
Veinte profesores de cine de universidades de Estados Unidos le contaron a The Atlantic lo mismo con distintas palabras: sus alumnos ya no llegan al final de las películas. La periodista Rose Horowitch reunió los testimonios este año y la frase que los resume es de Craig Erpelding, profesor en la Universidad de Wisconsin-Madison: “Yo pensaba que si la tarea era ver una película, esa era la mejor tarea del mundo. Pero los estudiantes no la hacen”.
La creencia que rompe el dato es sencilla. Que la gente no lea libros enteros ya estaba asumido. Que los estudiantes de cine, los que eligieron pagar una carrera para dedicar su vida a las películas, tampoco las terminen, no estaba en el radar de nadie fuera de las aulas.
El dato no salió de una encuesta, sino de un servidor
Esta historia tiene un número, y el número no lo dio un alumno ni una consultora. Hasta 2024, Erpelding enseñaba en la Universidad de Indiana, donde los docentes podían ver el registro de la plataforma interna de streaming del campus: quién arrancaba la película asignada, quién la abandonaba, quién la terminaba. Menos de la mitad de los estudiantes daba play. Cerca del 20% llegaba al final.
Es un dato de un campus, no una estadística nacional. Vale por lo que es: conducta registrada, no percepción. Y coincide con lo que los otros 19 profesores ven a ojo.
Jeff Smith, también en Wisconsin-Madison, tomó un examen de opción múltiple sobre el final de Jules y Jim, la película de François Truffaut de 1962. Más de la mitad de la clase eligió una respuesta equivocada: que los personajes se escondían de los nazis (la historia transcurre alrededor de la Primera Guerra Mundial) o que se emborrachaban con Ernest Hemingway, que no aparece en ninguna escena. Un alumno le admitió a Horowitch que veía las películas a doble velocidad.
La prohibición del teléfono funciona a medias

Malcolm Turvey, director fundador del programa de Cine y Medios de la Universidad de Tufts, prohíbe los dispositivos electrónicos durante las proyecciones. Calcula que la mitad del aula igual mira el teléfono a escondidas.
Akira Mizuta Lippit, profesor de cine en la Universidad del Sur de California, una de las escuelas de cine más prestigiosas del país, describe a sus alumnos durante una proyección como fumadores en abstinencia: cuanto más tiempo pasan sin mirar el teléfono, más se inquietan, hasta que ceden. Proyectó La conversación, la película de Francis Ford Coppola de 1974, y avisó antes de empezar que aunque se perdieran partes tenían que ver la escena final. Varios estaban con el teléfono cuando llegó. “Solo hay que prestar atención al final, y ni siquiera eso consigo de todos”, le dijo a la revista.
La respuesta de varios docentes es la rendición parcial: asignan fragmentos en lugar de películas enteras. Uno cambió el programa y ahora enseña a filmar cortos rápidos, el formato en el que sus alumnos consumen casi todo.
Hay un cabo que no cierra. Lynn Spigel, profesora de cultura de pantallas en la Universidad Northwestern, dijo que no notó un cambio. Las películas viejas siempre les parecieron lentas a los alumnos, y los que de verdad querían aprender cine las siguen mirando. El reportaje no resuelve esa discrepancia y yo tampoco la voy a resolver acá.
El problema no es generacional

La lectura fácil culpa a los jóvenes. No lo creo, y tengo un dato de muestra uno: yo. Veo películas y series en casa, freno para mirar el teléfono y lo hago por la misma razón que los alumnos de Lippit, para comprobar si en otra pantalla está pasando algo más atractivo. Termino las historias en cuotas, en dos o tres noches, o no las termino. No soy estudiante ni tengo 20 años.
Lo que cambió no es la capacidad de atención de una generación. Cambió el entorno de la pantalla. Una película de dos horas compite hoy, en la misma habitación, con un objeto diseñado para interrumpirla cada pocos minutos con algo nuevo. Los estudiantes de cine son el grupo de control perfecto porque eliminan la excusa del desinterés: eligieron esa carrera, pagan por ella, y aun así el 80% no llega al final en Indiana.
La industria del streaming ya tomó nota. El 28 de julio, según informó TechCrunch, HBO Max sumó a su aplicación un feed vertical de clips del estilo de TikTok, elegidos por una IA propia y filtrados por editores, para que el usuario encuentre qué mirar. La plataforma que necesita que el espectador se quede dos horas frente a una película ahora lo busca con clips de segundos.
Los profesores de Tufts y USC pueden prohibir el teléfono en el aula. Nadie puede prohibirlo en el living, y las plataformas dejaron de intentarlo: en lugar de competir contra el scroll, lo copiaron.
Una película ya no compite con otra película. Compite con todo lo que cabe en la otra mano.


