
Sally Lippman llevaba tres horas parada en la vereda de la calle 54 Oeste, en el barrio de Hell’s Kitchen de Nueva York, una noche de septiembre de 1977. Tenía 77 años y medía un metro cuarenta y ocho. Se había tapado los oídos con algodón antes de salir de su departamento en Manhattan. Un amigo gay de 25 años la había convencido días antes. “Tenés que verlo”. Ella primero dijo que no. Después aceptó.
Ahora estaba del lado de afuera de Studio 54, la discoteca que Steve Rubell e Ian Schrager habían inaugurado el 26 de abril de ese año en un antiguo estudio de televisión de la CBS, y que en pocos meses se había convertido en el lugar más difícil de entrar en Nueva York.
El portero principal era Marc Benecke, un joven de 19 años que The New York Times llegó a llamar “la persona con más poder social” de la ciudad. Andy Warhol describió el sistema como “una dictadura en la puerta y una democracia en la pista de baile”.
Cada noche, cientos de personas se amontonaban detrás de las cuerdas de terciopelo sin garantía de nada. Rubell se jactó de haber rechazado a 1.400 personas un solo sábado. El presidente de Chipre fue rechazado una noche porque el portero creyó que era el presidente del cementerio Cypress Hills. Cher llegó, dijo “Soy Cher” y no entró. Nile Rodgers y Bernard Edwards, del grupo Chic, fueron rechazados en Año Nuevo de 1977 pese a haber sido invitados por Grace Jones. La furia los llevó a componer “Le Freak”.

Sally Lippman no era famosa ni rica. No tenía conexiones en la industria del entretenimiento. Era una abogada retirada, nacida el 19 de octubre de 1900 en Manhattan, admitida en el Colegio de Abogados del estado de Nueva York en la década de 1920. Había dejado de ejercer formalmente antes de que terminaran los años 30. “No ejerzo desde hace 40 años, pero he dado consejos gratis”, le contó al Washington Post en 1978.
Mientras esperaba en la fila, Sylvester Stallone salió del club escoltado por dos hombres. Uno de ellos era Rubell. Lippman le lanzó un cumplido a un empleado que asistía al actor. Rubell se detuvo, miró a la septuagenaria vestida con pantalones ajustados, zapatillas deportivas de caña alta y gafas de sol, y la invitó a pasar. Le dio algo más que la entrada de esa noche. Le otorgó estatus permanente de “no cover”, lo que significaba que Sally Lippman y cualquier amigo que la acompañara podían volver cuando quisieran, sin pagar los 12 dólares de la entrada en días de semana ni los 15 del fin de semana, y sin hacer fila. Ella se lo tomó al pie de la letra.
Los 50 años sin bailar y la pista que los borró
El marido de Sally Lippman había sido abogado. Trabajó para la Federación de Filantropías Judías de Nueva York y en relaciones públicas. Los dos compartían el gusto por la buena música, pero él no bailaba. “No bailé durante 50 años porque a mi marido no le gustaba”, le contó Lippman al presentador Bill Boggs en horario central de la TV de Estados Unidos. “Jugábamos al bridge y al bádminton, pero nunca bailábamos”. El marido murió en 1975. Dos años después, ella estaba dentro de Studio 54.
Al principio iba dos veces por semana. Después, todas las noches. “Es como una droga”, decía. La frase no era del todo una metáfora.

Mark Fleischman, el empresario que más tarde compraría el club, la retrató en sus memorias Inside Studio 54. “Era una cosa vivaz de casi ochenta años que bailaba como una de treinta, y siempre la acompañaba un joven apuesto llamado John del brazo. Era una abogada judía retirada que se volvió loca por la combinación de cocaína y el Efecto Studio 54. Bailaba sin parar, de medianoche a las cinco de la mañana, varias noches a la semana, y solo paraba para ir al baño o para tomar cocaína”.
Studio 54 no disimulaba su relación con la cocaína. Sobre la pista de baile colgaba una escultura mecánica. Era un hombre en la luna en forma de media luna, con una mano que sostenía una cuchara de cocaína. Varias veces por noche, la cuchara se acercaba a la nariz de la luna y la punta se iluminaba con burbujas blancas. Los que bailaban abajo gritaban. Los clientes dejaban propina a los bartenders en forma de frascos de cocaína. En una fiesta de Navidad, los invitados VIP recibieron bolsitas de cocaína atadas con cintas festivas como regalo de fin de año. En ese lugar, la mujer de 77 años con algodón en los oídos bailaba hasta el amanecer.
La abogada que le enseñó disco a un director de polca
En 1978 su nieta, una enfermera que durante el día hace diálisis renal, la acompañaba con frecuencia. Pero dentro del club la abuela no necesitaba compañía. Dustin Hoffman y Bill Murray esperaban turno para bailar con ella.
La fama de la mujer a la que ya todos llamaban Disco Sally creció hasta la televisión. Apareció en The Lawrence Welk Show, el programa del director de orquesta de polca Lawrence Welk, y le enseñó pasos de disco al conductor. En una entrevista en el Today Show dijo: “Estoy pasando el mejor momento de mi vida. ¿Qué tiene de malo morir en la pista de baile?”.

