La trama incorpora radios ocultas en torres de iglesias, curas que pasan a ser espías y funcionarios coloniales en retirada, además de romances que se vuelven peligrosos, delaciones y la fuga del padre de James.
La persecución está a cargo del Irlandés, jefe de la Policía Militar argentina, en un relato coral que reconstruye la vida cotidiana de un pueblo hasta entonces olvidado y las cicatrices de una guerra.
Nicolás Cassese (1974) es periodista y escritor. Publicó los libros Los Di Tella, El secreto de San Isidro y Viento, en coautoría con Santiago Lange. Estudió Comunicación Social en la Universidad Austral y tiene un máster en Política Latinoamericana de la Universidad de Londres. En 2001 ganó la Beca Chevening del British Council. Es prosecretario de Redacción del diario La Nación.
Infobae Cultura publica el Capítulo 2:
¡QUÉ GOLAZO, ARGENTINO!
15 de febrero de 1981
Nice goal. Fueron apenas dos palabras, pero no fueron las palabras. Fue la manera en que caminó con suficiencia hasta donde descansaba con el resto del equipo al final del partido. Y también fue su mirada, la forma en la que la sostuvo unos segundos de más, como invitándolo. Era uno de los últimos días de verano y el clima invitaba a prolongar la tarde al aire libre.
—Thanks —atinó a responder Carlos, cohibido por su inglés rústico y la sorpresa que le generó el comentario. Ella reforzó el efecto con una sonrisa generosa y siguió caminando.
—¿Quién es? —le preguntó a George, el dueño de la radio, cuando se aseguró de que nadie lo escuchaba.
—Se llama Peggy, Peggy Thorne. Es la madre de James, el pibe que jugó de volante por la derecha. Andá con cuidado que es brava, eh —se rio su amigo.
Carlos no siguió preguntando, pero esa tarde quiso saber más. Estaban en el pequeño jardín de la casa que compartía con José Luis, un hombre bajo, de bigote y panza prominente, su compañero de YPF. George era uno de los invitados malvinenses a la cena que cada domingo reunía a parte de la comunidad argentina en las islas. La ocasión era especial porque, en lugar del habitual cordero, esa vez habían conseguido carne de vaca. Carlos improvisó una parrilla e invitó a George para que lo acompañara en el ritual de prender el fuego y poner la carne sobre las brasas.
George es el mejor amigo que Carlos tiene en Stanley. Habla un poco de castellano, pero Carlos prefiere el inglés, así practica. El día en que se conocieron, Carlos le cargó combustible con un ejemplar de la revista El Gráfico en el bolsillo de su mameluco. En la tapa estaba Maradona con la camiseta de Boca, los brazos en alto y la boca abierta en un grito de gol.
—¿Es bueno ese? —le preguntó George.
—Dicen que sí, habrá que ver —respondió Carlos sin mirarlo.
—Nosotros ya lo sufrimos. Nos hizo el 3 a 0 en Glasgow. Amagó que iba a tirar el centro atrás y definió sin ángulo sobre el primer palo. Nuestro arquero, Rough, quedó como un boludo, como dicen ustedes.
George, escocés, se refería al partido que la selección argentina le ganó a la escocesa el 2 de junio de 1979. Maradona tenía 18 años y ese encuentro fue su presentación en Europa.
Las conversaciones sobre fútbol se repitieron cada vez que George pasaba por la estación de YPF. Había llegado a Malvinas hacía dos décadas tripulando el velero de un sueco malhumorado. En Stanley se cansó de su capitán y decidió no seguir a la Antártida, el destino hacia el que se había embarcado. Llevaba barba y pelo largo producto de la larga travesía y mantuvo esa apariencia, que le sumaba años a sus 23, cuando se instaló en las islas. Su título universitario en literatura lo ayudó a emplearse en la radio local. Nunca lo decidió, pero se fue quedando y al tiempo invirtió sus pequeños ahorros para comprar la radio. Además de administrarla, George conduce el principal programa de la emisora. Saca vecinos al aire, comenta las noticias, pasa música y pone mucho esmero en la transmisión de los eventos deportivos locales. Carreras de caballos, concursos de esquila o peleas de boxeo, cualquier competencia resulta fascinante si la relata George. Su deporte favorito es el fútbol y utilizó su condición de periodista y sus contactos con los argentinos de las islas para gestionar un pase de prensa para el Mundial de 1978, que se jugó en Argentina. Volvió conmovido con el espectáculo de la final, que ganó el equipo local en un partido electrizante contra Holanda.
