
Perder un empleo, atravesar una ruptura, ver terminada una amistad o reprobar un examen pueden golpear la percepción que una persona tiene de sí misma. Aun así, los expertos sostienen que el fracaso puede convertirse en una instancia de aprendizaje, resiliencia y revisión de expectativas, siempre que no quede reducido a la vergüenza, la culpa o la rumiación.
Los errores pueden aumentar la tolerancia a la frustración y preparar para futuros retos. También muestran qué caminos no dieron resultado, obligan a reconsiderar estrategias y reducen el perfeccionismo extremo, aquel que suele paralizar ante el temor a la opinión ajena. El desafío consiste en evitar dos extremos: negar la experiencia o transformar cada derrota en una historia de superación obligatoria.
La psicóloga Susan Krauss Whitbourne, profesora emérita de Ciencias Psicológicas y del Cerebro de la Universidad de Amherst, Massachusetts, abordó ese proceso a partir de los eventos que sacuden la autoestima. “Los eventos negativos desafían el sentido de sí mismos de las personas cuando sacan sentimientos de fracaso”, señaló en un artículo publicado por Psychology Today.
Whitbourne planteó que la mayoría de las personas logra recuperarse y que quienes no lo consiguen todavía pueden recibir ayuda. Para volver a encarrilarse, propuso concentrarse en los pensamientos para recuperar las emociones.

La especialista ilustró ese recorrido con el caso de Jaime, quien perdió su trabajo de forma inesperada pese a que creía mantener una buena relación con quienes tomaban las decisiones en su ámbito laboral. Poco después, su pareja de larga data decidió terminar la relación y atribuyó la ruptura a la negativa de Jaime a formalizar el vínculo mediante el matrimonio.
Para él, ambos hechos se acumularon como una señal de fracaso. Con el paso de los meses, sin embargo, empezó a recomponerse. Consiguió un empleo que le gustaba más que el anterior y comenzó a conocer a otras personas. La pregunta, entonces, fue qué explica que algunos logren restablecer su percepción personal después de una pérdida y otros permanezcan atrapados en una caída de autoestima.
Según un estudio de Lukas Schellenberg y sus colegas de la Universidad de Zúrich, publicado en 2026, las personas difieren en su capacidad de recuperar una imagen positiva de sí mismas tras un evento negativo, aunque los investigadores todavía buscan explicar por qué. Algunos, como Jaime, atraviesan el golpe y recuperan el impulso; otros no logran salir de la depresión asociada a su valoración personal.
El equipo suizo buscó identificar grupos de participantes con trayectorias semejantes de recuperación. Una parte de la explicación podía estar en la naturaleza del hecho. La teoría del sociómetro sostiene que los eventos vinculados con emociones de rechazo, como el final de una relación, pueden afectar de manera particular. Las explicaciones centradas en el estatus, en cambio, plantean que el fracaso y la pérdida de posición social son los factores que más daño provocan.

La interpretación del evento puede definir el impacto personal
Los investigadores propusieron que el efecto de una experiencia difícil depende también de cómo la interpreta cada individuo. Un acontecimiento puede vivirse como una amenaza o como un desafío. Bajo esa premisa, un hecho que pone en duda el sentido de sí mismo, altera varios aspectos de la vida y reduce el estatus social resulta más complejo de asimilar.
A esa ecuación se suma la personalidad. Las personas con altos niveles de neuroticismo tienden a mirar los cambios desde una perspectiva negativa, incluso cuando se trata de situaciones que podrían tener aspectos favorables. Unas vacaciones, por ejemplo, pueden generar preocupación por demoras en el transporte o por el mal tiempo, en vez de entusiasmo ante la posibilidad de una pausa.
El estudio también examinó variables demográficas como la edad, el género, los ingresos y la etnia. Los autores evaluaron si esos factores podían amortiguar o agravar los efectos de los eventos negativos en la autoestima.
Para hacerlo, trabajaron con más de 1.000 adultos alemanes que habían atravesado un episodio adverso durante las seis semanas previas. Cada participante respondió cinco evaluaciones, y la última se realizó 24 semanas después del inicio de la investigación. Ese diseño permitió clasificar las reacciones según el nivel inicial de autoestima —muy bajo, bajo, moderado o alto— y según la evolución posterior, estable o ascendente.

