28 de octubre de 1995, una camioneta blanca transita una desolada ruta mexicana. Dentro van dos hombres, dos argentinos, y una mujer, nicaragüense. No tienen apuro. Se dirigen, sin que nadie sepa, a Chiapas, al campamento del Comandante Marcos. Apenas pasando el pueblo de Tepotzotlán, varios vehículos del ejército y de la policía mexicana salen de la nada y se cruzan en su camino. Les piden que bajen y se identifiquen. Los hombres se muestran renuentes. Los sacan de la camioneta y con los brazos retenidos en la espalda, los empujan contra el capot blanco. La mujer queda parada a un costado, mientras la vigilan. Les preguntan sus nombres. El que manejaba dice: “Jorge Denti, soy argentino”. El otro permanece callado. Recién responde la tercera vez que le exigen que se identifique: “Juan Rodríguez, uruguayo”.

Uno de los integrantes del escuadrón mira una foto, gira a la fuerza la cabeza del hombre pelado, para verle la cara completa y, con la victoria en la voz, anuncia: “Es él”.

Finalmente, Enrique Gorriarán Merlo, líder del ERP y responsable del ataque a La Tablada, era detenido después de permanecer décadas como clandestino. A las pocas horas reconoció su verdadera identidad.

Al día siguiente, estaba en vuelo hacia Argentina. El gobierno mexicano se ahorró los problemas (y las demoras) de la extradición gracias a que llevaba consigo un pasaporte uruguayo falso y con él había ingresado a México. Lo deportó, la expulsión del país fue inmediata. Gorriarán Merlo, que hasta ese momento había parecido inasible, enfrentaría por fin a la justicia argentina por el trágico levantamiento de La Tablada de enero de 1989.

Participó del levantamiento en La Tablada en 1989. (Foto: AP)
Participó del levantamiento en La Tablada en 1989. (Foto: AP)

Veinte años atrás, el 22 de septiembre de 2006, moría uno de los personajes más oscuros de la historia contemporánea argentina: Enrique Gorriarán Merlo. Murió en una cama del hospital Argerich a los 64 años, por un aneurisma en la aorta abdominal.

Antes había liderado uno de los grupos armados más virulentos de los setenta. Había secuestrado y matado. Se fugó de la cárcel. Intentó tomas de cuarteles en diferentes décadas, todas con un final sangriento. También fue sicario a sueldo de gobiernos extranjeros y asesinó en Paraguay al exdictador nicaragüense Tachito Somoza. Erp, fuga de Trelew, Cuartel de Azul, Cuba, muerte de Santucho, exilio, Cuba, Sandinismo, Somoza, MTP, la Tablada.

Gorriarán Merlo pasó más de la mitad de su vida preso o en la clandestinidad.

Algo que sorprende: sus compañeros de militancia, de aventuras, de combate, murieron de manera violenta en eventos de los que él siempre salió indemne. Él fue el único que siempre logró sobrevivir.

Enrique Gorriarán Merlo en la cárcel de Villa Devoto. (Foto: AP)
Enrique Gorriarán Merlo en la cárcel de Villa Devoto. (Foto: AP)

