
En la Amazonía boliviana, dos comunidades indígenas plantean una pregunta que todavía no tiene una respuesta única. Los tsimane y los mosetén presentan una prevalencia de demencia inusualmente baja, pero un nuevo seguimiento revela que detrás de esa cifra conviven la salud cardiovascular, el modo de vida, la genética y una menor supervivencia después del diagnóstico.
El estudio, publicado en la revista científica Alzheimer’s & Dementia, siguió durante casi cinco años a 730 adultos que al comienzo no tenían demencia. Los investigadores identificaron 22 diagnósticos nuevos, una incidencia de 7,40 casos cada 1.000 personas-año. En la evaluación de seguimiento, la prevalencia permaneció por debajo del 2%.
El interrogante que guió al equipo internacional de científicos es si las condiciones que parecen reducir ese riesgo pueden aportar enseñanzas para otras poblaciones.

“Si logramos identificar los factores que protegen a las personas en la Amazonía boliviana y comprender los mecanismos biológicos que los sustentan, podríamos convertir esos conocimientos en nuevas formas de prevenir la demencia en otros lugares”, afirmó Benjamin Trumble, coautor del estudio, en declaraciones difundidas por la Universidad Estatal de Arizona.
El dato no equivale, por sí solo, a que pocas personas desarrollen la enfermedad. La prevalencia cuenta a quienes conviven con el diagnóstico en un momento dado; la incidencia, en cambio, mide los casos que aparecen durante un período.
Y, en estas comunidades, quienes tienen demencia enfrentaron un riesgo de muerte más de seis veces mayor que quienes mantuvieron una función cognitiva normal.
La baja prevalencia no se explica solo por la supervivencia más corta

Los tsimane y mosetén viven en localidades de difícil acceso de la Amazonía de Bolivia. Su economía cotidiana se basa en la caza, la pesca, la recolección y el cultivo. La pérdida de capacidades para organizar tareas, conseguir alimentos o desplazarse puede tener consecuencias inmediatas en hogares que dependen de esas actividades.
La supervivencia media después de un diagnóstico de demencia pareció ser entre dos y tres veces menor que la observada en estudios de Estados Unidos. Esa diferencia ayuda a entender por qué la prevalencia se mantiene baja, pero no alcanza para cerrar el caso.
“El estudio muestra que no solo hay muy pocas personas con demencia en esta población, algo que podría explicarse por la mortalidad, sino que también es bajo el número de personas que llega a desarrollarla”, explicó Benjamin Trumble, profesor de la Universidad Estatal de Arizona y coautor de la investigación, en un comunicado de esa institución.
La incidencia de nuevos diagnósticos no fue muy distinta de la documentada en Estados Unidos y en el norte de Europa, especialmente entre las personas menores de 80 años. “Algo en el estilo de vida tsimane produce tasas de demencia menores que las que vemos en Estados Unidos”, agregó Trumble.
La conclusión es deliberadamente prudente. Veintidós casos no bastan para determinar cuánto aporta cada variable. El trabajo sí entrega un tipo de información escaso en estudios sobre pueblos indígenas: un registro longitudinal que permite distinguir entre el riesgo de desarrollar demencia y el tiempo que se vive con ella.
Los cerebros tsimane pierden volumen más lentamente con la edad

La nueva investigación se apoya en una secuencia de estudios que convirtió a estas comunidades en un caso de interés para especialistas en envejecimiento: el Proyecto de Salud e Historia de Vida Tsimané (THLHP), que reúne a investigadores dedicados a explorar las características únicas de esta población.
En 2021, un equipo internacional analizó tomografías de 746 adultos tsimane, de entre 40 y 94 años, y las comparó con datos de tres poblaciones industrializadas de Estados Unidos y Europa.
El resultado fue que la diferencia de volumen cerebral entre la mediana edad y la vejez fue 70% menor entre los tsimane. La atrofia cerebral vinculada con la edad se asocia con deterioro cognitivo, pérdida de autonomía y demencia, aunque no permite diagnosticar por sí misma una enfermedad.
“El pueblo tsimane nos ofrece un experimento natural sobre los posibles efectos perjudiciales de los estilos de vida modernos para la salud”, sostuvo Andrei Irimia, investigador de gerontología, neurociencia e ingeniería biomédica de la Universidad del Sur de California. Según el experto, los resultados sugieren que los factores asociados con un riesgo muy bajo de enfermedad cardíaca también podrían frenar de manera importante la atrofia cerebral.
Ese estudio de 2021, publicado en The Journals of Gerontology: Series A, llamó la atención por otra aparente contradicción. Los tsimane están expuestos a una alta carga de infecciones respiratorias, gastrointestinales y parasitarias, y por eso registran niveles elevados de inflamación. Sin embargo, sus cerebros mostraron una pérdida de volumen vinculada a la edad menor que la de las poblaciones occidentales analizadas.
La salud del corazón ofrece una pista, aunque no una respuesta definitiva