Los hechos considerados incluyeron la muerte de un ser querido, una separación, la pérdida de empleo, el fin de una amistad y la reprobación de un examen importante. Además, los participantes calificaron nueve características de la experiencia: el desafío que representaba, su significado emocional, el control externo, su carácter extraordinario o atípico, el impacto, la previsibilidad, el cambio en el estatus social, la valencia y las modificaciones en la visión del mundo, como considerar que la vida es injusta.
También completaron un cuestionario de personalidad y evaluaron su autoestima mediante afirmaciones como “siento que soy una persona valiosa”.
Solo el 11% mantuvo una autoestima muy baja durante todo el estudio
Los resultados ofrecieron una señal favorable. Solo el 11% de los participantes quedó en el grupo de autoestima muy baja y estable, mientras que la mayoría mejoró con el paso del tiempo, tanto entre quienes comenzaron con niveles bajos como entre quienes partieron de niveles moderados o altos.
Los autores interpretaron que la habituación y la adaptación caracterizan la respuesta habitual frente a un evento negativo. En el caso de Jaime, esa tendencia ayudaría a explicar el retorno gradual a una percepción personal más parecida a la que tenía antes de perder el trabajo y la relación.

El grupo que no mostró recuperación llevó a los investigadores a plantear un modelo de diátesis. Según esa explicación, los acontecimientos negativos pueden activar y reforzar esquemas personales desfavorables, producir baja autoestima, dificultar la recuperación y contribuir al desarrollo de psicopatologías.
“Los eventos negativos de la vida pueden activar y reforzar los esquemas negativos de uno mismo, lo que lleva a una baja autoestima, obstaculiza su recuperación y potencialmente contribuye al desarrollo de la psicopatología”, señalaron los autores.
Los altos puntajes en neuroticismo aparecieron como una posible fuente de vulnerabilidad. A la vez, los cambios de estatus social reforzaron ese efecto, en línea con la teoría del sociómetro. La pérdida del empleo y la disolución de una amistad fueron los acontecimientos con mayor relación con la dificultad para recuperar la autoestima.
La edad, en cambio, tuvo una asociación positiva con la recuperación. El resultado coincide con décadas de investigaciones sobre envejecimiento y regulación emocional: las personas mayores suelen estar más habituadas a los golpes que puede recibir la autoestima a lo largo de la vida.

Replantear una pérdida puede evitar conclusiones sobre el propio valor
Whitbourne sugirió que conocer la influencia del neuroticismo puede ayudar a entender por qué algunas personas no logran dejar de pensar en una ruptura, en el abandono de alguien cercano o en un fracaso. La preocupación constante, la tendencia a verse como alguien defectuoso y el temor al futuro pueden formar parte de rasgos personales arraigados.
La autora planteó que una alternativa consiste en revisar la percepción del hecho. Perder un empleo o una relación puede llevar a la idea de que el mundo es impredecible o de que no se puede enfrentar el desvío que tomó la vida. Esos pensamientos, sostuvo, pueden cuestionarse y modificarse.
Cuando una persona no consigue hacerlo sola, puede recurrir a alguien que la escuche y ayude a replantear el episodio. Comprender que un mal evento no convierte a nadie en una mala persona puede ofrecer recursos para afrontar otros desafíos, una capacidad que el estudio observó con más frecuencia entre los participantes mayores.
“Los eventos negativos de la vida sucederán sin importar cuánto intentes evitarlos”, repasó Whitbourne. “Cuando lo hagan, comprender el papel de la autoestima puede guiarte hacia tu camino de recuperación”, apuntó.

Aceptar que algo no tiene remedio también puede ser una forma de avanzar
La editora ejecutiva de Psychology Today y autora de How to Be Less Miserable, Lybi Ma, propuso otra mirada sobre el fracaso. Recordó el caso de un joven que se esforzó durante años para llegar a las ligas mayores de hockey. Jugó junto a campeones, era rápido, talentoso y trabajador, pero no logró consolidarse en ese nivel pese a haber dado lo mejor de sí.
Después dejó el deporte y obtuvo un doctorado en salud pública. Para Ma, esa decisión constituyó una adaptación. Su reflexión se vinculó con la expresión china Hui suanli (酸了), asociada con lo agrio y con la necesidad de desistir y seguir adelante.
El concepto tiene similitudes con el término japonés shoganai, que significa que un asunto no tiene remedio, y con la expresión Hui mei banfa (没办法), traducida como “no hay método”. En esa lógica, seguir adelante resulta aceptable cuando ya no existe una forma de avanzar ni una acción posible para corregir la situación.
“Aceptar el fracaso y seguir adelante es mei banfa”, escribió Ma. Esas expresiones permiten reconocer la decepción y, si no hay forma de repararla, continuar sin la exigencia de convertir cada derrota en una lección épica. “No tiene sentido perseguir algo que ha salido mal”, sostuvo.