En 1972 protagonizó una fuga de gran espectacularidad de la cárcel de Trelew. Él estuvo, junto a Santucho -líder del ERP, la organización armada que integraban-, dentro de los seis que lograron tomar un avión y escapar a Chile. Otros 19 quedaron en el aeropuerto; pocos días después los fusilarían en medio de la noche y 16 serían asesinados. Con el regreso democrático, el ERP volvió a la clandestinidad y continuó operando. Decían que no era contra el gobierno ni la democracia pero que seguirían atacando a los militares. Los atentados y secuestros no se detuvieron. En enero de 1974 encabezó el intento de copamiento de la guarnición militar de Azul. Los atacantes querían armas y municiones. Fue asesinado el jefe de la guarnición y su esposa y también un soldado. Hubo varios heridos de gravedad y el coronel Ibarzábal fue secuestrado. Gorriarán y el ERP lo tuvieron cautivo durante meses hasta que lo mataron con un disparo a quemarropas cuando sólo pesaba 35 kilos. En ese ataque murieron 3 guerrilleros del ERP y otros 12 fueron detenidos. Gorriarán siguió sano y libre. En esos años sus apodos, sus nombres de combate, eran El Pelado, Comandante Ramón o Ricardo. Luego fue degradado por la organización y enviado a hacer trabajo de campo a diversas provincias debido a su accionar como encargado de ese ataque. Eso lo salvó de estar presente en Monte Chingolo. En julio del 76, ya con la Dictadura en el poder, tras un enfrentamiento, cayó Roberto Mario Santucho, líder del Erp; su esposa también fue desaparecida durante esa jornada. En el hecho también murieron otros guerrilleros. El día anterior, Gorriarán Merlo había estado reunido con Santucho. Se salvó por horas. Santucho había sido encontrado después de años de búsqueda. El hecho tuvo otra consecuencia inmediata en el ERP: Gorriarán Merlo quedó como el líder de la parte militar ante la acefalía, mientras que Luis Mattini era el de la parte política. Hasta el día de hoy se habla de que hubo un entregador que denunció la guarida- hasta ese momento inhallable- de Santucho.

Después llegó el exilio y el tiempo en Nicaragua integrando el gobierno Sandinista. Y una misión de la cual Gorriarán asumió, una vez más, el liderazgo.

La llamaron Misión Reptil. Siete hombres argentinos y una nicaragüense -la misma que años después fue detenida en México y convertida en pareja de Gorriarán- se trasladaron a Asunción para asesinar al exdictador nicaragüense Tachito Somoza. Utilizarían sus conocimientos previos -más todo lo aprendido en Cuba y Nicaragua en los últimos años sobre técnicas de combate- para cercar y liquidar a su objetivo. Mucho después, Gorriarán dijo que había sido una misión nacida exclusivamente de su voluntad e ideada por ese grupo de argentinos, que sólo le comunicaron a las altas esferas de Nicaragua -Daniel Ortega y algún jerarca más- lo que iban a hacer. Cuesta creer que así haya sido. Con el tiempo se habló de zona liberada y hasta de la ayuda de la CIA. Lo cierto es que tenían armamento que habían logrado ingresar a Paraguay, dinero para la logística y facilidades para moverse hasta ultimar a Somoza.

Alquilaron un kiosco en la esquina de la mansión del exdictador desde dónde vigilaron sus movimientos y pudieron descifrar su rutina. También alquilaron una mansión que estaba justo enfrente. Lo hicieron con un ardid ingenioso. Le dijeron a la dueña que buscaban la propiedad para Julio Iglesias que en pocas semanas llegaría a Asunción para filmar una película. Pero que el cantante necesitaba tranquilidad y pasar desapercibido por lo que le pedían la mayor discreción posible. Pagaron varios meses por adelantado y por un valor superior al del mercado (una vez ocurrido el homicidio la justicia paraguaya apuntó contra el propietario y le costó creer esta historia).

Anastasio Somoza, ex presidente de Nicaragua. (Foto: AP)
Anastasio Somoza, ex presidente de Nicaragua. (Foto: AP)

El día indicado Daniel El Gordo López -un militante histórico del ERP que terminaría muerto en La Tablada- cruzó un auto delante del vehículo de Somoza. Hugo Irurzún, el Comandante Santiago, intentó lanzar un RPG-7, un explosivo con una especie de bazooka, pero el proyectil no salió. Gorriarán con un M-16 se paró frente al auto blanco de Somoza y disparó. Y disparó. Y disparó. 30 tiros que mataron al chofer, a un acompañante y al dictador (luego Gorriarán siempre se referiría al hecho con el eufemismo “ajusticiamiento” pero se trató de asesinato). Irurzún en un segundo intento logró su disparo y destruyó el auto. Voló el techo, varias de las puertas laterales, el paisaje interior quedó devastado y sin ningún rastro de vida. Los custodios de la casa y de un auto de escolta abrieron fuego contra los atacantes. Según Gorriarán estaban a cinco metros de distancia pero él no fue alcanzado por ninguna bala. Quien cayó fue Irurzún, el Comandante Santiago (Gorriarán dijo que era el mejor combatiente del ERP) no fue visto nunca más. No se sabe si murió en el intento de fuga o si fue apresado y luego desaparecido. Una vez más un compañero que participó de la misma acción es abatido y Gorriarán sobrevivió. Una protección superior (entendiendo superior por algún ente no celestial). El periodista Rogelio García Lupo escribió que fue sorprendente la facilidad con la que logró escapar el grupo y se permitió dudar de la verdadera filiación política de los atacantes, dando a entender que hasta podían tener vinculaciones con el dictador paraguayo Adolfo Stroessner.

