Cuando Sarah Le Brocq comenzó a usar medicamentos para bajar de peso hace más de dos años, cambió su vida. “De repente, dejé de pensar en la comida. Tengo más energía, hago cosas que antes no podía... me ha dado una nueva libertad en la vida”, asegura la paciente británica. Perdió casi 51 kilos. Su historia es la que corre por redes y consultorios privados de todo el país. Pero hay una cara B que los estudios científicos revelan con preocupación.
Las drogas como semaglutida (Ozempic) y tirzepatida (Mounjaro) funcionan imitando hormonas que le indican al cuerpo cuándo está satisfecho. Logran pérdidas de peso de entre el 14% y el 20% en 72 semanas. Suena prometedor. El problema: una vez que dejás de tomarlas, tu cuerpo se comporta como una máquina vengativa.

“Son lo más parecido a un medicamento milagroso que he visto”, admite David Cummings, profesor de medicina de la Universidad de Washington (Estados Unidos). Pero Cummings también es claro: la mayoría de sus pacientes que abandonan el tratamiento recupera el peso perdido, y mucho más rápido de lo que lo bajaron.
Lo que pasó después: el rebote inesperado
Acá está lo que deberías saber antes de firmar cualquier contrato con una indicación médica:
- El peso vuelve hasta 4 veces más rápido que si hubieras hecho dieta convencional
- Recuperás alrededor del 60% del peso perdido en un año después de dejar la medicación
- Los problemas de salud regresan junto con los kilos: hipertensión, problemas metabólicos y todo lo que traía aparejado la obesidad
“Si estas defensas biológicas son lo suficientemente fuertes, pueden reducir la eficacia del medicamento”, explica el especialista de Washington. Lo que ocurre es que tu cerebro interpreta la reducción de calorías como una emergencia: cuando suspendés la droga, aumentan las hormonas que estimulan el apetito y cae tu metabolismo.
Naveed Sattar, profesor de medicina cardiometabólica en la Universidad de Glasgow (Reino Unido) y director del programa de Objetivos de Salud para la Obesidad del Gobierno británico, describe esto como recuperación de peso debido al “ruido alimentario”: esos pensamientos intrusivos y persistentes sobre la comida que no desaparecen solos.
Los efectos secundarios que la publicidad omite
Nadie se toma el trabajo de mencionar en los anuncios de Instagram que estos medicamentos pueden causar nauseas, vómitos, diarrea, hinchazón abdominal, reflujo ácido, dolores de cabeza y una fatiga que te deja como un trapo. Y eso es solo el principio.
También se reportan aumentos en pancreatitis y cálculos biliares. Hay pérdida de masa muscular, especialmente si no hacés ejercicio. Un estudio reciente halló vínculos incluso con afecciones óseas y articulares.

Pero hay algo más grave: Marie Spreckley, científica especializada en nutrición y comportamiento de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), advierte que “la falta de apoyo conductual y de estilo de vida para quienes toman medicamentos para bajar de peso puede hacerlos vulnerables a deficiencias nutricionales”.
“Debemos asegurarnos de que las personas reciban suficiente proteína y todas las vitaminas y minerales que necesitan. No queremos sustituir un problema de salud por otro”, dice Spreckley. Pero la mayoría de las clínicas privadas que prescriben estas drogas no ofrecen ese seguimiento riguroso.
La medicina no es solución, es herramienta
Esto es lo que los expertos repetimos hasta el cansancio: la Organización Mundial de la Salud fue tajante al declarar que la medicación por sí sola no “revertirá el problema de la obesidad”.
Se necesita cambio de estilo de vida, apoyo nutricional integral y, lo más importante, entender que la obesidad es una enfermedad crónica que no se “cura” con inyecciones.
Amanda Daley, profesora de medicina conductual en la Universidad de Loughborough (Reino Unido), lo resume en una frase: los medicamentos son solo una herramienta. “Más importante aún es facilitar que las personas realicen cambios más saludables que perduren más allá de la medicación”.
Algunos estudios recientes de Stanford encontraron que pequeños incentivos—lo que llaman “micropasos”—funcionan: reemplazar bebidas azucaradas por agua, respirar profundamente cuando estés estresado, salir cinco minutos a la calle. Nada revolucionario. Pero es lo que construye un cambio real.
Lo que queda claro es que si planeás usar estos medicamentos, hacerlo sin estar dispuesto a cambiar tu relación con la comida y el movimiento es como pagar por un gimnasio que nunca pisás.




