Se nota con solo hablar unos segundos que Marta Celina Sánchez Fuentes es todo un personaje. Pero sobre todo buena gente. Amorosa, cálida, auténtica y justiciera. Martita, así la conocen, tiene 74 años y una figura única. Y eso, sumado a su simpatía, su carisma y las prendas de alta gama que luce en cada presentación, la llevaron a tener miles de seguidores en Instagram. Ella, sin embargo, insiste en que no hizo nada para conseguirlo. “El público me transformó en influencer”, explica.

Su receta parece sencilla: se pone la ropa que diseña su hermano, prende el teléfono, empieza a hablar y deja que todo fluya. A veces cuenta algo de su vida, otras hace una entrevista, otras simplemente improvisa y casi siempre termina con una copa de champagne en la mano. “Trato de hacer lo mejor, divertido. Y termino con un brindis. Si tengo algo para contar, lo cuento. Y los modelos que muestro son espectaculares”, dice. Después remata con una frase que quizás explique buena parte de su éxito: “Improviso todo”.

Pero detrás de esa mujer que hoy aparece sonriente en las redes hay una historia bastante más larga que la de una influencer que encontró un nicho en Instagram. Marta nació en La Plata el 19 de enero de 1952 y pasó allí buena parte de su infancia y adolescencia. Sus padres se separaron cuando era joven y luego volvió a Buenos Aires junto a su madre, una ciudad que, según cuenta, siempre le encantó. Creció además en una familia muy unida, de esas que se juntan, se acompañan y permanecen cerca con el paso de los años. Habla especialmente de su abuelo, a quien recuerda con una admiración enorme: fue abogado y escribano, participó en la creación del Colegio para Pobres y Ausentes del Colegio de Abogados y tuvo una trayectoria que dejó distintas huellas, incluso placas y un busto que Marta conserva como uno de sus tesoros familiares. “Mi abuelo era un genio”, dice, y en su manera de contarlo aparece una mezcla de orgullo y ternura.

Ella también fue desde muy joven una mujer inquieta, de esas que no se quedan demasiado tiempo quietas en un mismo lugar. Cuando tenía 17 o 18 años apareció casi por casualidad en el mundo del teatro. Su hermano formaba parte de “Universexus”, una comedia musical vinculada a Pepito Cibrián, y Marta iba a verla una y otra vez. Se sabía las canciones, conocía las coreografías y seguía cada movimiento desde la platea. Hasta que un día faltaron dos integrantes del elenco. “Pepito nos dijo: ‘¿Se atreven?’”, recuerda. Ella no necesitó pensarlo demasiado. “Me sabía la canción, me sabía los pasos, me sabía todo de memoria”. Así terminó arriba del escenario, cantando y bailando en una experiencia que todavía recuerda como una de las más lindas de su juventud.

Según Marta, ella se viste, maquilla y prende la cámara para grabarse de forma genuina sin uso de un guión. (Foto: Instagram / @martasanchezfuentes)
Según Marta, ella se viste, maquilla y prende la cámara para grabarse de forma genuina sin uso de un guión. (Foto: Instagram / @martasanchezfuentes)

La obra se representaba en el Teatro Sarmiento y tenía mucho de humor y crítica sobre aquella sociedad, pero para Marta lo más importante fue el grupo humano que se había formado. “Estábamos en un grupo de teatro rodeados de buena energía, todo era perfecto y cuando terminó fue de terror, llorábamos”, cuenta.

Después siguió trabajando y probando distintos caminos. Fue secretaria de presidencia del Banco Provincia, trabajó como recepcionista y también se vinculó con el mundo de la publicidad. En 1971 hizo una campaña para Ginebra Bols que terminó convirtiéndose en una de las experiencias más importantes de aquella etapa. La publicidad apareció durante años en carteles, televisión, cine y otros espacios y tuvo una enorme presencia para aquella época. “Fue una campaña muy importante”, recuerda.

También trabajó como modelo, aunque aclara que nunca fue una apasionada de los desfiles: le gustaba mucho más hacer publicidad. Y, finalmente, llegó la moda de una manera todavía más profunda porque comenzó a trabajar junto a su hermano en la fabricación de ropa.

Siempre de la mano de la alta costura

Durante años estuvieron vinculados a una casa de alta costura que vendía sus diseños en algunos de los locales más importantes de Buenos Aires. Primero estuvo Chiara Ponti, en Arenales, y después FF, en Rodríguez Peña. Marta se acostumbró entonces a convivir con vestidos, telas, diseños y prendas especiales. Se vestía con la ropa de su hermano, acompañaba su trabajo y siguió ligada a ese universo incluso cuando su vida tomó otros rumbos. También tuvo una inmobiliaria con una amiga, se casó, tuvo a su hija y en un momento decidió dejar de trabajar tanto porque su marido prefería que se dedicara a la familia. Lo hizo, aunque después volvió al mundo inmobiliario y también retomó el trabajo junto a su hermano. Sin saberlo, aquella relación con la alta costura que había comenzado décadas atrás terminaría siendo fundamental para su nueva vida.

