La revancha del Cabernet Sauvignon: perdió superficie en Argentina, pero vuelve con vinos más frescos y elegantes
El Cabernet Sauvignon atraviesa una paradoja en la Argentina. Perdió superficie cultivada en los últimos años y quedó detrás del Malbec, que se convirtió en el gran embajador del vino nacional, pero mantiene un peso importante en el mercado y en las exportaciones. Al mismo tiempo, la variedad está a
El Cabernet Sauvignon atraviesa una paradoja en la Argentina. Perdió superficie cultivada en los últimos años y quedó detrás del Malbec, que se convirtió en el gran embajador del vino nacional, pero mantiene un peso importante en el mercado y en las exportaciones. Al mismo tiempo, la variedad está atravesando una transformación que busca recuperar protagonismo desde otro estilo.
Según datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), en 2025 había 12.430 hectáreas de Cabernet Sauvignon en el país, equivalentes al 6,2% de la superficie total de vid. Es la cuarta variedad más plantada, detrás de Malbec, Cereza y Bonarda. Mendoza concentra el 77,5% de esas hectáreas, con 9.637.
En 2024 se comercializaron 370.957 hectolitros de Cabernet Sauvignon varietal y otros 66.485 hectolitros en cortes. El 60% de los varietales se destinó al mercado interno y el 40% a la exportación. Además, el Cabernet Sauvignon se mantiene como el segundo varietal más exportado por la Argentina, detrás del Malbec.
El Cabernet Sauvignon es el segundo varietal que más se exporta (Foto: gentileza Corbeau Wines).
Los números muestran que el Cabernet perdió terreno en superficie, pero está lejos de ser una variedad secundaria.
Una variedad que mantiene su lugar en el mundo
Su capacidad de adaptación y su potencial de guarda explican buena parte de su vigencia internacional.
“El Cabernet Sauvignon sigue siendo el ‘rey de las uvas tintas’ a nivel mundial gracias a su poderosa estructura tánica, su enorme potencial de guarda y su gran capacidad de adaptación a diferentes climas”, explica Leonardo Puppato, de Familia Schroeder.
Para Leo Devia, de Chakana, su importancia tiene además una dimensión comercial: “El Cabernet Sauvignon sigue siendo la moneda global del vino de alta gama”. Según el enólogo, es una variedad con “mucha longevidad”, “una buena arquitectura de taninos” y una elegancia que pocas uvas alcanzan.
Leo Devia, enólogo de Chakana. (Foto: gentileza Chakana).
Susana Balbo pone el foco en otra de sus características: “Es una variedad muy plástica: se adapta a suelos y climas muy distintos sin perder identidad. Siempre se reconoce un Cabernet y, al mismo tiempo, dice de dónde viene”.
Esa capacidad también explica su importancia para Argentina. “Es una de las mejores respuestas que tenemos para mostrar que Argentina es mucho más que Malbec”, sostiene Balbo.
Del Cabernet concentrado a un vino más fresco
La transformación más evidente está en el estilo.
“Se pasó de vinos muy concentrados y algo alcohólicos a vinos más fáciles de beber, frescos, frutales y de marcada acidez”, describe Puppato.
Leonardo Puppato, enólogo de Bodega Familia Schroeder. (Foto: gentileza Bodega Familia Schroeder).
Devia habla de una evolución “drástica”, especialmente en la interpretación de la madurez y de la madera. Durante los primeros años de apertura de la Argentina al mercado internacional, explica, se buscaron “perfiles hiperconcentrados, con niveles altos de alcohol” y “un roble que era muy notorio”.
“En los últimos años se dio un salto más hacia la precisión”, señala. Hoy, dice, se busca “frescura natural”, se respeta la identidad piracínica de la variedad y la crianza se piensa “como un marco sutil”.
Fernando Colucci, de Bodega Vistalba, también identifica un cambio de paradigma: “Creo que el cambio más importante fue pasar de buscar vinos muy potentes, concentrados y marcados por la madera a buscar vinos con mayor equilibrio, frescura y expresión del terroir”.
Fernando Colucci, enólogo de Bodega Vistalba. (Foto: gentileza Bodega Vistalba).
La evolución no pasa solamente por la bodega. Para Susana Balbo, el cambio comienza en el viñedo: “Cambió el lugar donde lo plantamos, y eso cambió el vino”.
José Lovaglio Balbo, Director de Enología de la bodega, explica cómo se traduce esa búsqueda en los viñedos de mayor altura: “Hoy estamos en lugares fríos, con frutas más predominantes, lugares de montaña que nos permiten mitigar un poco esos perfiles herbales, mientras priorizamos una fruta más fresca, con muy buena concentración”.
El terroir cambia la expresión de la variedad
El avance hacia distintos territorios también permitió descubrir que no existe un único Cabernet Sauvignon argentino.
“El terroir pesa mucho, y en el Cabernet se nota más que en otras variedades”, sostiene Colucci.
Para Balbo, “Salta suma altura extrema, con más color, más especias y una fruta muy concentrada. La Patagonia da vinos más finos y austeros, con menos volumen y mucha precisión aromática. Mendoza, sobre todo el Valle de Uco, está en el medio: fruta negra madura con frescura y estructura”.
José Lovaglio Balbo, director de Enología de Susana Balbo. (Foto: gentileza Susana Balbo).
Puppato también diferencia las regiones. En Salta encuentra vinos “potentes, de taninos firmes y hasta algo astringentes”, mientras que en Patagonia describe Cabernet “más sutiles, de marcada acidez, notas balsámicas y frutales, de taninos suaves”.