Antes de que los científicos se enfocaran en el cerebro, un estudio de 2017 en The Lancet ya había descrito un rasgo poco habitual: los tsimane tenían una prevalencia de aterosclerosis coronaria menor que la observada en cualquier otra población estudiada hasta entonces.
El artículo relacionó ese resultado con una vida físicamente activa, pocos factores de riesgo cardiovascular y una alimentación sin el peso de los ultraprocesados característicos de muchas sociedades urbanas.
Los investigadores plantean que la baja frecuencia de obesidad, hipertensión, diabetes y tabaquismo puede reducir el daño vascular que afecta al cerebro con el paso de los años. No se trata de idealizar un modo de vida que también implica enfermedades infecciosas, limitaciones de acceso a atención médica y condiciones materiales exigentes.
“Nuestro estilo de vida sedentario y una dieta rica en azúcares y grasas pueden acelerar la pérdida de tejido cerebral con la edad”, afirmó Hillard Kaplan, profesor de economía de la salud y antropología de la Universidad Chapman, al presentar los resultados de 2021. “Los tsimane pueden servir como referencia para estudiar el envejecimiento cerebral saludable”.
La investigación más reciente suma otra precisión. En muchos participantes con deterioro cognitivo o demencia, los problemas principales aparecieron en la atención, el razonamiento y la capacidad de administrar tareas, más que en la memoria, que suele ser el signo característico del Alzheimer.

Las señales vasculares y la genética abren nuevas preguntas
Los análisis preliminares de sangre asociaron los casos de demencia con mayores niveles de cadena ligera de neurofilamento, un marcador general de neurodegeneración. En cambio, no hallaron perfiles de amiloide o tau fosforilada típicos del Alzheimer. Las imágenes y las mediciones vasculares apuntaron a una posible contribución de lesiones en vasos sanguíneos.
“En la mayoría de los tsimane con deterioro cognitivo o demencia, el patrón de atrofia cerebral no es típico de la enfermedad de Alzheimer”, señaló Margaret Gatz, profesora de psicología y gerontología de la Universidad del Sur de California y autora principal del trabajo. “Hay cambios que indican contribuciones vasculares al deterioro cognitivo y la demencia”.
El estudio también vinculó los casos con la variante genética APOE ε4, uno de los factores de riesgo conocidos para Alzheimer. Gatz advirtió que esa asociación no prueba que los casos correspondan a Alzheimer, porque la variante interviene además en el transporte de lípidos y la respuesta inmunitaria.
“Necesitamos muchos más datos antes de poder determinar el peso relativo de los factores de estilo de vida y los genéticos”, indicó Gatz. “En general, se considera que ambos tienen funciones complementarias”.
La resiliencia frente al COVID-19 suma otra pieza al rompecabezas

Un estudio publicado este año en Social Science & Medicine añadió otro dato que intriga a los equipos que trabajan con los tsimane y los mosetén.
Durante la primera ola de COVID-19, el SARS-CoV-2 infectó al 71% de los tsimane y al 63% de los mosetén. Pese a esa alta circulación, solo murieron tres personas y las tasas de letalidad por infección fueron de 0,009% y 0,095%, respectivamente.
Los autores describieron ese resultado como un caso de resiliencia epidemiológica. El trabajo no estudió demencia ni demuestra una relación entre la respuesta al coronavirus y la salud cerebral. Pero incorpora al debate el papel del entorno inmunitario, junto con la actividad física, la dieta, la salud cardiovascular y la genética.
“Hay una confluencia de factores que, en interacción, moldean el riesgo de las personas. No deberíamos buscar una única solución mágica”, dijo Michael Gurven, antropólogo de la Universidad de California en Santa Bárbara, en el comunicado sobre el estudio de covid-19.