Marta, mucho antes de las redes, estuvo en el teatro. (Foto: Instagram / @martasanchezfuentes)
Marta, mucho antes de las redes, estuvo en el teatro. (Foto: Instagram / @martasanchezfuentes)

Antes de llegar a Instagram, sin embargo, Marta atravesó años muy difíciles. En 2011 fue operada por un cáncer y recién en 2016 recibió el alta. Después comenzaron nuevos problemas de salud: tos, secreciones, sangre, un cansancio que no le permitía llevar una vida normal. Durante casi dos años le hicieron estudios y los resultados no daban una respuesta. Finalmente descubrieron que tenía un hongo muy resistente. “Me llevaron casi sin pulsaciones”, recuerda. Estuvo internada cerca de un mes, con oxígeno y tratamientos intensivos, y después debió tomar antibióticos durante aproximadamente un año. Quedó con los pulmones muy delicados y secuelas que todavía persisten. La recuperación fue larga, casi dos años.

Pero el golpe más duro todavía estaba por llegar. Su segundo marido enfermó gravemente y durante un tiempo tuvo internación domiciliaria. Marta estaba pendiente de los médicos y los enfermeros, acompañándolo durante todo el proceso, hasta que finalmente debieron internarlo. Después de dos años de enfermedad, murió. “Fue el peor momento de mi vida”, resume. Marta quedó devastada. No quería volver a su casa porque allí estaba todo lo que le recordaba a él. Le daba miedo entrar. Sentía que necesitaba hacer algo, cualquier cosa, para salir de ese lugar oscuro en el que había quedado. Y fue justamente en ese momento cuando apareció Instagram.

Una tarde, en la casa de su consuegra Mimí Roviralta, junto a Baltazar, la pareja de su hija, Marta contó que necesitaba encontrar una actividad que la ayudara a distraerse, algo que pudiera hacer por su hija, por su hermano y también por ella misma. Ellos la alentaron a probar con los videos. Al principio los reels no tenían ninguna intención comercial ni buscaban conseguir seguidores. Eran simplemente videos que Marta hacía para sus amigos.

Se vestía, hablaba, hacía alguna ocurrencia y se divertía. “Me sacaba de la cabeza todo lo que tenía y me ponía en una cosa mejor”, cuenta. Y entonces sucedió algo que ninguno de ellos había imaginado: los amigos empezaron a decirle que los videos eran graciosos, la gente comenzó a compartirlos y poco a poco los seguidores se multiplicaron.

Marta, a la derecha, junto a su segundo marido ya fallecido, José Pérez Carmona. (Foto: Instagram / @martasanchezfuentes)
Marta, a la derecha, junto a su segundo marido ya fallecido, José Pérez Carmona. (Foto: Instagram / @martasanchezfuentes)

Marta encontró allí una especie de refugio, pero también algo que parecía haber estado dentro de ella toda la vida: una enorme capacidad para entretener. No escribe guiones, no arma un personaje, no estudia qué decir.

“No se me ocurre pensar qué voy a decir. Todo es así, como viene. No hay nada pensado, es todo natural, auténtico”. Incluso cuando muestra la ropa de su hermano, asegura que no prepara demasiado lo que va a hacer. Se prueba los modelos, habla, cuenta alguna historia, se ríe y deja que la cámara siga grabando. A veces entrevista a su hermano, otras a una amiga numeróloga y otras simplemente charla durante la noche con una copa de champagne sobre la mesa. El público respondió. Y cuanto más auténtica se mostraba, más la seguían.

Una mujer auténtica que no mira al costado frente al dolor ajeno

Marta, a la izquierda, con su hija Celina. (Foto: Instagram / @martasanchezfuentes)
Marta, a la izquierda, con su hija Celina. (Foto: Instagram / @martasanchezfuentes)

“Soy como soy”, insiste. No busca esconder su edad, no pretende parecer más joven y tampoco quiere encajar en el molde de lo que supuestamente debería hacer una mujer de 74 años en las redes. Al contrario: disfruta de mostrarse, de usar la ropa de alta costura que siempre formó parte de su vida, de hablar con sus seguidores y de hacerlos reír. Su personaje, si es que existe alguno, parece ser justamente ella misma.

A los 74 años, Marta Celina Sánchez Fuentes descubrió que podía convertir una pantalla en una herramienta para salir adelante, entretener, mostrar el trabajo de su hermano y, cuando hace falta, defender a alguien que considera víctima de una injusticia. La mujer que alguna vez fue actriz casi por casualidad, modelo, publicista, fabricante de ropa, secretaria, empresaria, esposa y madre encontró una nueva actividad cuando menos la esperaba. Llegó después del dolor, cuando estaba deprimida y no quería ni siquiera entrar a su propia casa.

Hoy se pone un vestido, prende la cámara, empieza a hablar y deja que todo ocurra. No sabe exactamente qué va a decir. Pero casi siempre termina igual: con una sonrisa, alguna ocurrencia y un brindis.