
El cerebro humano acumula hasta 30 veces más microplásticos que el hígado o los riñones, y esa concentración creció cerca de 50% en solo ocho años: eso es lo que hallaron investigadores de la Universidad de Nuevo México al analizar tejidos de fallecidos en 2024 frente a muestras de 2016. El dato conmovió a la comunidad científica, pero también abrió una pregunta sin respuesta cerrada: ¿cuántos microplásticos hay realmente dentro del cuerpo humano?
Partículas plásticas han sido detectadas en pulmones, intestinos, placenta, hígado, bazo, riñones, sangre, leche materna, semen y orina. Una revisión publicada en el Journal of Global Health, que examinó 3.616 artículos y seleccionó 26, concluyó que ocho de los 12 sistemas de órganos del cuerpo humano presentan pruebas de contaminación.
Lo que varía de manera considerable es la cantidad exacta: los métodos de detección disponibles producen resultados difícilmente comparables, y esa brecha metodológica complica cualquier intento de fijar un número definitivo.
El estudio de referencia sobre acumulación en el cerebro
El estudio más citado sobre acumulación interna es el del equipo encabezado por Matthew Campen, catedrático de Ciencias Farmacéuticas de la Universidad de Nuevo México, publicado en Nature Medicine. El grupo analizó tejidos post mórtem de hígado, riñón y corteza frontal de 24 personas fallecidas en 2024 y los comparó con muestras de 28 fallecidas en 2016.

La concentración en hígado trepó de 141,9 a 465,3 microgramos por gramo de tejido entre ambos períodos; la del cerebro pasó de una mediana de 3.345 a 4.917 microgramos por gramo. El polietileno, el plástico empleado en films y botellas, fue el más frecuente: representó entre 40% y 65% del total en hígado y riñones, y hasta 75% en el cerebro.
El subgrupo más afectado fue el de 12 personas con demencia confirmada, cuyos cerebros contenían entre 12.000 y 48.000 microgramos de plástico por gramo de tejido. Los autores subrayaron, con todo, que sus datos son asociativos y no prueban ninguna relación causal con el deterioro cognitivo.
Por qué los métodos de medición producen resultados distintos
La razón principal por la que las cifras varían tanto entre estudios es técnica. Los métodos visuales estándar —como la microscopía óptica convencional— tienen limitaciones prácticas en este contexto: aunque técnicamente pueden ver partículas de hasta 0,2 micrómetros, en la práctica resultan poco eficaces para identificar microplásticos por debajo de los cinco micrómetros en muestras de tejido biológico, ya que los lípidos y otras estructuras celulares interfieren con la detección. La espectroscopía infrarroja permite identificar polímeros a partir de su huella química, pero los lípidos presentes en los tejidos pueden confundirse con polietileno.
La técnica de pirólisis-cromatografía de gases con espectrometría de masas (Py-GC/MS) se consolidó como el método más preciso: descompone la muestra mediante calor y analiza los gases resultantes.
Aun así, un artículo de 2025 en Environmental Science & Technology señaló que esa misma técnica no es adecuada para detectar ciertos polímeros, entre ellos el polietileno y el cloruro de polivinilo, en muestras de sangre.

Susanne Brander, directora científica del proyecto de químicos seguros de Pew Charitable Trusts, planteó a National Geographic que el escenario ideal requiere al menos dos métodos distintos aplicados sobre la misma muestra, más muestras enriquecidas con plástico para verificar la precisión del procedimiento.
Cuánto plástico ingresa al cuerpo cada año
Los estudios también han intentado cuantificar la exposición cotidiana. Estimaciones compiladas en investigaciones revisadas por pares señalan que una persona adulta puede incorporar entre 70.000 y más de 120.000 partículas plásticas al año, contando inhalación e ingesta. Solo por respirar, la exposición anual estimada alcanza unas 53.700 partículas, con base en una tasa de inhalación de 15 m³ diarios.
El agua embotellada es una fuente especialmente relevante: quienes la consumen de forma exclusiva incorporan unas 90.000 partículas adicionales al año respecto de quienes beben agua de grifo, lo que equivale a unas 240 o 250 partículas extra por día, según estimaciones citadas en estudios como el de Kieran Cox et al. en Environmental Science & Technology.
En términos de masa, esa carga anual de microplásticos —considerando todas las fuentes de exposición— equivale aproximadamente al plástico contenido en 50 bolsas, según la recalculación de los propios autores sobre el consumo de partículas, no sobre el peso total de plástico que una persona utiliza.

La fracción que logra atravesar la barrera intestinal y llegar a los tejidos es, con todo, pequeña: se estima que apenas entre 0,2% y 0,45% de los microplásticos ingeridos cruza esa barrera, y solo las partículas menores de 150 micrómetros tienen capacidad para hacerlo.
La distancia entre detectar plástico y probar daño
Un análisis clínico publicado en 2026 trazó una distinción que los investigadores consideran central: detectar polímeros en tejido es una cosa; demostrar plausibilidad biológica de daño, otra; y probar causalidad, una tercera. La mayoría de los datos humanos disponibles sustentan solo la primera.
La señal más sólida proviene de un estudio observacional que vinculó microplásticos en placas arteriales carotídeas con mayor riesgo de eventos cardiovasculares graves, con una tasa de riesgo de 4,53. Ese hallazgo, al igual que los datos sobre el cerebro, requiere replicación independiente antes de traducirse en recomendaciones clínicas.

“Sabemos lo que los químicos dentro de los microplásticos nos hacen”, declaró un investigador consultado por National Geographic. La pregunta que ordena el trabajo científico, agregó, es cuándo hay pruebas suficientes de daño para activar las alertas de prevención.
Por ahora, los investigadores apuntan a dos prioridades: reducir la exposición individual y estandarizar los métodos de análisis para que los resultados de distintos laboratorios sean comparables.




