
El territorio salvadoreño podría enfrentar una “pandemia silenciosa de suicidios”, según especialistas que advierten un posible subregistro de casos por el tabú que rodea a esta causa de muerte. Una investigación preliminar del Colegio de Profesionales de Psicología de El Salvador detectó que la preocupación económica aparece con mayor frecuencia entre hombres adultos que han expresado conductas vinculadas con el suicidio.
De forma paralela, la Asociación de Psiquiatras Salvadoreños por la Salud Mental (APSAM) señaló que los adultos mayores figuran entre los perfiles en los que se observan con frecuencia cuadros de depresión y tendencias suicidas. La organización vinculó esta situación con factores como el aislamiento, las pérdidas personales, las enfermedades y las dificultades económicas, que pueden agravar el malestar emocional en esta población.
En declaraciones a Infobae, el psicólogo forense Carlos Herrera, integrante del Colegio explicó que el estudio aún está en proceso y que se basa en una muestra aleatoria de 171 personas consultadas durante actividades de sensibilización desarrolladas en San Miguel, Santa Ana, San Salvador y La Paz. La investigación comenzó el 17 de mayo en Zacatecoluca y busca identificar los factores asociados a pensamientos o conductas suicidas.
El tema fue abordado este jueves durante un conversatorio en la Universidad de El Salvador (UES), realizado por el Día Mundial de la Prevención del Suicidio.

El 48% de los encuestados vinculó el malestar con problemas económicos
De acuerdo con el psicólogo, el 48% de las personas encuestadas relacionó su situación con factores económicos. El resultado ubicó esa preocupación por encima de otros elementos relevados por el instrumento.
Herrera señaló que la información recogida muestra una mayor presencia de estas conductas entre hombres, aunque aclaró que no existe una edad única. Los datos abarcan desde la adolescencia hasta la adultez, con una tendencia que, según indicó, requiere un análisis más amplio antes de establecer conclusiones definitivas.
“El factor económico está impactando mucho”, afirmó Herrera en declaraciones a Infobae. El especialista vinculó ese malestar con la presión cotidiana derivada de las dificultades para cubrir necesidades, la incertidumbre y las expectativas negativas sobre el futuro.
El estudio también registró que el 28% de los participantes mencionó asuntos académicos, como las calificaciones y la presión escolar. Los problemas de salud representaron el 12%; los conflictos familiares, el 11%; y el temor al futuro el 14%. Herrera agregó que algunos participantes señalaron aspectos familiares en una frecuencia menor.

El estrés y la ansiedad pueden preceder un cuadro depresivo
Para Herrera, la acumulación de preocupaciones económicas puede traducirse en estrés y ansiedad. Explicó que esas condiciones afectan de forma distinta a cada persona, pero si persisten, pueden derivar en manifestaciones depresivas y pensamientos suicidas.
“El estrés puede poner a la persona en atención para resolver una problemática, pero también puede cargarla y consumirla”, sostuvo. El psicólogo indicó que las señales de alerta pueden aparecer en cambios de conducta, aislamiento o expresiones de desesperanza.
Durante el conversatorio, Sifontes planteó que el país enfrenta dificultades para conocer la dimensión real de los suicidios. Atribuyó esa limitación al estigma que aún existe entre muchas familias. “La gente esconde sus muertos”, afirmó al referirse a casos que, según dijo, no quedan registrados oficialmente como suicidios.

El presidente de Fundación Vida por Vida aseguró que la última referencia disponible para la organización corresponde a 2019, antes de la pandemia de COVID-19, cuando se reportaron cerca de 700 muertes por suicidio en un año. Añadió que la fundación estima que existe un subregistro, aunque reconoció que no cuenta con un registro oficial actualizado para cuantificarlo.
Sifontes también señaló que han identificado situaciones de riesgo entre adolescentes, en particular por problemas de ansiedad, conflictos personales y la influencia de contenidos difundidos en redes sociales y grupos de mensajería.
Sifontes sostuvo que la falta de datos oficiales actualizados dificulta medir la magnitud del problema en El Salvador y atribuyó parte de ese vacío al estigma que enfrentan las familias. La fundación estima que la cifra real podría ser hasta 1.5 veces mayor por los casos que no se consignan como suicidios. “Hay un subregistro porque la gente tiene temor”, afirmó.




