
El 11 de septiembre de 2001, mientras los aviones impactaban contra las Torres Gemelas y el Pentágono, el Servicio Secreto de Estados Unidos enfrentó el escenario para el que llevaba décadas preparándose: un ataque simultáneo y coordinado con el poder ejecutivo como posible blanco, según reconstruyó ABC News.
Lo que siguió fue una serie de decisiones tomadas en segundos, sin manual de instrucciones previo, para mantener vivo al Gobierno.

El director del organismo, Brian Stafford, fue el primero en activar el Plan Federal de Continuidad de Operaciones, establecido bajo la Directiva de Decisión Presidencial 67, una medida que ni siquiera la Segunda Guerra Mundial había requerido ejecutar en su totalidad.
Desde el Centro de Crisis en Washington D.C., con protegidos en distintos puntos del territorio, evaluó la posibilidad de un “ataque de decapitación”: un golpe deliberado para eliminar a la cúpula del Gobierno.

Un agente tomó al vicepresidente Cheney por el cinturón y lo arrastró al búnker
En la Casa Blanca, los segundos contaban. El agente especial Jimmy Scott, integrante del equipo de protección del vicepresidente Dick Cheney, recibió la alerta de un avión secuestrado con rumbo a Washington.
Irrumpió en la oficina del vicepresidente, lo tomó por el hombro y el cinturón, y lo condujo físicamente hasta el Centro de Operaciones de Emergencia Presidencial, el búnker subterráneo del complejo. El propio Cheney lo describió así en su autobiografía de 2011.

En paralelo, el agente Nick Trotta redirigió a la primera dama, Laura Bush, que se dirigía al Capitolio, directamente hacia la sede del Servicio Secreto.
La segunda dama, Lynne Cheney, fue trasladada desde el American Enterprise Institute hasta el mismo edificio.

El traslado de Bush: de Florida a Nebraska, contra la voluntad del presidente
El presidente George W. Bush se encontraba en Florida cuando el jefe de Gabinete, Andy Card, le informó que Estados Unidos estaba bajo ataque.
El agente Edward “Eddie” Marinzel, responsable del detalle presidencial en esa visita, asumió el mando de la evacuación. Ante la insistencia de Bush de regresar de inmediato a Washington, Marinzel rechazó la opción, la capital era un objetivo vulnerable.

El equipo acordó trasladar al presidente primero a la Base Aérea Barksdale, en Luisiana, elegida por sus capacidades de comunicación. Después, Air Force One continuó hacia la Base Aérea Offutt, en Nebraska, sede del Comando Estratégico de Estados Unidos (STRATCOM).
Por coincidencia, esa instalación tenía programado un simulacro de guerra nuclear ese mismo día, lo que la convertía en el lugar más seguro del país. Marinzel lo afirmó en una entrevista con la emisora WPXI de Pittsburgh en 2011.
Solo cuando el espacio aéreo civil fue cerrado y se confirmaron patrullas de combate sobre la ciudad, el agente autorizó el regreso del presidente a Washington.

Dos agentes quedaron atrapados en el World Trade Center tras el colapso de la Torre Sur
La respuesta del Servicio Secreto no se limitó a los círculos del poder. En Nueva York, los agentes especiales Tom Armas y John Buckley estaban en las oficinas del Servicio Secreto en el 7 World Trade Center para una reunión de la Asamblea General de la ONU cuando se produjo el primer impacto. Los dos corrieron hacia la Torre Norte.
Llegaron al piso 40 cuando la onda expansiva del segundo avión, el que golpeó la Torre Sur, los derribó.
Lograron descender, pero quedaron atrapados en el vestíbulo cuando el edificio colapsó y las ventanas estallaron. Una vez que el estruendo cesó, Armas —en ropa deportiva, con el equipamiento táctico sujeto al cinturón— y Buckley guiaron a civiles y bomberos del Departamento de Bomberos de Nueva York (FDNY) hacia el exterior.
Brevemente separados entre el humo y los escombros, se reunieron minutos después para continuar la evacuación. Los dos agentes lo recordaron en declaraciones a ABC News en 2021.

Cuando cayó la noche del 11 de septiembre, los agentes del Servicio Secreto seguían en operativo a lo largo de todo el país. La mayoría actuó de forma autónoma, sin órdenes precisas.
“Lo único que importaba era que la cadena de mando se mantuviera intacta, que los líderes siguieran vivos, y que el país supiera que alguien todavía hacía guardia”, reflexionó un agente sin identificar en declaraciones recogidas por el medio estadounidense.




