer la germinación mediante una preparación previa y la inmersión de las semillas en agua caliente. La experiencia se difundió luego en publicaciones especializadas y convirtió al jardín en un punto de referencia para este tipo de estudios.

Después de la gestión de Thays, finalizada en 1913, el jardín siguió creciendo y reforzó su perfil científico y educativo. Se incorporaron la Escuela de Jardineros, un herbario, un semillero, una biblioteca especializada y un taller de fotografía, mientras los invernaderos ampliaban las posibilidades de cultivo y experimentación. El mayor de ellos, diseñado por el arquitecto francés Albert Ballú, había sido presentado en la Exposición Universal de París de 1889 antes de llegar a Buenos Aires.

Con el tiempo, a esa dimensión científica se sumó otra colección: la del arte. Entre árboles y plantas se distribuyen más de treinta esculturas, bustos, monumentos y fuentes, en una convivencia poco habitual entre naturaleza, arquitectura y patrimonio. El Botánico terminó siendo así algo difícil de definir con una sola palabra: jardín, laboratorio, escuela, museo y, sobre todo, un inesperado refugio verde en medio de la ciudad.

Saturnalia, una de las 33 esculturas del Jardín Botánico. El grupo escultórico fue creado por el italiano Ernesto Biondi y su original se encuentra expuesto en la Galería de Arte Moderno en Roma

Un jardín que sobrevivió a su tiempo

Más de un siglo después, el proyecto de Thays sigue vivo. El Botánico conserva alrededor de 1.500 especies vegetales y continúa dedicado a la investigación, la educación y la conservación. En 1996 fue declarado Monumento Histórico Nacional y, en los últimos años, sus edificios y espacios fueron objeto de nuevas obras de restauración y puesta en valor. En 2023, además, fue reconocido como refugio climático, una distinción que pone en valor algo que quienes lo recorren probablemente ya perciben: dentro de sus límites, la ciudad se siente diferente.

Carlos Thays murió el 31 de enero de 1934 en Buenos Aires. Tres años después, el jardín recibió oficialmente su nombre. Pero su legado no quedó solamente en una placa: permanece en la estructura del lugar y, sobre todo, en aquella idea de que una ciudad moderna también podía reservar un espacio para conocer, estudiar y disfrutar de la naturaleza.

Hoy, mientras Palermo crece alrededor de sus muros, el Botánico sigue ofreciendo una pausa en medio del movimiento. Sus senderos conducen entre árboles, invernaderos, esculturas y plantas de distintos rincones del mundo, como si el proyecto de Thays hubiera encontrado allí una forma de permanecer en el tiempo.

Lo que comenzó como un jardín destinado a estudiar y aclimatar plantas terminó convirtiéndose en algo más difícil de clasificar: un pedazo de naturaleza, ciencia y memoria escondido en plena ciudad. Un lugar simbólico de Buenos Aires para caminar más despacio, mirar con atención y descubrir que, detrás de sus muros, debajo del ruido de la ciudad todavía se guarda un mundo entero.

*El Jardín Botánico se puede visitar de martes a domingos y feriados con entrada libre y gratuita (cierra los lunes y por mal clima). En primavera y verano, de martes a viernes de 8:00 a 19:00 hs. Sábados, domingos y feriados de 9:30 a 19:00 hs. En otoño e invierno el cierre se adelanta a las 18:00 hs. El ingreso se permite hasta media hora antes del cierre.