En el distrito de Nuwakot, en el centro de Nepal, una vivienda de color verde se convirtió en la imagen más difundida de la catástrofe que golpeó al país la semana pasada: mientras las inundaciones arrasaban casas, puentes y vehículos a su alrededor, la estructura de la familia Pyakurel permaneció en pie, sola en medio del barro. El video de sus dueños mirando desde el tercer piso cómo el torrente golpeaba las paredes se viralizó en pocas horas, según informó The New York Times.
La tragedia se desencadenó el 26 de agosto de 2026, cuando el desprendimiento de un glaciar en la región himalaya, en la frontera entre Nepal y el Tíbet, lanzó una masa de agua, hielo, rocas y lodo que recorrió 168 kilómetros río abajo por el Trishuli. La avalancha destruyó asentamientos enteros, cortó rutas, derribó 19 puentes y dejó sin comunicación a comunidades remotas a lo largo de su trayecto. El balance de víctimas no dejó de crecer desde entonces.
La familia quedó atrapada más de una hora mientras el agua seguía subiendo
Chhatra Bahadur Pyakurel, de 67 años, acababa de dejar a su nieto en la parada del autobús escolar cuando las aguas llegaron a su casa en Dhunge Bazaar. Su hijo Prakash Pandey Pyakurel, de 45 años, estaba en el local comercial de la planta baja cuando recibió la alerta y corrió de regreso. Al salir vio cómo el caudal volcaba su vehículo y volvió adentro.
La familia —seis personas en total, incluidos los padres de Prakash, su esposa y sus hijos— subió de piso en piso a medida que el agua avanzaba. Llegaron al cuarto piso y desde allí esperaron. “Cuando uno siente que ese puede ser el último momento de su vida, ¿qué puede pensar? Sentí que quizás nuestras vidas estaban por terminar”, dijo Prakash en declaraciones recogidas por The New York Times. Su esposa, Laxmi Pandey, describió la experiencia en términos similares: “Todavía no podemos creer que estemos vivos”.
Un dato alivió parte de la angustia: el hijo menor, de 7 años, había salido hacia la escuela 15 minutos antes de que llegaran las aguas. El colegio estaba en terreno elevado, y la familia se reunificó al día siguiente.
Los vecinos tendieron un caño entre edificios para evacuar a los atrapados
Tras aproximadamente una hora y media en lo alto de la casa, vecinos de un puesto de peaje cercano lograron llegar hasta ellos. Colocaron un caño metálico entre edificios y, con una soga, armaron una pasarela improvisada para guiarlos hasta terreno firme, según relató Prakash al diario estadounidense.
La estructura resistió por una combinación de factores. El propietario atribuyó la solidez del inmueble —de unos 40 años de antigüedad— a la calidad del cemento de la época y a la inversión en reforzar la cimentación por la proximidad al río: colocaron dos o tres capas de material vial bajo los cimientos y anclaron los pilares perforando hasta la roca. Otros observadores señalaron que un espolón natural desvió parte del caudal antes de que golpeara de lleno la fachada. La estructura de hormigón armado, con columnas y vigas unidas en un esqueleto rígido, le permitió absorber y redistribuir la presión lateral sin colapsar.
Con el paso de los días, la vivienda obtuvo su propia marca en Google Maps como atracción “a prueba de inundaciones”, y los curiosos comenzaron a trepar el cerro para fotografiarla.
El saldo en Nepal supera los 1.100 muertos y casi 4.000 desaparecidos
El panorama general es de devastación. El número de muertos en Nepal superó los 1.100 el miércoles, con casi 4.000 personas aún desaparecidas y centenas más sin paradero conocido en el Tíbet, según The New York Times. Las operaciones de rescate —dificultadas por las lluvias continuas y el barro blando que impide el aterrizaje de helicópteros— lograron sacar a más de 11.000 personas. Miles permanecen en refugios temporales.
Solo en Nuwakot, más de 1.200 viviendas quedaron destruidas y otras 1.000 sufrieron daños parciales. El gobierno nepalí estimó que las inundaciones causaron pérdidas por unos USD 5.000 millones, equivalentes a una décima parte del producto económico anual del país.
La casa verde quedó lejos de salir intacta. Los dos primeros pisos perdieron puertas, ventanas y todo su contenido. Los locales y el depósito de la planta baja fueron arrasados junto con dos vehículos y varias motocicletas. “Todo lo que estaba aquí fue destruido o sepultado en el barro. Vamos a tener que empezar de nuevo”, dijo Prakash, que se instaló de manera transitoria en Katmandú con su familia. Consultado sobre si pensaba volver a ese mismo lugar, respondió sin dudar: “Sí, vamos a intentarlo”.
