
Cada inicio de ciclo escolar trae una carga que muchos estudiantes ya conocen: materias, horarios apretados y expectativas. Pero en los últimos años se sumaron capas nuevas: noticias perturbadoras, comparación permanente en redes sociales y una conexión sin cortes que borra los límites entre el colegio y el hogar.
El resultado, según describe la psicóloga Susan Albers, de la Cleveland Clinic, es “la tormenta perfecta de presión”. Albers advierte que el estrés no termina cuando suena el timbre: sigue al estudiante a casa y aparece en cambios de humor, problemas de conducta y síntomas físicos.

No toda presión es negativa —cierto nivel motiva y prepara para la vida adulta—, pero el problema surge cuando esa respuesta se activa con demasiada frecuencia y el organismo no tiene tiempo de recuperarse. Para ese escenario, la especialista propone cinco estrategias concretas.
Explicar por qué el estrés perjudica el rendimiento, no solo el bienestar
Uno de los argumentos más efectivos para motivar a un estudiante a cuidar su estado mental es, paradójicamente, académico. El estrés elevado consume la memoria de trabajo —el sistema cognitivo que permite retener y manipular información en tiempo real— y afecta la recuperación de conocimientos ya aprendidos.

“Si tu hijo está demasiado preocupado por sus calificaciones, hay que explicarle que el estrés ocupa la memoria de trabajo y afecta la recuperación del conocimiento”, señaló Albers.
Quienes se someten a noches sin dormir o atraviesan crisis de angustia antes de los exámenes pueden estar reduciendo, en lugar de aumentar, su capacidad de rendir.
Cuando los estudiantes comprenden ese mecanismo, ese dato puede convertirse en la motivación que necesitan para modificar algunos hábitos.
Dividir las tareas en tres categorías: ahora, después y más tarde
Frente a la sensación de que todo es urgente, Albers propone una estrategia de priorización simple pero concreta. El primer paso es clasificar las obligaciones pendientes en tres grupos: las que requieren atención inmediata, las que pueden esperar y las que directamente pueden eliminarse o delegarse.

“¿Qué necesita atención hoy? ¿Qué debería venir después? ¿Y qué puede moverse para más tarde, delegarse o sacarse de la lista?”, planteó la psicóloga. Una vez establecida esa jerarquía, el paso siguiente es descomponer la tarea más urgente en pasos pequeños y manejables.
Ese enfoque, según Albers, ayuda a desarrollar habilidades de gestión del tiempo que los estudiantes podrán aplicar más allá del aula.
Construir rutinas protectoras que funcionen como ancla emocional
El tercer consejo apunta a la consistencia: Albers sugiere identificar un conjunto de rutinas básicas —“anclas de bienestar”— que deben sostenerse independientemente del nivel de exigencia escolar.
Esas rutinas incluyen dormir las horas necesarias, moverse físicamente con regularidad y mantener vínculos presenciales con personas de confianza.

Esas constantes, según la psicóloga, funcionan como un punto de estabilidad emocional cuando la exigencia escolar alcanza sus momentos más caóticos. No se trata de eliminar la presión, sino de preservar una base mínima de equilibrio que impida que el estrés se vuelva crónico.
Albers advirtió que cuando la respuesta automática del cuerpo al estrés —luchar, huir, paralizarse o apaciguar— se activa con demasiada frecuencia o durante períodos prolongados, el cuerpo y el cerebro no tienen tiempo de recuperarse.
Reducir la exposición a redes sociales, que amplifican la presión en lugar de aliviarla
El cuarto mecanismo cuestiona uno de los hábitos más extendidos entre los jóvenes: usar las redes sociales como forma de descompresión. Según Albers, ese recurso habitualmente produce el efecto contrario.

“Las noticias perturbadoras, los correos de docentes y la conexión constante con los pares pueden intensificar el estrés”, indicó la psicóloga. “Las redes sociales pueden convertirse fácilmente en otro espacio donde uno se siente medido, comparado y evaluado.”
Como alternativa, Albers recomienda incorporar alguna práctica de atención plena —meditación, actividades artísticas u otras opciones que favorezcan la concentración en el momento presente— en reemplazo del tiempo de pantalla destinado al scrolling.
Que los adultos del entorno modelen calma y construyan una red de apoyo
El quinto consejo desplaza el foco hacia los adultos. Albers sostiene que los jóvenes toman señales emocionales de quienes los rodean, y que esa influencia opera directamente sobre la capacidad del estudiante para regular su propio sistema nervioso.

“No tenés que estar perfectamente tranquilo. Pero cuando te detenés y respondés con reflexión, ayudás al sistema nervioso de tu hijo a calmarse también”, afirmó la especialista. La psicóloga recomienda además que, si el adulto también atraviesa estrés, el joven lo vea trabajar en ello y pedir ayuda cuando la necesita.
Por eso subraya la importancia de construir una red de adultos de confianza más allá del entorno familiar inmediato: alguien capaz de regular sus propias emociones puede marcar una diferencia concreta en cómo el estudiante enfrenta la presión escolar.