En Mendoza, Devia distingue entre el perfil “más clásico, cálido y redondo” de Luján de Cuyo y la “verticalidad, más tensión y esa nota calcárea” del Valle de Uco.
“Es una uva con una impronta soberbia, indomable por el frío andino y el suelo aluvional de canto rodado del río, pero con una elegancia aromática y una fineza que cautivan de inmediato. El mercado internacional del Fine Wine no compra volumen; compra precisión”, explica Patricio Hernández Toso, de Huarpe Riglos Family Wines.
José Hernández Toso, enólogo y cofundador de Huarpe Riglos Family Wines (Foto: Lucas Elmelaj/gentileza Huarpe Riglos)
Y en el Oasis Sur mendocino, Jorge Rubio, de Bodega Jorge Rubio, encuentra una identidad propia: “Tenemos amplitud térmica marcada, y eso nos da un Cabernet con estructura, con taninos maduros, buen color y fruta, sin perder frescura”.
Jorge Alberto Rubio, enólogo y fundador en 2003, es la esencia detrás de cada copa (Foto: Bodega Jorge Rubio)
“En Huarpe Riglos no buscamos domesticar a la fiera de Gualtallary; embotellamos su tensión estructural”, define Hernádez Toso.
La conclusión de Balbo resume esa diversidad: “Dentro de Mendoza, la diferencia entre un Cabernet de Agrelo y uno de Gualtallary ya es enorme. La variedad es la misma; el vino, no”.
El desafío de volver a conquistar a los consumidores jóvenes
La transformación estilística también responde a un cambio en los hábitos de consumo. El Cabernet continúa asociado a vinos de cuerpo, estructura y taninos marcados, mientras que muchos consumidores buscan opciones más frescas y fáciles de tomar.
Para Devia, la clave está en separar la variedad del estilo con el que quedó históricamente asociada.
“Yo creo que las nuevas generaciones no van a rechazar una variedad en sí, sino un estilo”, plantea. Y agrega: “Como el Cabernet Sauvignon está muy asociado a vinos con mucho cuerpo, muy estructurados, con mucha madera, se quedó pegado más a ese estilo que a la variedad”.
Colucci coincide: “El desafío no está en convertir al Cabernet Sauvignon en otra variedad, sino en mostrar que también puede ser fresco, jugoso, versátil y fácil de disfrutar”.
Pero Rubio aporta una mirada diferente desde su experiencia comercial. “Le cuesta”, reconoce. En su bodega, cuenta, el consumidor se desplazó hacia variedades como el Cabernet Franc, de perfil más liviano.
La tendencia no le resulta ajena: “Hace 20 años era la variedad que más vendíamos, muy por encima del Malbec. Con el tiempo las preferencias del consumidor fueron cambiando y hoy el Malbec tiene más peso relativo en las ventas”.
Así es la copa ideal para tomar un Cabernet Sauvignon (Foto: Terrazas de los Andes)
Aun así, considera que hay margen para recuperar consumidores si se trabaja el estilo: “Cosechás un poco más temprano, menos madera, más fruta”.
Juan Ignacio Arnulpphi, enólogo de Canteros Wines, introduce otro matiz: “No creo que sea la variedad más apta para entregar tintos ligeros”. Pero eso no significa que haya perdido capacidad de convocatoria. El enólogo destaca que todavía puede ocupar muchas situaciones de consumo y resulta “un gran maridaje para carnes, charcutería, pastas y diferentes guisados”.
Juan Ignacio Arnulphi, enólogo de Canteros Wines. (Foto: gentileza Canteros Wines).
Un Cabernet argentino con identidad propia
La renovación de la variedad también plantea una pregunta hacia afuera: ¿cómo puede Argentina competir con los grandes Cabernet del mundo?
Para los especialistas, la respuesta no está en imitar.
“Principalmente creo que un Cabernet Sauvignon argentino debe intentar no parecerse a un Bordeaux o a un Cabernet Sauvignon de Napa”, sostiene Devia.
El objetivo, explica, es construir “una identidad del origen”, con taninos finos, acidez integrada y una madera que acompañe sin dominar: “La madera tiene que ser una herramienta de crianza y no una cualidad en sí del vino”.
Balbo comparte esa visión: “El mercado internacional no necesita simplemente otro Cabernet Sauvignon correcto; necesita entender por que ese Cabernet es argentino y qué lo hace diferente”.
Para ella, el punto de partida es “origen claro” y luego equilibrio: “alcohol contenido, acidez natural y taninos maduros pero de grano fino. Madera al servicio del vino”.
Puppato también pone el foco en el balance entre “fruta fresca y madura, acidez natural y madera sutil pero presente”.
Rubio, en tanto, apuesta por la identidad regional: “Tiene que tener identidad de acá, no copiar el estilo de Napa o de Burdeos”.
Arnulphi suma una definición sobre lo que debería buscar un gran Cabernet argentino: “Los grandes cabernet sauvignon del mundo a mi parecer logran potencia sin perder elegancia, concentración sin perder textura y fluidez, y saben balancear su carácter frutal y herbal, para lograr complejidad”.
Después de años en los que el Malbec concentró buena parte de la atención internacional sobre el vino argentino, el Cabernet Sauvignon parece encontrar una segunda oportunidad. No necesariamente para recuperar el lugar que alguna vez ocupó, sino para construir uno nuevo: más fresco, menos dependiente de la madera y cada vez más ligado al lugar donde nace.