Es inventor, nunca dejó de intentar y a los 77 le llegó su momento: en las redes todos quieren comprar su juego de mesa
Al principio, Aníbal Claudio González no terminaba de creer que realmente fuéramos a entrevistarlo . Tal vez porque durante buena parte de sus 77 años se acostumbró más a hacer que a esperar. A trabajar, a inventar, a probar, a equivocarse y a volver a empezar sin exigir nada a cambio. Pero cuando n
Al principio, Aníbal Claudio González no terminaba de creer que realmente fuéramos a entrevistarlo. Tal vez porque durante buena parte de sus 77 años se acostumbró más a hacer que a esperar. A trabajar, a inventar, a probar, a equivocarse y a volver a empezar sin exigir nada a cambio. Pero cuando nos vio entrar a su casa de Florencio Varela entendió que sí, que habíamos ido por él. Y entonces quiso contarlo todo.
Sobre la mesa y en distintos rincones de la casa había cajas de “La Maratón del Cangrejo”, el juego que imaginó hace 25 años y que recién ahora consiguió fabricar. También estaban sus hijos, sus nietos y sus parejas. Algunos acomodaban cosas, otros escuchaban. Los más jóvenes lo corregían, se reían con él y trataban de ordenar un entusiasmo que parecía imposible de contener. Aníbal tenía demasiado para decir.
“Soy Aníbal Claudio González, tengo 77 años y soy inventor”, se presentó. Después agregó una explicación que, sin saberlo, resume buena parte de su historia: “Ahora que estoy libre, que tengo tiempo, me dedico de lleno a crear cosas nuevas”.
Nació el 7 de abril de 1949 en Misiones. Vivió sus primeros años en Posadas y cuando tenía cinco se mudó con sus padres a Florencio Varela. Su infancia estuvo atravesada por una realidad que entonces era habitual para muchas familias: terminó la primaria, pero no pudo continuar estudiando.
El instructivo original del juego escrito a mano. (Foto: TN/Leandro Heredia)
“La gente humilde terminaba la escuela e iba a trabajar. Yo con 10 años ya trabajaba”, recordó Aníbal. Fue cadete, atendió una panadería y trabajó en una farmacia. Mientras algunos compañeros podían empezar la secundaria, él ya sabía que tenía que ayudar a ganarse la vida. La curiosidad, sin embargo, encontró la forma de sobrevivir.
Durante su juventud fue músico y tuvo un grupo. Después conoció a la mujer con la que construiría prácticamente toda su vida. Él tenía 22 años y ella 16 cuando se casaron. Hoy llevan 55 años juntos, tuvieron tres hijos y cinco nietos.
“Mi señora fue fundamental”, dice Aníbal cada vez que repasa aquellos años. Juntos tuvieron comercios y trabajaron durante décadas. Ella atendía el negocio, cuidaba a los chicos y acompañaba las ideas que a él se le iban ocurriendo. Algunas funcionaron. Otras no. Aníbal nunca dejó de fabricar cosas.
Hizo escobillones, escobas y distintos productos para sostener a su familia. A mediados de los años 80 tuvo uno de sus primeros grandes proyectos: un dosificador de shampoo para instalar en el baño. La idea había nacido de una situación doméstica. Volvió de vacaciones, quiso bañarse y descubrió que no quedaba shampoo.
Pensó entonces en un recipiente fijo que permitiera dosificarlo. Invirtió prácticamente todo lo que tenía, compró máquinas y patentó el invento. Pero cometió un error: lo fabricó en metal cromado y el producto era corrosivo. Cuando descubrió el problema ya no tenía capital para modificarlo.
El proyecto fracasó. Cuando se le pregunta qué sintió en aquel momento, no necesita pensar demasiado. “Nunca vencido. Nunca vencido”, responde a TN.
Hubo más intentos. En los años 90 fabricó un juego con dados. Llegó a vender unas 200 unidades, pero cada una demandaba tantas horas de trabajo artesanal que el negocio terminó siendo inviable. Mucho después, durante la pandemia, ideó un pequeño botiquín para tener en las casas, con curitas, vendas, agua oxigenada y otros elementos básicos. Lo registró, fabricó algunos y volvió a intentarlo.
Tampoco funcionó como esperaba. “El fracaso sirve para aprender”, dice Aníbal mientras acomoda las piezas del juego de mesa que está a punto de empezar a describir.
Aníbal disfruta con sus nietos. (Foto: TN/Leandro Heredia)
El juego que esperó 25 años
“La Maratón del Cangrejo” nació en 2001. Aníbal imaginó un juego de mesa basado en una ruleta de colores y en una particularidad que terminaría dándole identidad: los jugadores no solamente avanzan, también pueden retroceder, como un cangrejo.
Diseñó la mecánica, pensó las reglas y registró la creación. El problema apareció cuando quiso llevarla a producción. Para fabricar las piezas en plástico necesitaba matrices industriales y una inversión que estaba completamente fuera de su alcance.
Intentó ofrecer la idea a una empresa de juguetes. Fue hasta una oficina, explicó cómo funcionaba y recibió una respuesta que lo desanimó. No estaban interesados y el juego volvió a casa.
Durante años quedó guardado. La familia lo conocía y lo jugaba, pero el proyecto que Aníbal había imaginado para otros seguía siendo apenas suyo. En 2015 volvió a registrarlo e intentó recuperarlo. Otra vez chocó contra el mismo límite: no tenía el dinero necesario para producirlo.
