
Es una tragedia ignorada por casi todo el mundo. Cuando se habla de grandes naufragios en tiempos de paz, el primer nombre que surge es el del Titanic, el transatlántico de lujo que se hundió después de chocar con un iceberg en 1912, al que muchos consideran el mayor de la historia, con sus 1.514 muertos. En cambio, casi nadie tiene noticias de la existencia de uno mucho más luctuoso y cercano en el tiempo, el del trasbordador senegalés Le Joola, ocurrido el 26 de septiembre de 2002 frente a las costas de Gambia, con un saldo de 1.863 víctimas fatales y solo 64 sobrevivientes. “Murió más gente que en el Titanic pero en Occidente no fue noticia”, explicó el investigador estadounidense Pat Wiley hace unos años, al presentar su libro El hundimiento del MV Le Joola: el Titanic africano, el único que se ha escrito sobre el caso.
El contraste informativo entre uno y otro caso tiene explicación: para la prensa occidental —y para la industria cinematográfica— vende mucho más un hecho donde mueren ricos y famosos que otro donde las víctimas son pobres y desconocidos africanos. Lo sintetiza a la perfección una escena de la película The Paper, protagonizada por Michael Keaton, donde en una reunión de editores del diario sensacionalista The New York Sun, la encargada de la sección de noticias internacionales dice: “Hubo un terremoto con doscientos muertos en Turquía, ningún neoyorquino, no nos sirve”.
A diferencia del Titanic, el Le Joola no naufragó por chocar con una mole flotante de hielo sino producto de un cóctel de irresponsabilidades que incluyó una sideral sobreventa de pasajes, un motor que no funcionaba desde que zarpó, la falta de controles estatales y una serie de factores más que provocaron que una tormenta lo hiciera escorar, luego darse vuelta y finalmente hundirse. Unos días después, el entonces presidente de Senegal, Abdoulaye Wade, definió así las causas: “Después de haber llorado a nuestros muertos y haber rezado por ellos, debemos mirar hacia adentro, y admitir que los vicios que están en la raíz de esta catástrofe se basan en nuestros hábitos de ligereza, la falta de seriedad, la irresponsabilidad y a veces la codicia, cuando toleramos situaciones que sabemos son perfectamente peligrosas, simplemente porque nos beneficiamos de ellas”.

Una trampa mortal
El trasbordador Le Joola, construido en Alemania en 1990, tenía 79 metros de eslora y 12 de manga. El mismo año de su botadura comenzó a cubrir la ruta Dakar-Carabán-Ziguinchor, para comunicar la provincia sureña de Casamance, separada del centro y el norte de Senegal por Gambia. Tradicionalmente, la forma más barata de viajar de Casamance a la capital, Dakar, era por una ruta en muy mal estado, en el este, o por mar en el oeste. Pero Casamance sufría una rebelión separatista, y los ataques a las rutas hacían más seguro el viaje en barco. En 1995, los militares se hicieron cargo del Le Joola, como medida de seguridad en esos tiempos violentos.
El jueves 26 de septiembre de 2002, el Le Joola zarpó a la una y media de la tarde de Ziguinchor. Aunque tenía una capacidad para llevar a 580 personas, contando a los pasajeros y la tripulación, llevaba a 1.863 personas a bordo, triplicando el límite. En los registros quedó constancia de que 1.034 habían comprado sus pasajes y que el resto viajaba gratis, por tratarse de niños menores de cinco años o por autorización estatal. De acuerdo con muchos testimonios recogidos después del naufragio, al partir ya navegaba inclinado.
Alrededor de las 11 de la noche, cuando navegaba frente a la costa de Gambia, se desató una tormenta que en condiciones normales no lo habría afectado, pero la sobrecarga y la mala distribución del pasaje hicieron que se inclinara bruscamente hacia la izquierda y el agua entrara por algunos ojos de buey abiertos. La carga y los vehículos del garaje, todos sueltos, se deslizaron de estribor a babor, e hicieron oscilar el barco, que se dio vuelta en apenas cinco minutos. “La gente gritaba, y de repente se quedó en silencio. El agua los había tapado. Cuando el barco estaba casi vertical, nadé hacia arriba y eso me salvó”, contó después Ousmane Keita, un estudiante que volvía a Dakar para retomar sus clases en la universidad.
Otro sobreviviente, Lamine Coly, estaba en la cubierta del trasbordador cuando se inclinó y terminó volcando. “Nunca imaginé que un barco tan grande podía darse vuelta, pero cuando vi el agua, me di cuenta de que era real, el barco había volcado. La confusión era total, no sabías a quién salvar. Todo el tiempo hubo gritos, algunas personas estaban siendo arrastradas. Nadabas con alguien y de repente veías que se ahogaban. No lo puedo olvidar”, contó.
Muchos pasajeros murieron ahogados en pocos minutos y otros quedaron dentro del trasbordador en bolsas de aire que se formaron en los compartimentos. Luego de caer al agua, unas veinte personas lograron subir al casco. Desde allí oyeron los gritos de los pasajeros que seguían vivos en el interior, hasta que dejaron de escucharlos porque el aire se agotó y el barco comenzó a hundirse. Entonces debieron saltar al agua y alejarse nadando.

