
La explosión del volcán Krakatoa en Indonesia en 1883 dejó decenas de miles de muertos y, además, abrió una etapa decisiva para la ciencia al revelar el alcance global de los fenómenos atmosféricos, un hallazgo que vuelve a cobrar actualidad con el próximo lanzamiento del satélite MTG-I2 de la Agencia Espacial Europea (ESA).
De acuerdo con un reporte de Deutsche Welle, el despegue del nuevo satélite europeo coincidió con el aniversario de la erupción del Krakatoa, que alteró la comprensión científica de la atmósfera. Esto vinculó un desastre del siglo XIX con una nueva generación de instrumentos destinados a mejorar la observación meteorológica y los sistemas de alerta temprana.
La erupción que cambió la comprensión de la atmósfera
El 27 de agosto de 1883, el Krakatoa entró en erupción en la isla indonesia de Rakata, entonces parte de las Indias Orientales Neerlandesas. La detonación fue una de las más intensas de la era moderna y llegó a oírse en Australia y en la India, a más de 4.000 kilómetros de distancia.
Las estimaciones citadas por DW señalan que la energía liberada resultó comparable a la de 13.000 bombas atómicas. La columna de ceniza alcanzó unos 80 kilómetros de altura, cubrió cerca de 778.000 kilómetros cuadrados y el saldo humano dejó unas 36.000 muertes en menos de 48 horas, en su mayoría por los tsunamis desencadenados tras la explosión.
La dimensión del fenómeno no quedó limitada al entorno del volcán. El episodio permitió detectar una onda de presión que dio la vuelta al planeta, un dato que ayudó a los científicos de la época a comprobar que un evento localizado podía alterar el sistema atmosférico mundial.
José Luis Camacho, portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) de España, explicó en declaraciones recogidas por DW que en Europa se advirtió el paso de esa perturbación barométrica desde el este y desde el oeste. “Del Krakatoa nos enteramos en Europa porque de pronto se registró una onda de presión que llegó directamente por el este por un lado y también por el oeste, dando toda la vuelta a la Tierra”, afirmó.

Cielos rojos, menos radiación y una caída de la temperatura global
La erupción también dejó señales visibles durante largo tiempo. Los cielos de distintas regiones del mundo adoptaron tonos rojizos, sobre todo al atardecer, por efecto de las partículas expulsadas a las capas altas de la atmósfera. Ese cambio persistió durante cerca de dos años y se convirtió en una de las evidencias más claras del impacto global del episodio.
La combinación entre la onda de presión, el enrojecimiento del cielo y la presencia de cenizas en la estratosfera permitió advertir la magnitud planetaria del fenómeno. “La evidencia de esta onda de presión, junto con la evidencia de que los cielos empezaron a tomar un tinte rojo y la presencia de cenizas en la estratosfera, hizo ver a los científicos que aquello tenía un impacto global”, señaló Camacho.
Los efectos no fueron solo visuales. La radiación solar se redujo de forma gradual y la temperatura media descendió alrededor de 1 grado a escala global. Esa alteración climática incidió en las cosechas y ofreció a la comunidad científica un caso concreto para estudiar el vínculo entre aerosoles, cenizas volcánicas y variaciones del clima.
El episodio también quedó asociado a la historia del arte. Distintos autores plantearon que los atardeceres alterados por la erupción pudieron influir en Edvard Munch al concebir El grito en Noruega. Según repasó DW, esa relación circuló como una hipótesis cultural extendida, aunque no quedó establecida como una certeza definitiva y luego fue discutida por investigaciones posteriores sobre el origen del cielo rojizo de la obra.
Los nuevos satélites como apuesta para mejorar las alertas tempranas
La clave científica del Krakatoa estuvo en la altura que alcanzó el material expulsado. Camacho explicó a DW que, en una erupción convencional, gran parte de las partículas permanece en la troposfera y su efecto resulta acotado. En este caso, la violencia de la explosión empujó cenizas y aerosoles hasta la estratosfera, donde la circulación del aire facilita su dispersión horizontal a grandes distancias.
“La clave del impacto del Krakatoa es que la explosión fue tan intensa que llegó a la estratosfera, donde el aire no se disipa verticalmente, sino de manera horizontal”, precisó Camacho en declaraciones recogidas por DW. Ese comportamiento permitió avances en el estudio de la circulación atmosférica superior y en la comprensión de los efectos de los aerosoles sobre el clima.
Esa experiencia histórica adquiere una nueva dimensión con la familia Meteosat de Tercera Generación (MTG), desarrollada para reforzar la vigilancia sobre fenómenos extremos. El satélite MTG-I2, cuyo lanzamiento prepara la ESA, formará parte de un sistema capaz de ofrecer imágenes meteorológicas de Europa cada 2,5 minutos.
Esos equipos también permitirán elaborar mapeos 4D de la atmósfera y mejorar la capacidad de pronóstico a corto plazo. DW sentenció que la meta es fortalecer los sistemas de alerta temprana frente a tormentas, incendios forestales y erupciones volcánicas, con datos más rápidos y precisos sobre la evolución de cada evento.