Con el regreso de la democracia a la Argentina fue uno de los incluidos en el Decreto 157 que firmó el presidente Alfonsín apenas asumió y que ordenaba el juzgamiento de los líderes de las organizaciones armadas (el 158 hacía lo mismo con los comandantes de las tres juntas militares). Pero Gorriarán continuaba en la clandestinidad. En el medio se le adjudicó financiar la editorial Puntosur (dónde editó un libro de conversaciones) y Página 12 en sus primeros años.

Su siguiente aparición fue atroz. La alucinada y sangrienta aventura de La Tablada. Inexplicable acción militar del MTP diseñada y encabezada por Gorriarán. Un aquelarre del horror que terminó con muchas muertes. 33 guerrilleros muertos y 4 desaparecidos; 9 miembros del Ejército y 2 de la Policía Federal; además de muchísimos heridos. Gorriarán, una vez más, salió sin un rasguño. Siguió las acciones desde uan terraza cercana al cuartel, nunca ingresó a él, y cuando la situación se desmadró y la derrota -una vez más- era evidente se escapó, dejando solos a sus compañeros, a los que él había enviado directamente a la muerte.

Otra vez se esfumó. Hasta que en 1995 dio una larga entrevista a Telefé (que luego se emitió entera en Red de Noticias, el canal de noticias que tenía Telefé en ese entonces: 7 horas de conversación) en el que hacía un repaso por su historia y narraba con gran nivel de detalle (y de imaginación si uno acude a otras fuentes) los hechos violentos que signaron su carrera. Por ejemplo, con extrema frialdad, describía cómo había descargado los 30 disparos que tenía disponibles sobre Tachito Somoza.

Enrique Gorriarán Merlo en una conferencia de prensa. (Foto: DYN)
Enrique Gorriarán Merlo en una conferencia de prensa. (Foto: DYN)

Esa entrevista marcó un punto de quiebre. El presidente Menem exigió que se lo capturara, que dejara de pasear por ahí su impunidad, obligó a las autoridades a buscarlo en serio. Unos meses después, los servicios lo detectaron en México gracias a visitas que realizaba a una de sus hijas. Se dice que hubo un acuerdo entre Menem y Zedillo, presidentes de Argentina y México en ese entonces, para el apresamiento y el envío inmediato a nuestro país. Así sucedió cuando dieron con él en esa ruta desolada camino a Chiapas. Otros dicen que fue un acuerdo del exlíder del ERP con el gobierno menemista para conseguir ser indultado.

Gorriarán fue juzgado y condenado a prisión perpetua por su participación en los hechos de la Tablada; también fue condenada su ex esposa, Ana María Sívori; para ella la sanción fue menor: 18 años de prisión. Sívori luego denunciaría que Gorriarán la maltrataba física, psicológica y políticamente (con lo que esta última categoría fuera a significar).

A esa altura la pareja no seguía casada. Gorriarán tenía una relación formal y de larga data con la nicaragüense que estaba en la camioneta el día de su detención.

