
El paso de la juventud a la vida laboral está dejando una deuda que va mucho más allá de las cifras de empleo. El borrador del Banco de la República, titulado Jóvenes que ni estudian ni trabajan: Dinámica y determinantes en Colombia, advierte que permanecer fuera del estudio y del trabajo durante esa etapa puede tener efectos que se prolongan hasta la adultez y terminan afectando la capacidad productiva de Colombia.
El problema adquiere mayor dimensión cuando se mira el país completo. En 2024, el 23% de los jóvenes entre 15 y 24 años estaba en esta condición. En las siete principales áreas metropolitanas, la proporción fue del 18,2%. La diferencia muestra que las ciudades intermedias y las zonas rurales enfrentan mayores dificultades para incorporar a los jóvenes al sistema educativo y al mercado laboral.
El rezago también resulta evidente frente a otros países. La tasa colombiana supera ampliamente el promedio de las naciones que pertenecen a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde) y puede llegar a quintuplicar los registros de economías como Noruega y los Países Bajos.
Detrás de estos porcentajes hay un momento particularmente vulnerable. Entre los 16 y los 18 años aumenta con fuerza la posibilidad de que un joven pase a la inactividad: el riesgo puede subir del 5% al 22%. Este periodo coincide con la salida de la educación secundaria básica y media, etapa en la que aparecen obstáculos relacionados con el acceso y la capacidad económica de los hogares.
La situación cambia de forma drástica según el nivel de ingresos. Entre los jóvenes que pertenecen al 20% de hogares con mayores ingresos, la tasa de inactividad ronda el 5%. En el 20% de menores ingresos, en cambio, alcanza el 40%. Para el Banco de la República, estas diferencias muestran cómo las restricciones de liquidez pueden dificultar la continuidad educativa y el ingreso al mercado laboral.

El efecto no termina cuando pasa la juventud. El análisis de cohortes sintéticas incluido en el documento encuentra señales de una denominada cicatriz laboral. Quienes permanecieron inactivos entre los 16 y los 22 años llegan a edades entre los 36 y 42 años con consecuencias sobre su desempeño económico.
En los hombres, esa experiencia se relaciona con una menor ocupación y una mayor persistencia del desempleo durante la adultez. En las mujeres, el impacto aparece en una menor probabilidad de conseguir un empleo asalariado formal, situación que restringe sus posibilidades de autonomía económica y mantiene las brechas de género existentes en el mercado laboral.
La explicación tiene una dimensión productiva. Al quedar fuera de la educación y del empleo, los jóvenes acumulan menos experiencia y desarrollan menos capacidades técnicas y cognitivas. Con el tiempo, esto reduce el aprovechamiento del capital humano disponible y limita la eficiencia del trabajo, la innovación y el crecimiento de la productividad total de los factores.
El fenómeno, además, se vuelve más fuerte cuando la economía atraviesa periodos difíciles. Durante las crisis de 1999 y 2020, la inactividad juvenil llegó al 27% y al 24%, respectivamente. Los datos muestran así la mayor exposición de quienes intentan incorporarse al mercado laboral cuando las oportunidades se reducen.

Las consecuencias se extienden a otros ámbitos de la economía. La poca experiencia laboral y la falta de especialización pueden impedir que los trabajadores alcancen mejores ingresos, con efectos sobre el consumo y sobre la cantidad de personas que realizan aportes al sistema de seguridad social.
El Banco de la República señala que un crecimiento sostenido del Producto Interno Bruto (PIB) real puede ayudar a absorber la oferta de trabajadores jóvenes. Sin embargo, el borrador plantea que el crecimiento económico por sí solo no resuelve el problema. También considera necesarias reformas estructurales que permitan proteger la transición entre la educación y el empleo.
La advertencia apunta a un desafío de largo plazo: Colombia no solo enfrenta el reto de reducir la inactividad juvenil actual, también debe evitar que esos años fuera de las aulas y del mercado laboral terminen convirtiéndose en una desventaja permanente para quienes los atraviesan y, por esa vía, para la capacidad productiva del país.




