Pablo Molinero en 'Enjambre'

Hay problemas que se solucionan con el paso del tiempo, y otros que con ello solo se hacen más grandes. Cuando Óscar Bernàcer (Una vida Bárbara) comenzó a rumiar el guion de Enjambre hace más de una década, España vivía una gran crisis financiera, con deshaucios y empresas en quiebra a la orden del día. Tantos años después la situación no solo no ha cambiado, sino que probablemente ha ido a peor. Momento perfecto, desgraciadamente, para que una película como la suya llegue a cines.

“La película nació hace 14 años, en los años más duros de aquella crisis. Existía la sensación de que no se cuidaba a las personas: se rescataba a la banca y a las grandes empresas, mientras mucha gente quedaba abandonada”, cuenta a Infobae el director acompañado de Pablo Molinero, el actor en el que ha dado forma y vida a esa preocupación que sigue a la orden del día. “La crisis se ha vuelto prácticamente crónica. La incertidumbre y la sensación de que nos expulsan de las ciudades generan mucho desasosiego y frustración”.

En Enjambre, Molinero da vida a Lluc, un hombre al que una serie de malas decisiones lo han llevado a tomar un giro radical en su vida, el de refugiarse en la aldea de Malpàs. Allí una comunidad de vecinos se autogestiona de forma más o menos armónica, y a través de una viaje amiga de Lluc deciden aceptarle e incluso otorgarle un rol de importancia en la construcción de esa nueva sociedad. Sin embargo, pronto Lluc se dará cuenta que ni es tan fácil dejar atrás tu anterior vida, ni la vida en una aldea autogestionada es tan armoniosa como puede parecer desde fuera.

“La película empieza con un tono más naturalista, tranquilo y relajado, pero todo se va enturbiando. También las interpretaciones se desplazan hacia el thriller: el póquer, los silencios, las miradas y la desconfianza”, explica el actor conocido por La Peste, quien resalta la importancia del tono dentro de una película cargada de personajes e historias paralelas: “Al ser una película coral, todos debíamos estar en el mismo tono. Si uno se sale, todo se puede venir abajo”.

Esa coralidad fue la que llevó a que el rodaje de Enjambre se convirtiese en una extensión de la propia trama de la película, con buena parte de los actores y el resto del equipo familiarizándose con el entorno rural, aunque sin malos rollos y con la ayuda de los locales. “La experiencia de rodaje fue inmersiva. Estábamos aislados, compartíamos hotel, comidas y jornadas enteras. De alguna manera, también nosotros formamos una comunidad”, señala Molinero. “Los municipios y las familias de la zona nos ayudaron mucho. Nos prestaron casas y colaboraron con la logística, incluso con las pistas forestales por las que debían circular los camiones y el material”, recuerda Bernàcer, quien en la Malpàs de la película -rodada a medio camino en Alto Palancia entre El Toro, Bejís y Torás- construye un escenario casi inédito en el cine español reciente.

Imagen de 'Enjambre'

La importancia de pertenecer a algo, lo que sea

Ambos coinciden en que ese guion primigenio ha evolucionado en algo mucho más grande, hasta el punto de que cualquier espectador podrá identificarse con la película por diversos motivos, pues hay un sentimiento común al ser humano. “Por encima de todo existe una necesidad de pertenencia. En los barrios y las ciudades ese sentimiento se pone en duda porque muchos espacios se orientan al turismo, al negocio y a la tematización, en vez de favorecer la socialización. Las ciudades deberían ser lugares donde compartir problemas y soluciones, donde se genere comunidad. Ahora parece que todo es negocio, incluso la privacidad”, sostiene el director debutante en el largometraje de ficción.

Conscientes del peligro de idealizar demasiado el ambiente rural, una dinámica que se ha impuesto en el cine español de los últimos años, Molinero apunta el contraparte. “Cambiar de contexto no basta si no cambia la mentalidad, el paradigma y la forma en que nos relacionamos. La película propone una autocrítica: no alcanza con escapar de la ciudad. Hay que cuestionar la relación con el poder, la fuerza, la ética y la justicia”, razona contundente Molinero.

En un verano que ha estado marcado por La Odisea de Christopher Nolan, una revisitación de Homero en la que el director se proponía a hablar del gran problema de de desconfianza y entendimiento entre la sociedad, Enjambre llega para cerrar el verano o reabrir el otoño con una serie de preguntas de difícil respuesta, incluso para sus propios responsables: “No sé qué haría en una situación así. Me interesan las historias de lugares extremos porque ponen en juego el instinto de supervivencia que todos tenemos, pero a Malpàs no iría”, reflexiona Molinero. “Según cuál fuera la alternativa, quizá no me quedaría allí; aunque también podría decir que sí. Esa es la condición humana”, concluye el director.