Carlos Bender tenía apenas diez años cuando su padre murió en un accidente. A partir de entonces le tocó seguir adelante junto a su madre y sus cuatro hermanos en el campo familiar, en el departamento entrerriano de Diamante. No pudo seguir con sus estudios después de la primaria y empezó temprano a trabajar en una chacra que, muchos años después, sigue siendo el centro de su vida.
“No llega a 100 hectáreas. Para nuestra zona soy un productor chico, pero no me fue mal”, contó Bender, que reconoce que la escala nunca fue un impedimento: desde allí consiguió formar una familia, educar a su única hija y sostenerse, que no es poca cosa.
Y hasta se da el lujo de seguir compartiendo tiempo con su madre de 90 años. “Los dos pasamos momentos muy difíciles en esta vida y seguimos juntos”, dice Carlos, que sabe de resiliencia, conoce como pocos lo que significa levantarse una y otra vez y quizá tenga una única gran certeza a futuro: que ese campo donde luchó desde que usaba pantalones cortos va a ser siempre su lugar en el mundo. No importa quién lo quiera, ni cuán tentadoras sean las ofertas por él.

“Siempre viví en el campo y soy un apasionado, porque entiendo que la ruralidad es el último recurso cultural de honestidad y de trabajo que queda en Argentina”, afirma este histórico dirigente de la Federación Agraria y productor, que hoy reconoce estar “de vuelta” en esa larga carrera productiva y se conforma con mantenerse lejos del estrés, de los malos hábitos y de mucho de lo que ocurre en las ciudades.
De hecho, fue uno de los que históricamente luchó por las principales demandas del interior del interior. Desde ese lugar construyó siempre Bender con un ánimo incansable, y por eso le duele ver cómo muchos pequeños productores como él terminan cediendo al agotamiento y la presión del negocio.
“No queremos saber nada de ir a la ciudad a vivir peor, porque en el campo estamos bien. Yo mismo tuve una vida maravillosa haciendo lo que me gusta, la posibilidad está”, insiste, y reconoce que esa pasión es la que no le permite dejar de “luchar hasta el final”.
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Su historia tiene capítulos muy diversos. Uno de los más importantes inició luego de la partida de su padre, y por los próximos 20 años, con un tambo de unas 50 o 60 vacas que montó y sostuvo. Chico y sacrificado, pero suficiente. “Con eso pude educar a mi hija en una universidad privada, que hoy es médica. Pude construir una linda casa en la ciudad y un par de departamentos. Todo con mi pequeña chacra”, recordó.
Pero aquella actividad terminó quedando en el camino, a merced de los bajos precios y la concentración de la actividad, que se cobró a ese y muchos otros establecimientos chicos de la zona.
“La situación se fue complicando. Allá hay muchos tambos de 10.000 o 20.000 litros y al productor chico nos fueron corriendo, corriendo, hasta que terminé cerrándolo”, señaló, haciendo memoria.
Después también tuvo una pequeña granja avícola, que abandonó hace algunos años. Y no sólo por una cuestión económica, sino por el límite físico que le impuso el físico, y que lo llevó a una cirugía de columna. “Después de tanto esfuerzo, el cuerpo te pasa la factura del sacrificio que hice en mi vida para sobrevivir y llevar a mi familia hasta donde estamos hoy”, señaló Bender.
Actualmente cría ovejas, hacienda Angus colorada y hace algo de agricultura. Su hija y su yerno, ambos profesionales, también colaboran con las tareas cuando pueden, pero ya aparece una generación más: un nieto de ocho años que, según contó el productor, empieza a entusiasmarse con ese mundo.

Bender insiste en que todavía es posible vivir de una pequeña chacra, aunque reconoce que crecer resulta mucho más difícil y no puede evitar angustiarse al ver una postal muy repetida en su región. “Hay muchos productores chicos que quieren abandonar e irse al pueblo a poner un remís, un comercio o un kiosco. No debemos colgar los guantes, porque tenemos mil cosas para hacer”, sostuvo.
Y lamentó lo mucho que podría hacerse para evitarlo: “El Estado no hace diferencia con nosotros, nos trata igual que al grande. Es muy difícil que el productor chico pueda crecer”, afirmó.
En su caso, la posibilidad de irse nunca terminó de ser demasiado atractiva. Cerca de Libertador San Martín, la localidad del oeste entrerriano donde construyó toda su vida productiva, dice que tiene todo lo indispensable para vivir en la ruralidad.
Y muy errado no debe estar, porque recibe ofrecimientos de todo tipo por ese campo que sostiene con tanto sacrificio.
En su zona, que configura una suerte de “zona núcleo entrerriana” la presión por la tierra está siempre presente. Los grandes pooles de siembra rodean su establecimiento y, entre risas, Carlos cuenta que de tanto en tanto algunos vuelven a preguntarle si está dispuesto a vender.
Pero la respuesta no cambia. “A veces llegan a mi casa y me dicen: ‘Vendeme el campo’. Y yo les digo que esto no tiene precio”, relató. “Porque es mi vida, es mi sangre y mis raíces están acá. Sea mucho o poco, no importa”, agregó.
Porque a esta altura, para él permanecer no tiene que ver únicamente con la rentabilidad. “Cuando vos te criás en el campo echás raíces, como un árbol. Pasan los años y sentimos que esa raíz no quiere salir de ahí”, relata, y se niega a dejar atrás, los años de trabajo, el tambo, el sacrificio constante y el orgullo que le dejó ese establecimiento.
Por eso, cuando alguien vuelve a insinuarle que quizás llegó el momento de desprenderse de la tierra, tiene preparada otra respuesta preparada: “Vamos a tomar unos mates o a comer un asado, pero no hablemos de eso porque me pone de mal humor”.




