Javier Milei

De marcadas actitudes anglófilas a un nacionalismo rayano con el más vulgar chauvinismo, de las semblanzas “tatcherianas” a la recordación de los veteranos y combatientes, del implícito reconocimiento del principio de autodeterminación en relación con los kelpers al debate de soberanía, de las erráticas votaciones en la ONU respecto a cuestiones coloniales a la denuncia de vestigios imperialistas.

Frente a estos evidentes extremos que dan cuenta de un brusco viraje en la política exterior del gobierno de Milei respecto a la cuestión Malvinas, una pregunta central se impone: ¿qué pasó para que se operara un giro tan radical?

Tras casi 300 días de gobierno y de una política exterior con escaso basamento en el principio de soberanía, con una bandera mundialista que tras las semifinales con Inglaterra había revitalizado el debate en la sociedad argentina, el contexto internacional ofrecía un escenario propicio de la mano del siempre impredecible Donald Trump.

Más allá de si las declaraciones de Trump implican una acción táctica tendiente a presionar al Reino Unido por concesiones en el marco del debate de la OTAN y el conflicto iraní, o si se trata de una reconfiguración estratégica de la política exterior de los Estados Unidos, lo cierto es que la controversia sobre la posibilidad de que revise el respaldo de Estados Unidos a Gran Bretaña por las Malvinas, ofrecía una chance inmejorable, para que Milei endureciera la postura argentina con escasos riesgos de represalias y se mostrara al frente de una causa nacional.

La moneda estaba en el aire, y los estrategas libertarios comandados por Santiago Caputo no iban a desaprovechar la oportunidad. Seguramente son conscientes de que la evidencia histórica da cuenta de la fuerza de atracción que suelen tener las apelaciones nacionalistas o los conflictos internacionales, tanto para intentar revertir el desgaste de liderazgos como para desviar la atención de temas domésticos.

Benedict Anderson, en el clásico “Comunidades Imaginadas”, demostraba cómo el nacionalismo había sustituido a la religión como herramienta para dar respuesta a las preocupaciones del individuo y proveer seguridad y sentido de pertenencia. El nacionalismo –aun en sus versiones extremas– opera en el universo de las emociones antes que en el de la razón: no necesita validar sus afirmaciones a través del test de lo posible o lo real. Por ello la identidad que se genera es no solo más fuerte, sino también acrítica e incondicional.

Milei, en una desesperada búsqueda por la reelección, pretende inscribir su nombre en ese linaje. Se trata, según el presidente, de una “causa nacional” que debe galvanizar el apoyo de todos ante lo que calificó como “una amenaza externa para el presente y el futuro de los argentinos”. Y en un viraje notable, en una cadena nacional, apeló a un arsenal discursivo que incluyó tópicos habitualmente ajenos al menú libertario, como “soberanía”, “recursos naturales” o “política exterior”.

Además, este giro discursivo conecta con uno de los atributos de los que Milei ha hecho gala durante su ascendente camino al poder y su estrategia de construcción política: la confrontación y el conflicto. Y en un contexto donde la polarización con el kirchnerismo o la confrontación con otros adversarios otrora funcionales como la “casta” -hoy ya terreno propio- pierden fuerza entre muchos de los votantes “blandos” de 2023, la invocación a un “enemigo común” resulta a priori altamente funcional.

Más explícito imposible: Milei eligió quizás el único tema realmente transversal y capaz de borrar las preferencias electorales para intentar no solo recuperar la centralidad, iniciativa y control de la agenda, sino también para condicionar a los adversarios al convocarlos a apoyar una causa con un amplísimo respaldo popular.

En este sentido, hacia el final de su mensaje grabado, como evidencia palmaria de esta suerte de “pirueta” pragmática desplegó el temido “abrazo de oso” para la oposición. El razonamiento es obvio: si la causa Malvinas es la única verdaderamente transversal, movilizante y aglutinante, la oposición, a quien se convoca a sumarse en el marco de una “pausa” respecto a otros debates, no tendría muchas alternativas.

Lo cierto es que más allá de la astucia y el oportunismo de Milei, habrá que ver cuál será el impacto concreto del viraje presidencial. En primer lugar, si la magnitud del “nuevo” conflicto alcanza para opacar el creciente cuestionamiento vinculado a la economía real. En segundo lugar, si los anuncios concretos de Milei respecto a la cuestión de la soberanía pueden tener un efecto relativamente inmediato para alterar el statu quo y dar cuenta de la efectividad de la acción gubernamental. Y, en tercer lugar, determinar si la apelación a la “causa nacional” es capaz de trascender el plano discursivo no solo para avanzar con políticas concretas sino para “moderar” la vocación hegemonizante del propio Milei y dar voz y participación real a la oposición.

Así las cosas, si bien los anuncios de Milei no solo no implican tópicos renovados – las sanciones a empresas existen desde 2011 y la Base Naval Integrada en Ushuaia comenzó a construirse en 2022- tendientes a alterar el statu quo en el corto y mediano plazo, ni garantizan en absoluto la pérdida de centralidad -al menos por mucho tiempo- de los temas urgentes en la vida cotidiana de los argentinos, este “tránsito” de los márgenes al centro del sistema político por la vía del pragmatismo, no deja de ser una táctica tan astuta como reveladoramente desesperada.