
El mismo estadounidense que le describe sus síntomas a un chatbot quiere que su médico le declare si usa inteligencia artificial. Esa tensión atraviesa los dos informes que publicó esta semana Pew Research Center, el centro de investigación de referencia en opinión pública de Estados Unidos, sobre la base de una encuesta a 3.488 adultos realizada entre el 22 y el 28 de junio.
El primer informe mide el uso. El 34% de los adultos estadounidenses ya consulta chatbots de IA por al menos un motivo de salud. El 28% lo hace para obtener información rápida, el 25% para identificar qué causa sus síntomas y el 22% porque la herramienta es gratuita o casi. Otro 22% la usa para entender mejor un diagnóstico que recibió de su médico, el 20% para descifrar resultados de laboratorio y el 18% para temas que no se anima a plantear cara a cara.
La experiencia les resulta buena. El 47% de los usuarios califica la información como muy o extremadamente útil y el 48% como algo útil. Apenas el 5% la considera poco útil o inútil. La confianza se corta cuando aparece la pregunta por los datos: el 29% se siente cómodo compartiendo información médica personal con un chatbot, el 26% no, y el 42% queda en un punto intermedio.

Los pacientes exigen que el médico avise
El segundo informe invierte la cámara y pregunta por la IA del otro lado del escritorio. El 72% de los adultos considera muy o extremadamente importante que su médico le informe si usa inteligencia artificial en su atención. El reclamo crece cuando la tecnología toca decisiones clínicas: el 81% quiere saberlo si la IA analiza estudios por imágenes, el 81% si participa de un diagnóstico y el 80% si explica resultados de laboratorio.
La demanda no se limita a lo clínico. El 72% pide ser avisado incluso cuando la IA solo toma notas durante la consulta, el 64% cuando gestiona la renovación de recetas y el 56% cuando agenda turnos. La única tarea que una porción relevante acepta ceder sin aviso es la administrativa pura: el 33% admite que no necesita enterarse si una máquina organiza su calendario médico.
El consultorio opaco
El dato más fuerte del estudio no es lo que los pacientes piden. Es lo que ignoran. Solo el 16% afirma que su médico usó IA en su atención. El 37% dice que no y el 46% no lo sabe. La incertidumbre atraviesa todos los niveles educativos: entre quienes tienen posgrado, el 25% sabe que su médico usó la tecnología, contra el 11% de quienes tienen secundario o menos, pero la proporción de los que no tienen idea es casi idéntica en ambos extremos, entre el 46% y el 48%.

A la falta de información se suma la falta de control. El 53% siente que tiene poco o ningún poder de decisión sobre si su médico usa IA, y los estadounidenses que quieren más voz en esa decisión triplican a los que están conformes con la que tienen: 63% contra 21%. Incluso entre quienes saben que la IA ya intervino en su atención, solo el 22% entiende bien cómo se usó.
Las dos mitades del estudio cuentan una sola historia. El paciente estadounidense no le teme a la inteligencia artificial: la eligió como primera consulta de salud por precio, velocidad y pudor. Lo que rechaza es la asimetría. Cuando él usa la IA, decide. Cuando la usa el sistema de salud, ni siquiera se entera.
La IA no tiene un problema de adopción en la medicina estadounidense: tiene un problema de consentimiento. Y ese problema no lo resuelve un modelo mejor. Lo resuelve un médico que avisa.