Carlos también estuvo aquel día en la cancha de River y se pasa horas compartiendo recuerdos con su amigo. Se juntan en la radio después del programa de George y comentan los diarios y revistas argentinas que Carlos recibe todas las semanas en el vuelo de LADE, la línea aérea que brinda la única conexión de las Malvinas. George se divierte con la fascinación de su amigo por las historias de los malvinenses. Carlos quiere saber cómo están compuestas las familias, las inclinaciones políticas de los personajes más relevantes, sus vicios, si odian a los argentinos o les son indiferentes, si están armados o tienen entrenamiento militar. Su curiosidad por los locales es insaciable.
—¿No serás espía vos, no? —le dijo George un día, disimulando la acusación con una sonrisa.
—Sí, me descubriste. Me dicen Bond. James Bond —respondió Carlos antes de cambiar de tema.
—¿Acá juegan al fútbol? —preguntó.
Carlos sabía que sí jugaban, los había visto en la cancha de atrás de la casa del gobernador. El partido era desprolijo, con mucho pase largo y centros que se perdían empujados por el viento. Carlos reconoció a un par de chilenos. Había uno que se notaba que tenía un poco más de técnica, pero sus intentos de armar circuitos de pases se frustraban por lo desparejo del terreno —la cancha era de tierra con algunos parches de pasto duro y tenía un marcado desnivel— y la carencia de jugadores de buen pie. Detenerse en partidos de aficionados que se esmeraban era algo que hacía a menudo. Podía ser en una canchita de barrio o en un pequeño estadio de pueblo. Recordó un partido que había visto hacía décadas, en una cancha de Tafí del Valle, en las alturas de los cerros tucumanos. La imagen del pasado le sacó una sonrisa melancólica y le vinieron ganas de jugar. Si había dos equipos más o menos ordenados, con camisetas, posiciones claras e intensidad, Carlos trataba de detectar al habilidoso y se imaginaba dentro de la cancha, desplegando sus dotes de mediocampista central con pierna firme y noción del juego.
—Sí, claro que jugamos. Yo estoy en un equipo, los Red Socks. Este sábado tenemos partido y seguro hay lugar. ¿Querés sumarte? —contestó George.
Los Red Socks reunían a los mejores jugadores de la población de Stanley, y el partido era contra los marines, jóvenes rústicos, pero bien entrenados. Los equipos formaban con siete jugadores y George arrancó dentro de la cancha. Era bueno, pero le faltaba estado físico y a los pocos minutos le hizo señas a Carlos para que lo reemplazara. Estaba cansado, pero la verdad es que quería darle minutos a su invitado. Carlos se ubicó en el mediocampo para intentar imponer orden con su juego prolijo, de pases cortos y pelota al piso.
—Tranquilo, tranquilo, que estamos bien —le decía a sus compañeros al acercarse para recibir.
Era el latiguillo con el que había jugado toda su vida en las canchas de Lomas de Zamora y en su corta carrera en las inferiores de Los Andes, el club de su barrio. A Carlos le gustaba manejar el ritmo del partido, pero se dio cuenta de que ese día no estaba funcionando. Ni bien recibían la pelota, sus compañeros la revoleaban para adelante.
—No te entienden, Carlos —le gritó George desde el costado—. No hablan castellano. Pass, pass, eso es lo que tenés que decirles.
—Easy, easy, pass —comenzó a repetir Carlos. El primero que lo entendió fue un chico liviano y rápido que jugaba de volante por derecha. Recuperaba muchas pelotas y tenía una gambeta hacia afuera que solía resultar exitosa para eludir al rival, pero se quedaba sin cancha y sus jugadas terminaban en centros intrascendentes.
—What’s your name? —le preguntó Carlos mientras formaban la barrera antes de un tiro libre rival.
—James —respondió.
—Ok, James, easy, easy, pass, pass. Give me the ball —le dijo Carlos.
