
Entre las elevaciones del cantón Quilanga, en el sur de Ecuador, una roca oscura conserva una serie de trazos que han sobrevivido durante un periodo imposible de precisar. Los habitantes del barrio Anganuma la conocen como “La Sirena”, un nombre transmitido localmente que ha contribuido a envolver el sitio en relatos y especulaciones. Sin embargo, la figura grabada sobre la piedra no se parece necesariamente a la criatura mitológica: las interpretaciones académicas disponibles apuntan hacia una serpiente o, de manera más tentativa, una representación del agua y del territorio.
El petroglifo se encuentra en las inmediaciones del cerro Colambo, cerca de la carretera que comunica Quilanga con Gonzanamá, en la provincia de Loja, al sur del país, colindante con Perú. Para llegar es necesario ascender por un sendero rodeado de bloques de distintas formas y dimensiones, en un sector promocionado localmente como un parque de piedras. Las fuentes turísticas sitúan el lugar aproximadamente a entre dos y tres kilómetros de Quilanga.
Anganuma contiene al menos dos rocas grabadas. La más conocida es la denominada Roca de la Sirena, mientras que la segunda presenta líneas curvas y círculos que no conforman una figura fácilmente reconocible. En el cercano barrio El Lumo también existe otro petroglifo, tallado sobre tonalita, en el que se distinguen representaciones de apariencia humana. Estos sitios forman parte del disperso patrimonio rupestre del sur ecuatoriano, todavía poco investigado en comparación con otros complejos arqueológicos de la región andina.

El estudio más amplio sobre Anganuma fue desarrollado por la Universidad Técnica Particular de Loja. Sus resultados aparecen en el libro Petroglifos de Loja: registro y aplicación en arte y diseño, publicado en 2014 por Diego González Ojeda, José Guartán Medina, Juan Gabriel Pogo y Carolina Molina. La obra sistematizó investigaciones efectuadas entre 2004 y 2011 y retomó un inventario arqueológico provincial elaborado en 1993.
Los investigadores documentaron cerca de medio centenar de rocas grabadas distribuidas, en ese momento, en 22 sitios de Loja. Para registrar los vestigios utilizaron coordenadas GPS, levantamientos topográficos, muestras geológicas, fotografías tomadas con diferentes condiciones de iluminación y calcos realizados sobre láminas transparentes. El arqueólogo francés Jean Guffroy, autor de estudios fundamentales sobre la ocupación prehispánica de Loja, revisó el componente arqueológico de la publicación.
El soporte de la Sirena ha sido descrito como un bloque de cuarzo-diorita. Por eso, aunque algunas referencias turísticas la presentan simplemente como una roca volcánica, la denominación no es completamente precisa. La cuarzo-diorita es una roca ígnea intrusiva o plutónica, mientras que otros bloques del sector corresponden a andesitas, que sí son de origen volcánico. El agua, el viento y otros procesos naturales han erosionado sus superficies durante siglos.

La figura principal ha sido interpretada como una serpiente, denominada también “culebra” o “conza”. Algunas versiones la relacionan específicamente con una culebra equis, pero esa asociación se basa en la semejanza visual y no en una conclusión arqueológica. Otra lectura sostiene que los surcos y las numerosas oquedades de la piedra podrían representar una microcuenca: las líneas serían cursos fluviales y los pequeños agujeros funcionarían como “cochas” o depósitos de agua.
Esta segunda hipótesis apareció como referencia en una investigación sobre prácticas de siembra y cosecha de agua en la región andina. Sin embargo, que la forma de la roca recuerde a una cuenca no demuestra que sus autores pretendieran elaborar un mapa hidráulico. En el estudio del arte rupestre, reconocer una forma desde la mirada contemporánea no equivale a descifrar el significado que tuvo para quienes realizaron el grabado.
Otras publicaciones han asegurado que en Anganuma pueden distinguirse un búho, un pez, un caracol o una cabeza de perro. Esas afirmaciones no cuentan con suficiente respaldo académico. También permanece sin explicación el origen del nombre “La Sirena”. La denominación forma parte de la memoria de los habitantes, pero no constituye una identificación científica de la figura.

Tampoco se sabe cuándo fue elaborado el petroglifo. Hasta ahora no se ha difundido una datación absoluta ni se han reportado materiales arqueológicos directamente asociados que permitan establecer su edad. Por la misma razón, no es posible atribuirlo de manera concluyente a los paltas, los calvas, los incas o algún otro grupo.
Las investigaciones regionales muestran que Loja estuvo habitada por distintas poblaciones antes de la conquista española. Los cronistas utilizaron el nombre genérico de paltas para referirse a varios grupos protojíbaros asentados en parte de la provincia, mientras los calvas ocupaban sectores meridionales. La expansión inca llegó a esta zona durante el siglo XV, pero ese contexto histórico no basta para asignarles la autoría de cada grabado.
La incertidumbre convierte a Anganuma en una fuente de preguntas, pero también favorece interpretaciones sensacionalistas. Calificarlo como un mensaje inca, un mapa prehistórico o una representación religiosa excede la evidencia disponible. Lo comprobado es que se trata de una manifestación de arte rupestre prehispánico cuyo contexto original se perdió o todavía no ha sido identificado.

Su conservación representa otro desafío. El proyecto de la UTPL advirtió que varias rocas grabadas de Loja han sufrido rayones, aplicación de tiza o pintura, exposición al fuego utilizado para limpiar terrenos agrícolas e incluso desplazamientos. No todas estas afectaciones fueron registradas específicamente en Anganuma, pero evidencian la vulnerabilidad de un patrimonio expuesto al clima y a intervenciones sin criterios técnicos.
El interés arqueológico por Quilanga volvió a crecer en 2026, cuando un proyecto de recuperación del tramo Las Aradas–Plaza del Inca del Qhapaq Ñan informó del hallazgo de otro petroglifo. El nuevo vestigio, diferente de la Sirena, presenta similitudes con grabados registrados en los pucarás de Pambamarca. La investigación recuperó más de cinco kilómetros del antiguo camino y reforzó el potencial de la zona para el turismo cultural.



