El arquitecto Jordi Martí muestra el trabajo de dos arquitectas para reducir el consumo de agua en una urbanización. (@jordimartix/Instagram)

El mundo enfrenta una emergencia climática que está dejando ya profundas consecuencias en el presente. Ya condiciona la vida cotidiana, el territorio y la disponibilidad de recursos básicos; sus efectos son cada vez más visibles y obligan a replantear la manera en la que habitamos, construimos y gestionamos nuestro entorno.

Con el aumento de las temperaturas, que está situando los termómetros en valores excepcionalmente altos y marcando récords uno detrás de otro; los incendios forestales que calcinan el territorio, pero que también motivan la erosión, y un ciclo del agua completamente inestable —con largas sequías seguidas de lluvias torrenciales—, los suelos que pisamos o que cultivamos se enfrentan a la destrucción.

Es por este motivo por el que uno de los retos pendientes más importantes que deberá abordar el mundo en las próximas décadas es la gestión del agua. Además, nuestro país, que se encuentra en uno de los puntos calientes de esta emergencia, tendrá una tarea aún más complicada en este sentido, requiriendo medidas más contundentes y rápidas.

Un campo de maíz en Libourne, cerca de Burdeos, mientras se agravan las condiciones de sequía tras una ola de calor y la escasez de agua en gran parte de Francia. (REUTERS/Stephanie Lecocq)

“Quizá la próxima gran sequía ya ha empezado. El problema es que nunca sabes realmente cuándo empieza. Va pasando el tiempo y quizá vuelve a llover o quizá no. Simplemente, llega un día que te das cuenta que hace demasiado tiempo que no llueve”, reflexiona el arquitecto Jordi Martí (@jordimartix). “Por eso cada vez tiene más sentido que los edificios no solo consuman agua, sino que también sean capaces de tratarla, almacenarla y reutilizarla”.

Entre estos proyectos se encuentran en el las arquitectas técnicas Elisabet Hernández y Ana Martínez, con la constructora Fama Rehabilitaciones, que permitirá que los edificios puedan usar el agua dos veces, un paso adelante importante frente a una de las consecuencias más graves de la emergencia climática y de nuestro propio consumismo: la falta de agua en un mundo que cada vez demanda una mayor cantidad.

Una medida para reducir el consumo de agua

El proyecto de las arquitectas, según destaca Martí, cuenta con un depósito de oxidación que se encargará de convertir las aguas grises —aquellas de tipo residual que no contienen materia fecal, es decir, la de los lavabos, duchas o bañeras; son de los tipos de agua más habituales dentro del entorno doméstico— en agua que se puede utilizar para tareas como regar o limpiar.

“El agua va siguiendo un proceso para ganar calidad y se almacena en un aljibe que queda bastante cerca”, explica el arquitecto. En el caso del edificio en el que trabajan Hernández y Martínez, este aljibe ya existía y se ha reacondicionado para guardar allí el agua que se está recuperando del edificio.

Esta medida permitirá que los vecinos del edificio consuman mucha menos cantidad de este recurso. “Casi nadie verá estas mejoras, pero el consumo bajará drásticamente”, explica Martí. “Y es que no podemos controlar si cae más o menos agua del cielo, pero sí podemos decidir qué hacemos con ella después”.

La forma en la que se diseñan y rehabilitan los edificios puede desempeñar un papel importante en este proceso, especialmente en un contexto en el que reducir el consumo y reutilizar los recursos adquiere cada vez más importancia, como se pronostica que ocurrirá en las próximas décadas.