
Cuando murió el 8 de septiembre de 2003, Leni Riefenstahl era considerada una de las más grandes directoras de la historia del cine, pero cargaba con el estigma de haber exaltado al nazismo en sus películas, de haber sido la cineasta preferida por Adolf Hitler para propagandizar la grandeza del Reich que duraría mil años. Nunca pudo sacarse esa pesada mochila de su espalda, aunque lo intentó con todo tipo de justificaciones. “Yo no sabía de política, sólo la filmaba”, decía una y otra vez. No era su única fórmula exculpatoria. Solía decir también: “No me detenía a pensar en el efecto de mis imágenes”, o: “A mí nadie me informó sobre los campos de concentración”. Para algunos –los más benévolos– era una ingenua; para otros, sabía muy bien lo que hacía y para que lo hacía, al punto de llegar a calificarla como “la puta de los nazis”.
Sin embargo, ni siquiera sus detractores más fuertes discuten que fue una de las mejores y más brillantes cineastas del siglo XX, y que sus películas El triunfo de la voluntad, de 1935, y Olimpíadas, de 1938, son dos obras maestras, que revolucionaron el cine, incluso cuando es imposible dejar de verlas como dos sofisticados y muy eficaces productos de difusión del ideario nazi y su concepción de “la raza superior”, justificadora del Holocausto.
Si Albert Speer fue “el arquitecto del Reich”, sin duda Riefenstahl fue su cineasta. Ninguno de los dos, que sobrevivieron largamente a la caída del nazismo, fue condenado por crímenes de guerra, pero ambos quedaron malditos en la memoria alemana. No solo por la cercanía que tuvieron con Adolf Hitler, sino también porque sus obras pretendieron inmortalizar una dictadura expansionista que se proponía someter al mundo. Las películas llevaron a Riefenstahl a ocupar un lugar de privilegio en la geografía cultural del régimen nazi desde antes de la guerra, mientras que otros cineastas de fuste, como Fritz Lang o Robert Wiene, debieron exiliarse, y no para seguir filmado sino para, simplemente, para escapar de un régimen que los quería muertos.
La vida de Leni Riefenstahl tuvo también un antes y un después del nazismo. El antes puede contarse como la historia de una joven talentosa y polifacética en permanente ascenso que se distinguía como bailarina, actriz, fotógrafa y cineasta; el después, como la de una mujer que, con su talento intacto, siguió haciendo un cine de excelencia durante décadas, pero ahora sobre temas relacionados con la naturaleza o antropológicos con los que pretendió borrar sin suerte las manchas de su oscuro pasado político. Esto último le resultó una misión imposible: cuando murió en Múnich, a la edad de 101 años, ni el canciller Gerhard Schröder ni el presidente Johannes Rau la despidieron. Solo la ministra de Cultura, Christina Weiss, habló oficialmente sobre su desaparición y recordó, una vez más, el papel que había jugado para el régimen de Adolf Hitler.

Una carrera multifacética
Nacida en Berlín el 22 de agosto de 1902, Helene Bertha Amelie Riefenstahl tuvo una infancia atravesada por los proyectos diferentes que sus padres tenían para ella. El padre, un empresario de éxito, quería que su hija siguiera sus pasos en el mundo de los negocios; la madre, en cambio, apoyó desde el principio la pasión que Leni, como la llamaban en la casa, tuvo por la danza después de asistir a un espectáculo de Blancanieves.
Se repartió como pudo. De 1920 a 1923 trabajó como secretaria en la compañía de su padre, donde aprendió a escribir a máquina, taquigrafía y contabilidad, a cambio de que le permitieran tomar clases de pintura, dibujo y danza. Entre 1920 y 1926 hizo crecer su carrera como bailarina, que incluyó una convocatoria al principal escenario alemán, el Deutsches Theater. Sin embargo, una lesión en la rodilla la obligó a abandonar. Las secuelas de ese accidente hicieron que se volcara al cine como actriz, donde tuvo papeles protagónicos en seis películas filmadas entre 1930 y 1933.
Ya por entonces llamaba la atención por su belleza, su físico de deportista y, sobre todo, por un talento que parecía innato. Arnold Franck, que la dirigió en La montaña sagrada, quedó fascinado con ella: “Cuando vi a Leni Riefenstahl, mi primera impresión fue ‘hija de la naturaleza’. No era actriz, ni intérprete. Esta mujer bailaba, así que tenías que escribirle un papel propio de su naturaleza”, escribió. Cuando Leni le dijo que, además de actuar, estaba interesada en dirigir, le enseñó a manejar la cámara, a usar los lentes y los filtros de color, y después a cortar y editar imágenes.
Con esas herramientas, debutó como directora en 1932, con La luz azul, de la que también fue protagonista. La película fue un éxito: el Consejo Nacional de Crítica de Cine de Nueva York consideró a La luz azul entre las mejores películas extranjeras y también ganó la Medalla de Plata en el Festival de Cine de Venecia. Poco después del estreno, un hombre que iba camino al poder vio la película en un cine de Berlín. Se llamaba Adolf Hitler, era el líder del partido nazi, y quedó fascinado. Quiso conocer personalmente a la directora y en esa primera entrevista le dijo: “Una vez lleguemos al poder, vas a hacer mis películas”. Al escuchar esas palabras, Leni Riefenstahl sintió que tocaba el cielo con las manos.