James comenzó a jugar más simple. Recibía la pelota, miraba a su izquierda y ahí estaba Carlos, que la hacía circular para buscar a un compañero libre. El partido se ralentizó y los marines comenzaron a impacientarse.
segundo tiempo fue parejo, pero los marines se pusieron 1 a 0 gracias a un penal cedido en un descuido del arquero. A los Red Socks se les escapaba un empate que para ellos tenía categoría de proeza. Los encuentros solían terminar en goleadas a favor de los jóvenes y forzudos soldados. A minutos del final, James recibió abierto por la derecha y encaró, eludió su marca y tiró otro centro sin rumbo. Una ráfaga de viento forzó el error del arquero y Carlos se encontró con su despeje en el borde del área. La paró de pecho, le pegó de volea y la pelota se clavó en el ángulo derecho. Gritó el gol con la cabeza inclinada al cielo, los ojos entrecerrados y los puños en alto, como Maradona en la tapa de El Gráfico. Sus compañeros se sumaron al festejo y el gobernador Hunt, que hacía de árbitro y sonrió con el gol de Carlos, se apuró en marcar el final del partido.
—¡Qué golazo, argentino! —lo abrazó George.
—Es la primera vez que hago un gol de volea, debe ser el frío que me inspira —se rio Carlos.
—Entonces, George, ¿me vas a contar o no? —lanzó Carlos mientras acomodaba el vacío sobre la parrilla y evitaba mirar a su amigo.
—¿Qué querés que te cuente? —George disfrutaba el asomo de vergüenza en la voz de Carlos.
—Dale, no te hagas el distraído. Podés empezar por decirme por qué me advertiste que anduviera con cuidado.
—Era un chiste, andá como quieras —dijo George—. Peggy es genial, una de las pocas mujeres con carácter en las islas y por eso genera chusmerío en una población pacata como la de Stanley. Su familia, los Thorne, una de las más viejas y conservadoras de Malvinas, es de origen irlandés y nunca tuvo mucha plata. Según lo que alguna vez me contó la propia Peggy, al terminar el secundario no encontró mejor manera de canalizar su rebeldía que casándose con un marinero inglés. El plan era emigrar con el pasaporte de su marido a Leeds, pero la joven pareja derrapó a los dos años y Peggy terminó varada en Stanley con Lisa, su hija mayor, lo único bueno que le quedó de esa unión. La temprana maternidad —siguió George—, la obligó a cambiar sus planes de estudiar arte en una universidad británica, pero se las ingenió para completar los huecos de su educación con libros.
Allí, en la biblioteca pública de Stanley, fue donde George la conoció. Él era un recién llegado y Peggy se convirtió en su mejor amiga. George le recomendaba lecturas y Peggy lo introdujo en su círculo de amistades. Si ella lograba dejar a Lisa al cuidado de algún familiar, se emborrachaban juntos en el pub. Durante varios años fueron una gran dupla: dos jóvenes inquietos atrapados en una isla.
Todo esto terminó en el momento en que Peggy comenzó a salir con Tom, que entonces acababa de asumir como jefe de la policía local. Tom era parte del grupo de jóvenes borrachines de Stanley, pero su nueva función lo obligó a moderarse. Por primera vez un local, y no alguien traído de Gran Bretaña, ocupaba el cargo. Peggy pronto quedó embarazada de James. En esos años George y Peggy perdieron cotidianeidad —la maternidad intensa de ella no combinaba con los horarios y rutinas que él siguió manteniendo—, pero celebraban cada ocasión en que se encontraban. Al tiempo, Tom comenzó a desmoronarse. Perdió su trabajo en la policía y George lo veía demasiado seguido en The Globe, el pub de Stanley. Un día, Peggy pasó a buscar a George por la radio, necesitaba ayuda para dejar a Tom. Entre los dos pensaron alternativas, pero los hechos se aceleraron luego de una noche de gritos. A la mañana siguiente Tom se fue de la casa y George y Peggy retomaron su amistad.
—Hasta que llegó Pedro —dijo George.
—¿Quién es Pedro? —quiso saber Carlos.
—Un chileno bruto que juega bien al fútbol. Se cree el novio de Peggy y la cela. Yo ya le dije que se lo saque de encima, pero ella no me hace caso. Peggy sabe que tiene un poder especial sobre los hombres y le divierte ejercerlo. Ya se cansará de este Pedro. Por ahora, me toca soportarlo. Así que ya sabés, soy tu principal aliado si tu intención es desplazarlo —dijo George antes de entrar a la casa para unirse al resto de los invitados.