Lippman no se limitaba a la pista. Scott Bitterman, que trabajó en Studio 54 primero como ayudante de camarero y después como asistente de dirección, recordó que ella invitaba al personal del club a cenar a su departamento. “Mi asidua favorita era una anciana brillante y divertida que venía varias noches a la semana y bailaba gran parte de la noche. Asistí a varias cenas en su departamento con amigos”, escribió Bitterman.
El dios griego, las dos familias y una boda con 2.000 invitados
Lippman conoció a John Touzos en la pista de baile. Ella lo llamaba “mi dios griego”. Él tenía 28 años. Los dos bailaban juntos todas las noches, y la diferencia de edad llamaba la atención incluso en un lugar donde Brooke Shields, de 11 años, había entrado la noche de la inauguración escoltada hasta la cabina del DJ por el propio Rubell.
Las dos familias se opusieron al matrimonio. Pero para junio de 1980, Studio 54 ya no existía como ellos lo habían conocido.
El 14 de diciembre de 1978, 30 agentes del Servicio de Impuestos Internos habían allanado el club tras la denuncia de un exempleado. Sobre los paneles del techo de la oficina de Rubell encontraron bolsas con USD 600.000 en efectivo y un segundo juego de libros contables. También hallaron cinco onzas de cocaína y cientos de pastillas de LSD. Rubell y Schrager habían desviado hasta el 60% de los ingresos en efectivo del club. Contrataron al abogado Roy Cohn para defenderlos.
En junio de 1979 fueron acusados de evasión fiscal, obstrucción de justicia y conspiración. El 18 de enero de 1980, un juez federal los condenó a tres años y medio de prisión y una multa de USD 20.000 cada uno. El fiscal Peter Sudler dijo al tribunal que los dos habían actuado por “pura codicia”.

La última fiesta fue la noche del 2 al 3 de febrero de 1980. Diana Ross y Liza Minnelli cantaron para los invitados. Dos días después, Rubell y Schrager entraron a prisión. El club fue vendido a Fleischman por USD 4,75 millones.
Sally Lippman y John Touzos se casaron el 17 de junio de 1980 en el club Magique, que había abierto tres meses antes. Asistieron unas 2.000 personas, entre ellas la actriz Lindsay Wagner, el comediante David Brenner y el músico Peter Frampton.
La boda había nacido como una idea promocional de los dueños de Magique. “Originalmente iba a ser una ceremonia de boda ficticia - dijo Lippman -, pero amigos sugirieron que Johnny y yo oficializáramos el asunto, ya que llevamos saliendo más de dos años y la mayoría de la gente pensaba que ya estábamos casados”. Después de la ceremonia, los recién casados bailaron hasta pasado el amanecer.
Lo que no sonó en el funeral de Sally Lippman
Studio 54 reabrió en septiembre de 1981 bajo la administración de Fleischman. Rubell y Schrager habían sido liberados bajo palabra después de cumplir poco más de un año de prisión. El club ya no era el mismo. Sally Lippman tampoco.

El 26 de mayo de 1982, Lippman murió en el Hospital Monte Sinaí de Manhattan. Tenía 81 años. Había sido internada por complicaciones de una cirugía reciente. John Touzos, su marido, estaba con ella. Habían estado casados menos de dos años.
En 1998, el director Mark Christopher estrenó la película 54, ambientada en el club. El personaje inspirado en Lippman se llamaba Disco Dottie y moría bailando en la pista, una muerte que el guion le inventó y que la realidad le negó.
Ese mismo año, la Roundabout Theatre Company compró el edificio del 254 de la calle 54 Oeste. La pista de baile donde Lippman había bailado, bajo la luna mecánica con su cuchara de cocaína, se convirtió en una sala de teatro con 1.006 butacas. En 2012, en el sótano donde los VIP consumían cocaína sobre fresas y se recostaban en colchones tirados sobre el piso de cemento, abrió un club de cabaret llamado 54 Below, con 140 asientos y manteles de cuero.
Sally Lippman había pedido, en repetidas ocasiones, que en su funeral sonara música disco. Sin embargo, su familia no cumplió el pedido.