Demoras en el rescate
El trasbordador permaneció volcado, pero a flote, hasta cerca de las tres de la tarde. Los equipos de rescate del Gobierno no llegaron hasta la mañana siguiente. Más tarde se determinó que no había sonado ninguna alarma ni se había enviado ninguna llamada de socorro a Dakar o Ziguinchor. Las autoridades no se enteraron de la catástrofe hasta alrededor de las 7 de la mañana, gracias a los barcos que pasaban por allí. La fuerza aérea senegalesa no envió aviones de búsqueda y rescate hasta casi el mediodía, según un informe de los investigadores senegaleses.
Luego se comprobó que las balsas y los chalecos salvavidas del trasbordador no pudieron ser utilizados porque estaban atados en la cubierta superior y, al producirse un vuelco tan rápido, quedaron a 15 metros de profundidad sin que pudieran ser desamarrados.
También hubo cientos de muertos a causa de esa demora y si la cifra no fue aún mayor se debió a que varias embarcaciones que estaban por la zona rescataron a decenas que todavía permanecían a flote. Hubo pescadores que interrumpieron su trabajo durante tres días para ayudar a los sobrevivientes primero y después para recuperar cadáveres.
El buzo de la Marina senegalesa Ismaila Ndaw fue uno de los primeros rescatistas en llegar. Cuando alcanzó a la embarcación y entró por el restaurante, se encontró con cientos de cuerpos, algunos de ellos todavía tomados de la mano. Luego nadó hacia la proa y llegó a los camarotes de primera clase, que estaban sellados y no se habían inundado. Allí, algunos pasajeros agitaban las manos a través de las ventanas de babor. Ndaw declaró después que no pudieron salvarlos porque los rescatistas no estaban equipados con sopletes para perforar el casco y que abrir las puertas de esos camarotes habría provocado el hundimiento del barco, que todavía flotaba dado vuelta. Durante los siguientes diez días, él y otros miembros del equipo de respuesta se dedicaron a rescatar cadáveres, entre ellos los de más de cuatrocientos niños.

Justicia negada
La enorme combinación de errores y negligencias que provocaron la tragedia del Le Joola está documentada: el barco carecía de licencia de navegación, transportaba el triple de pasajeros permitidos y la tripulación no los distribuyó de manera que quedara equilibrado, uno de los dos motores no funcionaba, los oficiales de a bordo no pidieron el pronóstico del clima antes de zarpar, tampoco hicieron llamados de auxilio cuando el trasbordador comenzó a escorar y, por último, los equipos de rescate demoraron más de diez horas en llegar.
Pese a todas esas evidencias, la Justicia senegalesa cerró una investigación sobre el desastre un año después y dictaminó que el capitán —que murió y cuyo cuerpo nunca fue rescatado— era el único responsable. Por su parte, el Gobierno ofreció una indemnización de cerca de 15.000 dólares a los sobrevivientes y a las familias de las víctimas con la condición de que no iniciaran ninguna demanda.
En 2005, la Unión Europea otorgó a Senegal los fondos para levantar los restos del Le Joola, que se encuentran en el lecho marino a veinte metros de profundidad, pero hasta hoy el trasbordador no ha sido reflotado. Tampoco cientos de cadáveres que todavía permanecen atrapados en su interior.




