
La traducción siempre contiene un elemento de traición.
No lo digo yo, lo dice Emily Wilson, la académica especialista en clásicos cuyas traducciones de las epopeyas homéricas, la Ilíada y la Odisea, han sido justamente celebradas por su claridad y energía. En su nueva y entusiasta colección de ensayos, Crossing the Wine-Dark Sea, Wilson afirma que la traducción es un proceso “complicado” e inevitablemente lleno de “compromisos”. Cada elección implica un alejamiento del original. Pero eso no significa que algunas decisiones no sean mejores que otras. Al describir una traducción rígida y puntillosa del poeta romano Catulo, muestra cómo el fanatismo por la “neutralidad” puede dar lugar a una versión fiel pero también desajustada.
“El literalismo trae sus propias distorsiones”, escribe. Una traducción que no logre transmitir el ingenio y la autodeprecación de Catulo no ofrecerá “ninguna indicación de cómo se siente el original”.
Y la sensación del original es fundamental. Un poema o una obra de teatro no se parece a un manual de instrucciones, cuya única razón de ser es comunicar información. Wilson, quien enseña clásicos en la Universidad de Pensilvania, utiliza reiteradamente palabras como “efecto” y “experiencia”. El traductor hábil no solo piensa en el significado literal; siempre considera elementos poéticos y narrativos como el ritmo y el sonido.

Por eso, traducir textos arcaicos representa una tarea formidable. ¿Cómo recrear una experiencia utilizando un idioma completamente diferente, en una época y contexto distintos? El original y la traducción son como dos líneas que pueden acercarse, pero nunca se tocarán. Después de todo, “el lenguaje nunca es una herramienta neutral con la que representamos el mundo”, escribe Wilson. “Cada palabra y frase arrastra consigo una maraña de supuestos culturales y connotaciones”.
La imposibilidad de la perfección no debe llevar al desaliento, sino todo lo contrario. El reto de traducir un texto antiguo exige un compromiso profundo con él. Al enfrentarnos a lo extraño, la asimilación siempre resulta tentadora: “Pero también podemos elegir abrirnos a la sorpresa del pasado y permitir que nos transforme”.
Los ensayos de Crossing the Wine-Dark Sea incluyen versiones actualizadas y reelaboradas de artículos que Wilson ha publicado antes. Experta en el mundo antiguo, toma referencias constantemente (y de forma productiva) de la cultura contemporánea. Algunas referencias son esperables: por ejemplo, la poeta y clasicista canadiense Anne Carson, cuyas versiones “fascinantemente desencarnadas” de los fragmentos de Safo, Wilson define como “un tipo sorprendente de arte performático sobre la página”.
Otras referencias no son tan habituales. Un capítulo sobre la comedia de Aristófanes comienza con una reflexión sobre “WAP”, el provocador sencillo de Cardi B y Megan Thee Stallion. Wilson no busca ser frívola ni gratuita. Muestra cómo la “abundancia innovadora de metáforas” de la canción puede ayudar a entender por qué tantas traducciones de la comedia antigua fallan estrepitosamente: “Imagina un ‘WAP’ en prosa, despojado de rima, ritmo y brillo lingüístico, y verás el problema”.

Wilson entrelaza con elegancia lecturas minuciosas, línea por línea, con argumentos más amplios sobre lo mucho que está en juego. Un capítulo sobre el estoicismo antiguo y sus intérpretes modernos expone por qué se ha vuelto tan popular en Silicon Valley: los consejos estoicos sobre cómo hallar ecuanimidad en un mundo problemático atraen a personas poderosas y privilegiadas interesadas en mantener el statu quo. Al escribir sobre el orador Demóstenes, cuyos discursos “afilados y melosos” allanaron el camino para una revuelta fallida, Wilson concluye mostrando cómo la retórica demagógica puede seguir seduciendo a una población hasta la ruina.
“Los votantes estadounidenses eligieron, dos veces, a un presidente que ha caído en bancarrota, moral y literalmente, en numerosas ocasiones”, escribe (el uso oportuno de “dos veces” y “moral y literalmente” resulta muy eficaz). “La gente suele preferir palabras, imágenes y grandes emociones antes que la sobria verdad económica”.
Ni siquiera es necesario tener un interés particular por la literatura antigua para disfrutar este libro, aunque probablemente lo tendrás al terminarlo. El entusiasmo de Wilson por su materia resulta conmovedor. En una nota del traductor para La Odisea recordaba cuando interpretó a la diosa Atenea en la obra escolar de primaria. Tenía 8 años, y la experiencia la “fascinó”. Más de cuatro décadas después, su entusiasmo sigue intacto. Vuelve una y otra vez a las mismas líneas, a las mismas palabras, y encuentra nuevas resonancias y posibilidades. (Al parecer, está trabajando en otra traducción de “La Odisea”). En lugar de imitar las traducciones obedientes de algunos predecesores, disfruta imaginándose en modos de ser antiguos y ajenos.

El último y más extenso capítulo es “Traducir ‘La Odisea’”, donde analiza cómo distintos traductores han vertido los versos iniciales del poema. Las versiones son muy diferentes. “Canta para mí, Musa, sobre el hombre de giros y vueltas”, comienza la traducción de Robert Fagles. La de Wilson parece más sencilla en comparación: “Háblame de un hombre complicado”. Explica —con asombrosa precisión— cómo eligió la palabra “complicado” para el griego polytropos. No revelaré más, salvo decir que su razonamiento merece seguirse por completo.
La palabra “complicado” también resume lo que Wilson intenta hacer con sus traducciones. Usa el rigor y la precisión para abrir espacio a la ambigüedad y la ambivalencia. Causó revuelo este verano al publicar un ensayo implacable en la London Review of Books sobre la adaptación de “La Odisea” realizada por Christopher Nolan, calificándola de espectáculo entretenido con un guion atroz. La reacción airada a su texto fue tan desproporcionada que parecía que estuviera censurando a un artista hambriento.
Pero incluso cuando Wilson lanza una crítica ácida, lo hace dejando espacio para más compromiso, más imaginación, más complejidad. Traducir parte del reconocimiento de que existen múltiples maneras de ver y comprender. “Todos interpretamos”, escribe en el libro. “Bailamos de distintas formas sobre la cuerda floja, intentando equilibrar todas las verdades posibles.”
Fuente: The New York Times