La cineasta del Tercer Reich
Convertido en canciller del Reich en enero de 1933 y, poco después, dueño de la suma del poder en Alemania, Hitler puso a disposición de Riefenstahl todos los recursos financieros, técnicos y humanos que necesitaba para sus obras. Primero filmó una película de aventuras, SOS Eisberg, pero luego se volcó de lleno al género documental con dos películas sobre los congresos nacionalsocialistas en Núremberg de 1934, La victoria de la fe y El triunfo de la voluntad.
Esa segunda película es considerada todavía hoy como una obra maestra del cine propagandístico, tanto político como comercial. La película rompe con varias normas del documental clásico, pero refleja con gran nitidez los medios utilizados por Hitler para agitar y seducir a las masas. Riefenstahl muestra el desfile de los miembros del partido al compás de diferentes marchas muy populares de la época, a la vez que reproduce fragmentos de discursos de varios líderes durante el congreso. El foco, por supuesto, está puesto en un Hitler que anuncia que convertirá a Alemania en una potencia. Las cámaras presentan por primera vez un congreso político planificado en su totalidad para su difusión mediática. Para eso ha pensado hasta el último de los detalles, al punto de pedirle a Albert Speer el diseño del escenario y la iluminación del lugar donde se realiza el congreso.
El triunfo de la voluntad se estrenó el 28 de marzo de 1935 y tuvo un enorme éxito local e internacional, con premios en los Festivales de Paris y de Venecia. Los críticos destacaron su uso de ángulos de filmación y técnicas de montaje nunca vistas.
Al año siguiente, también por encargo de Hitler, filmó los Juegos Olímpicos que se realizaban en Berlín y el resultado fue Olimpíadas, estrenada en 1938, considerada otra de las grandes obras de la historia del cine. Allí, la directora hace una exaltada elegía sobre la belleza estética de los cuerpos atléticos, que se identificaba con el ideal étnico de la raza aria tan caro al nazismo.
En 1941, con trabajadores esclavos del Tercer Reich como extras, rodó otra película, Tierra baja, que solo pudo ser estrenada en 1954, luego de una cuidada depuración de su contenido propagandístico. Para entonces, la cineasta preferida del führer vivía una intensa relación con el primer teniente de la infantería de montaña Peter Jacob, a quien introdujo al círculo de Hitler. En sus memorias, Leni aseguró que nunca se había sentido tan amada, pero la relación terminó abruptamente poco después del final de la Segunda guerra Mundial.

El estigma del nazismo
Tras la caída del Tercer Reich, su actividad como propagandista del régimen le valió ser sometida a largos interrogatorios, en todos los cuales se mantuvo firme en su postura: no sabía nada de los campos de concentración, había sido una ingenua, pero no cómplice de los nazis. A partir de entonces, se volcó a un cine que la alejara de ese pasado que le había valido primero la gloria y después la condena social. Cambió por completo los temas de sus películas. En la década de 1960 comenzó a fascinarse por la historia de África y, más concretamente, por las tribus nubias de Sudán. Hizo varios viajes al continente negro para convivir con ellos y realizar un documental y trabajos fotográficos sobre sus costumbres y sus rituales.
El correr de los años no le quitó energía. A los 72 años hizo un curso de submarinismo para filmar corales para el documental Impresiones bajo el agua, y poco después se tiró en paracaídas para hacer tomas desde el aire. Rodó su último documental cuando tenía 97 años. Desde hacía décadas estaba en pareja con el camarógrafo Horst Kettner, 42 años más joven que ella. Cuando empezaron su relación, en 1968, Leni tenía 66 años y Horst, 24. Se casaron recién en 2003, poco antes de la muerte de Riefenstahl.
Esa obra posterior no le alcanzó para hacer olvidar su pasado nazi como la cineasta preferida de Hitler. No es errado decir que la persiguió hasta el día de su muerte. Cuando murió, ese pasado la seguía persiguiendo: enfrentaba un proceso en la fiscalía de Frankfurt acusada de negar el Holocausto y los representantes de las etnias gitanas en Alemania la habían demandado por su posible complicidad en la muerte de más de un centenar de gitanos prisioneros que utilizó como extras en la filmación de Tierra baja. Cuando la revista alemana Neue Revue la consultó sobre esa acusación, respondió que no recordaba porque, por sus dolores, estaba recibiendo varias dosis diarias de morfina. “Eso me ha dañado la memoria, todo se me olvida”, dijo. Fue una de sus últimas declaraciones.
Casi dos décadas antes, en 1984, entrevistada por la revista estadounidense Vanity Fair, había justificado su pasado nazi con una frase que buscaba despegarlo de todo compromiso ideológico con Hitler: “Si Stalin me hubiera invitado a Moscú para hacer una película sobre el ejército ruso, si Roosevelt me hubiera dicho: ‘Vení a Estados Unidos, hacé un documental sobre la marina’, habría ido”.




