El fenómeno de El Niño 2026-2027 podría alcanzar una intensidad extraordinaria en Perú, con efectos previstos sobre la infraestructura vial, la producción de alimentos, el abastecimiento de agua y el gasto de los hogares. Las proyecciones disponibles le asignan un 62% de probabilidad de ubicarse en esa categoría, asociada a un calentamiento anómalo del mar que supera los parámetros habituales.
La temperatura superficial del océano se encuentra, en promedio, 4,5 °C por encima de los valores normales, según los indicadores considerados para el seguimiento del evento. El umbral para clasificar a El Niño como extraordinario se sitúa en al menos 3,5 °C de aumento, por lo que el comportamiento actual del mar ya excede ese nivel.
La situación resulta más marcada en el norte del país. En Piura, el calentamiento del mar llegó a 8 °C por encima de los registros habituales, una diferencia superior a la observada durante El Niño de 2017. En Lima también se advierten jornadas de altas temperaturas y variaciones abruptas de las condiciones climáticas, en un escenario que anticipa riesgos para los meses siguientes.

Más de 80 puentes siguen en situación crítica ante las lluvias
La red vial figura entre los puntos de mayor exposición frente a un posible aumento de las precipitaciones. Antes de la llegada del fenómeno climático, más de 90 puentes fueron identificados como estructuras que necesitaban mantenimiento, intervención o reconstrucción. Parte de esas obras corresponde a instalaciones temporales que se colocaron tras anteriores emergencias.

Hasta el momento, solo seis de esas estructuras recibieron trabajos de intervención. Más de 80 puentes permanecen en condición crítica, con distintos niveles de deterioro o vulnerabilidad. Esa brecha en las tareas de prevención incrementa la posibilidad de cortes de rutas, aislamiento de localidades y dificultades para el traslado de personas, productos y ayuda de emergencia.

Los puentes de emergencia representan un caso sensible. Fueron instalados para restablecer la circulación después de daños causados por lluvias e inundaciones, pero algunos podrían continuar en uso sin las condiciones estructurales requeridas para enfrentar otro episodio de gran magnitud. Si las precipitaciones afectan ríos y quebradas, estas construcciones podrían quedar expuestas a socavamiento, desbordes o colapsos.

El impacto de una interrupción vial trasciende el transporte. Las rutas conectan las zonas agrícolas y pesqueras con los mercados urbanos, los centros de distribución y los puertos. Una red afectada puede retrasar la llegada de alimentos, encarecer los fletes y limitar el acceso a servicios de salud, educación y asistencia estatal para las comunidades situadas en las áreas más vulnerables.
La disponibilidad de agua potable también genera preocupación. Durante el último fenómeno de El Niño, varios distritos de Lima atravesaron interrupciones del suministro domiciliario que se extendieron durante días. Las reservas actuales de los embalses presentan menores niveles debido a la reducción de las lluvias en la sierra, una condición que puede restringir la capacidad de respuesta si las lluvias intensas dañan redes, plantas de tratamiento o sistemas de captación.

Las frutas, el pollo y el pescado podrían trasladar el impacto al consumo
El aumento de las temperaturas amenaza los ciclos de producción agrícola. Cultivos destinados al mercado interno y a la exportación dependen de condiciones específicas para florecer y desarrollar frutos. La producción de mango, uva y arándano podría disminuir hasta 30%, de acuerdo con las estimaciones citadas para el período 2026-2027.
El limón enfrenta una doble presión. Por un lado, las altas temperaturas pueden alterar su proceso de floración y reducir la oferta. Por otro, las inundaciones en zonas productoras pueden dañar cultivos, caminos rurales e infraestructura de riego. Un descenso de la producción tendría efectos directos sobre el precio de un alimento de consumo cotidiano y de uso extendido en la gastronomía peruana.

La actividad pecuaria tampoco queda al margen. Las aves suelen perder peso cuando las temperaturas se elevan por períodos prolongados, lo que afecta la eficiencia de las granjas y eleva sus costos. El fenómeno ya despierta alertas en torno al precio del pollo, una de las proteínas más consumidas por las familias peruanas, y puede repercutir además en el valor del huevo y de otras carnes.
El calentamiento del mar altera la distribución de especies marinas y puede disminuir la disponibilidad de peces que forman parte de la alimentación habitual en Perú. Algunos precios ya registran alzas de hasta el doble en determinados productos. Si las lluvias dañan carreteras o interrumpen el tránsito entre puertos, mercados y ciudades del interior, la oferta podría reducirse aún más en los principales centros de consumo.

La presión sobre los precios combinaría los efectos climáticos con factores externos. Las proyecciones plantean que la inflación de los alimentos podría aumentar 0,7 puntos porcentuales. A esa variación se suma el encarecimiento del petróleo vinculado con un conflicto geopolítico, que repercute sobre el costo del transporte, los fertilizantes, la maquinaria y la logística de distribución.
La inseguridad alimentaria agrava el riesgo para los hogares de menores ingresos
El incremento de los alimentos tendría consecuencias desiguales. Uno de cada tres peruanos enfrenta inseguridad alimentaria, una condición que implica no tener garantizado el acceso regular a alimentos suficientes y de calidad. En los hogares con menores ingresos, cualquier aumento de precios puede obligar a reducir porciones, reemplazar proteínas por productos más baratos o limitar el número de comidas diarias.
El riesgo alcanza a personas que ya atraviesan restricciones severas en su dieta. Algunas familias consumen una sola comida al día, por lo que un encarecimiento del pollo, el huevo, el pescado, las frutas o el limón puede profundizar una situación previa de precariedad. La menor disponibilidad de productos también puede restringir la diversidad alimentaria en zonas urbanas y rurales.

Los efectos no se limitarían a quienes compran alimentos. La agricultura, la pesca, el transporte y el comercio local sostienen miles de empleos que dependen de la continuidad de la producción y de las vías de acceso. Si disminuyen las cosechas, se reducen las capturas o se interrumpe la circulación por daños en puentes y carreteras, los ingresos de trabajadores y pequeños productores también quedarían bajo presión.
La evolución de El Niño 2026-2027 determinará la magnitud de esos impactos, pero los datos actuales colocan a la infraestructura, las reservas de agua y la cadena alimentaria en el centro de la atención. La preparación de puentes, sistemas de abastecimiento, zonas productivas y rutas de distribución será determinante para reducir las consecuencias sobre la población peruana.