Las redes sociales y la presión por destacar
Ma advirtió que el fracaso suele llegar acompañado de vergüenza y culpa. A su juicio, la cultura contemporánea instala la idea de que las personas ya están quedando atrás. Las publicaciones ajenas en redes sociales, por ejemplo, pueden hacer que alguien se sienta perdedor frente a imágenes de éxito, consumo o reconocimiento.
La autora cuestionó la lógica de la autopromoción permanente. “Hoy en día, la gente se promociona como si fueran marcas comerciales”, señaló. Esa presión también alcanza a niños y adolescentes, a quienes se les transmite que pueden convertirse en cualquier cosa o en cualquier persona, bajo la promesa del llamado sueño americano.
La posibilidad de alcanzar fama como influencer en redes aparece, para algunos jóvenes, como una meta cercana. Otros reciben mensajes constantes sobre que son los mejores, desarrollan una autoestima elevada y quedan protegidos de las dificultades. Ma advirtió que esa combinación puede acumular sentimientos de fracaso cuando la realidad no coincide con esas expectativas.
El psicólogo evolutivo Glenn Geher propuso no entender el fracaso solo como una debilidad individual. “Los más exitosos son quienes más han fracasado”, afirmó. Desde su perspectiva, una persona que ya enfrentó obstáculos tendrá menos posibilidades de rendirse ante una nueva dificultad.

Analizar una derrota no equivale a obsesionarse con ella
Las personas con mayor tendencia a la negatividad pueden rumiar sus fracasos, mientras que otras tratan de no pensar en ellos. Para Ma, ninguna de esas respuestas debería reemplazar el análisis de lo ocurrido. La propuesta consiste en extraer la información que deja cada tropiezo y utilizarla en el futuro, sin convertirlo en un pensamiento repetitivo.
También cuestionó la tendencia a romantizar el fracaso como una medalla o como un requisito inevitable para alcanzar el éxito. La frase “hay que fracasar para tener éxito”, advirtió, puede reducir una experiencia dolorosa a un cliché.
El autor Roman Krznaric, de “Carpe Diem Regained”, señaló que esa idealización minimiza las derrotas, como si llevaran de forma automática a una tierra prometida. La respuesta de Ma fue directa: “¿Siempre hay un lado positivo cuando fracasamos? No. A veces, simplemente fracasamos”.
Su madre, recordó, solía decirle: “Cuando termines de quejarte, ve a barrer el suelo”. La frase condensaba una idea práctica: el fracaso puede ser inevitable y no hay nada romántico en caer de bruces.

Aceptar una mala noticia, añadió Ma, favorece una forma de pensamiento positivo y saludable, asociada con el crecimiento psicológico y con una reestructuración cerebral necesaria. Perder el control ante la derrota o glorificarla son, para la autora, respuestas opuestas a una actitud reflexiva.
Una respuesta compasiva y práctica frente a los errores
Ma propuso una mirada compasiva y concreta. “Démonos un respiro”, planteó, antes de sugerir una serie de pautas para responder ante las decepciones.
El fracaso, sostuvo, puede ser útil, inevitable y positivo. Cuando la preocupación por el rendimiento ocupa demasiado espacio, recomendó volver al propósito personal. Si aparecen emociones difíciles, propuso prestar atención a las sensaciones físicas, observar los pensamientos que surgen y dejarlos ir.
En vez de dar vueltas sobre lo ocurrido, la autora sugirió aprovechar lo aprendido, aplicar estrategias nuevas y continuar. “Si fracasas, vuelve a fracasar, muchas veces”, escribió. La idea final fue tratar los tropiezos como capital de trabajo para los desafíos que puedan aparecer después.




