Alan D’Auria tenía 10 años cuando su papá lo llevó a una prueba de sonido de Sandro en el Gran Rex. Era 2004, durante la época del espectáculo La Profecía, y el chico miraba desde un costado del escenario ese universo que conocía desde mucho antes de poder comprender su dimensión. Su padre había sido baterista del Gitano y la música formaba parte de la vida familiar.

En medio del ensayo hubo una pausa. Sandro se acercó a su papá y lanzó una pregunta que Alan todavía recuerda: “¿Tu hijo también toca?”. La respuesta fue inmediata: “Sí, por supuesto. Y le encanta tocar ‘Dame fuego’”. Minutos después, el chico estaba sentado detrás de la batería, tocando aquella canción junto a los músicos de Sandro.

“Probablemente en ese momento no tenía dimensión real de quién me estaba dando esa oportunidad ni de lo que iba a significar ese recuerdo veinte años después. Me quedó para siempre esa imagen: yo sentado detrás de la batería, mi papá al costado y Sandro adelante”, recordó en diálogo con TN.

El tiempo hizo el resto. Alan se convirtió en baterista profesional y durante años trabajó en la Argentina en el espectáculo tributo a Sandro de Fernando Samartin. Había algo circular en tocar las mismas canciones que habían acompañado la carrera de su padre. Hasta que apareció una pregunta más difícil: ¿podía construir una historia que fuera solamente suya?

La música acompañó a Alan desde la infancia y estuvo marcada por la carrera de su papá junto a Sandro. (Foto: gentileza Alan D´Auria)
La música acompañó a Alan desde la infancia y estuvo marcada por la carrera de su papá junto a Sandro. (Foto: gentileza Alan D´Auria)

“Necesitaba saber si podía dejar de sentirme ‘el hijo del baterista de Sandro’ y empezar a descubrir quién era Alan como músico”, explicó. Admiraba profundamente a su papá, pero convivía con el peso de una comparación inevitable. “Quería equivocarme por mis propias decisiones, conseguir trabajos por mis propios medios y ver hasta dónde podía llegar sin apoyarme permanentemente en lo que él había construido”.

Así llegó a Estados Unidos hace tres años, con una valija, algunos ahorros y sin un trabajo esperándolo. Los primeros tiempos estuvieron lejos del brillo de los grandes escenarios: dio clases, grabó, tocó donde pudo y comenzó a relacionarse con otros músicos. Algunos argentinos instalados allí fueron quienes le abrieron las primeras puertas.

Alan dejó la Argentina hace tres años y se instaló en Los Ángeles para construir su propio camino como músico. (Foto: gentileza Alan D´Auria)
Alan dejó la Argentina hace tres años y se instaló en Los Ángeles para construir su propio camino como músico. (Foto: gentileza Alan D´Auria)

En Los Ángeles también creó Live Session Jam, una comunidad que organiza encuentros entre músicos y artistas y que llegó a reunir a cientos de personas. Después aparecieron trabajos como músico de sesión y nuevas oportunidades: participó en grabaciones de batería y percusión para la música de la serie de Prime Video La casa de los espíritus, donde incorporó sonidos sudamericanos.

Uno de los proyectos discográficos en los que participó recibió, además, una nominación en los Hollywood Independent Music Awards.

La distancia terminó modificando incluso aquello de lo que había intentado despegarse. Sus padres pudieron visitarlo en Los Ángeles y conocer la vida que había construido desde cero. “Ya no siento que tenga que escapar de esa historia. Estoy orgulloso de dónde vengo. La diferencia es que ahora siento que también estoy construyendo mi propio recorrido”, aseguró.

En Los Ángeles, Alan trabaja como baterista y percusionista en distintos proyectos musicales. (Foto: gentileza Alan D´Auria)
En Los Ángeles, Alan trabaja como baterista y percusionista en distintos proyectos musicales. (Foto: gentileza Alan D´Auria)

Dos décadas después de aquella prueba de sonido, Alan vuelve cada tanto a la misma imagen: un chico detrás de una batería, su padre a un costado y Sandro enfrente. Entonces no podía saber que la música lo llevaría tan lejos ni que alguna vez necesitaría cruzar miles de kilómetros para encontrar su propio lugar.

Hoy, desde Los Ángeles, aquella escena tiene otro significado. Ya no necesita escapar de la historia de su padre ni demostrar que puede caminar por fuera de ella. Ahora tiene la suya. Y cuando sus padres viajaron a visitarlo y pudieron verlo tocar, trabajar y abrirse camino, sintió que de algún modo el círculo se cerraba: aquel chico que empezó mirando a su papá desde un costado del escenario finalmente había encontrado su propio escenario.