Hasta que este año cambió la pregunta. En lugar de pensar cómo fabricar miles, empezó a pensar cómo fabricar uno. “Se me ocurrió hacer el juego artesanalmente”, cuenta.
Cambió el plástico por madera, cartón, goma eva y materiales que pudiera trabajar con sus propias manos. Hizo pruebas, redujo el tamaño y buscó proveedores. Primero construyó incluso las cajas en madera, pero rápidamente comprendió que el trabajo era demasiado.
Entonces, fue a una fábrica de cajas en Quilmes. Tenía miedo de preguntar cuánto costaban. No llevaba un gran capital y sabía que una producción industrial podía volver a dejar su proyecto en suspenso. Allí, sin embargo, encontró una pequeña puerta. La empresa aceptó hacerle una excepción y producir 500 cajas.
El diseño quedó en manos de sus nietas. Cuando finalmente llegaron a su casa, Aníbal hizo un video. Después de un cuarto de siglo, el juego que había imaginado en 2001 tenía por primera vez una caja de verdad. “Ese fue el primer sueño que cumplí”, dice.
Aníbal Claudio González tiene 77 años y es inventor. (Foto: TN/Leandro Heredia)
Un invento que ahora es de toda la familia
La casa permite entender que, a esta altura, “La Maratón del Cangrejo” dejó de pertenecer solamente a Aníbal.
Su nieta Natalia trabajó en el diseño de la caja y de la ruleta. Antonella empezó a ayudarlo con las redes sociales, un territorio que él admite no manejar. Los demás acompañan, opinan, participan, lo retan cuando se extiende demasiado contando alguna historia y vuelven a reírse.
Pero fue justamente Natalia quien terminó abriéndole a su abuelo una puerta que Aníbal había golpeado durante décadas. Le creó una cuenta de TikTok y la llamó “El abuelo inventor”. Allí empezó a mostrar al hombre detrás de esas cajas: sus inventos, su historia y, especialmente, “La Maratón del Cangrejo”, aquel juego que había esperado 25 años para poder fabricar.
La respuesta fue inesperada. Los videos comenzaron a circular y aparecieron cada vez más personas interesadas en comprar el juego. Después de tantos años buscando cómo producirlo, haciendo cuentas, preguntando precios y chocando una y otra vez con la falta de capital, Aníbal se encontró con algo que durante mucho tiempo le había resultado esquivo: gente del otro lado preguntando cómo conseguir aquello que había inventado.
Y hay algo especialmente significativo en que haya sido una de sus nietas que lo ayudara a llegar hasta ahí. Aníbal había pasado buena parte de su vida intentando encontrar una vidriera para sus ideas; Natalia encontró una en un lugar que su abuelo apenas conocía. Él puso el invento. Ella entendió cómo mostrarlo. Y entre los dos consiguieron que una historia iniciada en 2001 empezara, 25 años después, a encontrar a su público.
Hay algo más detrás de su insistencia. Cuando habla del futuro del juego, enseguida aparece su esposa. La mujer que estuvo cuando había que trabajar, criar a los hijos, atender el comercio y también soportar aquellas ideas que él mismo define, con una sonrisa, como sus “ocurrencias”.
“Soy inventor por ella también. Ojalá que nos vaya bien, para que ella esté bien”, explica Aníbal. Y después dice algo que cambia por unos segundos el clima de la conversación: “Yo tengo 77 años y pienso en el futuro. Yo un día me puedo ir y va a quedar ella. Es la lógica de la vida. Quiero que ella tenga seguro hasta la muerte, que pueda pasarla bien”.
Afuera de cámara, alguien le alcanza un mate. Los nietos vuelven a intervenir. Él hace un chiste y la emoción se desarma apenas, lo suficiente para seguir hablando.
Quizás por eso esta historia no se trata solamente de un juego de mesa. Tampoco de determinar si “La Maratón del Cangrejo” se convertirá finalmente en el éxito comercial que Aníbal imaginó hace tantos años.
El primer tablero de "La carrera del cangrejo". (Foto: TN/Leandro Heredia)
Se trata, en todo caso, de haber llegado hasta esas 500 cajas. De un chico que a los 10 años trabajaba mientras iba a la primaria. De un hombre que perdió dinero con un dosificador de shampoo, que fabricó dados que llevaba demasiado tiempo hacer, que quiso vender botiquines que nadie volvía a reponer y que guardó durante décadas un juego porque no podía pagar las matrices necesarias para producirlo.
Y también de una familia que ahora llena la casa mientras él cuenta todo eso. Antes de terminar la entrevista, le pedimos que imaginara que alguno de sus nietos llegaba un día frustrado porque había dedicado mucho tiempo a un proyecto y no había salido bien. Qué consejo le daría después de tantos intentos.
Aníbal recordó entonces una frase que inventó hace años y que sus nietos escucharon desde chicos. La repitió despacio, como quien entrega algo que considera más importante que cualquiera de sus inventos: “Nunca dejes de intentar. Si te empujan al abismo, intentá volar”.
Sobre la mesa están las cajas de “La Maratón del Cangrejo”. Adentro está el juego en el que, para llegar a la meta, a veces hay que avanzar y otras veces retroceder. Aníbal tardó 25 años en fabricar el suyo. Quizás por eso nadie entiende mejor las reglas.