En 1919, Alemania hundió su propia flota para que no cayera en manos enemigas. La era nuclear convirtió sus restos en un tesoro inédito

En 1919, Alemania tomó una decisión desesperada para impedir que los vencedores de la Primera Guerra Mundial se repartieran su flota: hundirla. En apenas unas horas, decenas de acorazados, cruceros y destructores desaparecieron bajo las aguas de Scapa Flow. Lo que nadie podía imaginar era que, 26 años después, el comienzo de la era nuclear transformaría parte del acero de aquellos barcos condenados en un material especialmente valioso para la ciencia.

Antes muerto que apresado. Tras el armisticio de noviembre de 1918, 74 buques de la Flota de Alta Mar alemana quedaron internados en Scapa Flow, al norte de Escocia, mientras los vencedores discutían qué hacer con ellos. 

Francia e Italia querían repartirse parte de los barcos, mientras Reino Unido prefería evitar que reforzaran otras armadas. El contralmirante Ludwig von Reuter temía precisamente que aquellos gigantes acabaran navegando bajo bandera enemiga y decidió impedirlo por su cuenta.

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