Enrique Gorriaran Merlo junto a su ex esposa, Ana María Sívori. (Foto: AFP)
Enrique Gorriaran Merlo junto a su ex esposa, Ana María Sívori. (Foto: AFP)

Gorriarán daba entrevistas en la cárcel y escribía sus memorias, que aparecieron a principios del Siglo XXI y en las que brinda -para sorpresa de nadie- versiones antojadizas de los hechos e historias repletas de baches e imprecisiones y falsedades evidentes. Tanto en el libro como en intervenciones públicas posteriores, mostró un poder de autocrítica nulo y dosis descomunales de cinismo. Hasta llegó a quejarse: “Siempre ven algo oscuro en lo que hago”.

En la cárcel inició varias huelgas de hambre para conseguir su libertad alegando que estaba injustamente detenido. Alguna vez dijo que el encierro y no tener que vivir en la clandestinidad le permitía ver a su madre, algo que no había podido hacer durante muchísimos años. La señora, Irma Beatriz Merlo, en ese tiempo dio una entrevista a la revista Gente en la que dijo: “Hubiera querido que mi hijo fuera trabajador y honesto como su padre”. Aunque aclaraba que lo seguía queriendo porque era su hijo.

En 2003, una semana antes de dejar el poder, Eduardo Duhalde indultó a Gorriarán Merlo, a Seineldín y a otros Carapintadas detenidos. Una vez más la excusa fue la “Pacificación Nacional”. No importó que un tiempo antes, cuando todavía seguía en las sombras y se hablaba del indulto al mismo tiempo para los condenados en el Juicio a las Juntas y para los líderes guerrilleros, Gorriarán hubiera declarado: “Prefiero vivir clandestino toda la vida, pero que esta gente quede en prisión. Yo creo, yo confío que el pueblo, al final de todo este proceso de lucha -que no sé si será este año, el año que viene o dentro de 10 años- va a lograr la verdadera justicia, la plena democracia. Y ese día reivindicará a quienes lucharon y cayeron por ellas. Mientras tanto, lo repito, no voy a aceptar ninguna amnistía, sea dictada por este gobierno o por otro gobierno que no reconozca verdaderamente el valor de quienes lucharon en favor de los intereses populares. Aceptar una amnistía en estas condiciones, junto a los comandantes presos, es poner a mis compañeros que cayeron en la lucha al mismo nivel que estos criminales. Sería traicionar la memoria de los compañeros que dieron su vida. Yo no voy a aceptar eso”.

Enrique Gorriarán Merlo durante una manifestación en 1997. (Foto: Reuters)
Enrique Gorriarán Merlo durante una manifestación en 1997. (Foto: Reuters)

Luis Mattini, el secretario general del PRT-ERP, luego de la muerte de Santucho dijo: “Gorriarán fue el responsable de las muertes de los combatientes en La Tablada. Fue un error enorme que si lo aceptara debiera llevarlo al suicidio”.

Gorriarán tuvo una intervención pública más, aunque algo solapada, que no se dio a publicidad en su momento. Cuando Fidel Castro visitó Argentina en 2006, los cubanos coordinaron parte del plan de seguridad con el exintegrante del ERP que moriría un par de meses después.

Acaso la mejor entrevista que le hicieron luego del indulto, la que lo muestra de manera cabal y desnudó su naturaleza fue una sorpresiva, que hoy se puede ver fácilmente por You Tube. Un joven Sebastián Wainraich, como notero, lo encuentra en la puerta de un cine muy pocos días después de quedar en libertad. Gorriarán intenta responder con una sonrisa y distendido mientras el cronista con ironía, fina y veloz, lanza una serie de verdades incómodas que desarman el discurso alambicado y falaz del recién indultado. “¿Va a salir a festejar con Seineldín?” “¿Tiene pensado algún que otro ataque para estos días?” y otras preguntas filosas que incomodaron a Gorriarán antes de que entrara a ver una película.

Su oficio fue el de la muerte. Uno podría calificarlo como un líder mesiánico. Pero la definición encuentra su límite, se choca con el obstáculo del pragmatismo que siempre demostró para conseguir salir con vida y sin ser apresado de cada una de sus intervenciones violentas mientras a su alrededor -y en las mismas acciones- sus compañeros caían inevitablemente.