
La muerte en Panamá de Dagoberto “Yin” Carrizo Medrano, a los 87 años, cierra la trayectoria de un acordeonista que convirtió un lenguaje musical interiorano en un emblema nacional.
Su obra unió repertorios de baile, sensibilidad romántica y una proyección que alcanzó públicos dentro y fuera del país.
El músico nació en Ocú, provincia de Herrera, en 1939, y su estilo se caracterizó por una ejecución lírica, pausada y sentimental, una impronta que lo convirtió en una referencia de la música típica panameña.
La formación musical de Yin Carrizo empezó a los cinco años, cuando de manera empírica tocaba la armónica, un instrumento que marcó sus primeros pasos antes de que el acordeón definiera el rumbo de su vida artística.
Cuatro años después, su madre le regaló su primer acordeón y desde ese momento el instrumento pasó a ocupar el centro de su expresión musical, terminando por convertirse en el elemento más reconocible de su carrera.

La adolescencia del artista transcurrió en la escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena. Allí escribió, a los 13 años, su primera composición: Viva Panamá.
La pieza tenía una temática patriótica y luego se incorporó como una de las obras centrales de su repertorio. Sus biógrafos indican que la elección del país como asunto de aquella canción anticipó una relación persistente entre su música y la identidad nacional.
Al frente de la agrupación Viva Panamá, Yin Carrizo acompañó a figuras del folclor nacional como su cantante estrella Catalina Carrasco, “Catita de Panamá”, cuyo trabajo ayudó a ampliar la presencia de la música típica en los circuitos locales e internacionales.
El acordeonista no limitó su repertorio a los escenarios campesinos, su carrera conectó la vida cultural del interior con los públicos urbanos y con audiencias de otros países, sin apartarse de las tradiciones del tamborito, la tamborera y la cumbia panameña.
Entre sus composiciones figuraron “Viva Panamá”, “Lucy” y “Julia”, canción esta última que fue grabada en ritmo de salsa por el Gran Combo de Puerto Rico, mientras que “Lucy” alcanzó una difusión internacional y reconocimientos de ventas sin precedentes para un artista típico.

La obra de Yin Carrizo consolidó un modo de interpretar el acordeón asociado con el romanticismo y el sentimiento patriótico.
Esa combinación permitió que el folclore de la península de Azuero adquiriera una presencia más amplia dentro de la cultura popular panameña.
La música típica panameña tuvo una etapa anterior dominada por el violín y la guitarra, instrumentos llegados desde España que se integraron a prácticas festivas como el tamborito, y de esa convivencia surgió una sonoridad que acompañó celebraciones y formas de baile en pareja.
Durante buena parte de la primera mitad del siglo XX, el violín ocupó el lugar principal en los conjuntos que animaban las fiestas de pueblos y campos del interior, pero la llegada del acordeón modificó esa organización musical.
El nuevo instrumento no solo aportó otro sonido, también instaló un modelo de agrupación encabezada por un solista reconocido, cuya manera de tocar y cuyas composiciones podían distinguir a un conjunto de otro.

El acordeonista pasó a reunir varias funciones: intérprete, compositor, arreglista y líder escénico. El bajo y la percusión complementaron esa estructura, a la que más tarde podían sumarse instrumentos eléctricos y teclados.
Yin Carrizo heredó ese formato y lo llevó hacia una expresión personal, su acordeón articuló una música apta para los bailes populares y para las grabaciones de larga duración, además de abrir espacio para el género en escenarios que antes recibían otras propuestas musicales.
A lo largo de su vida artística, Yin Carrizo recibió la Orden Vasco Núñez de Balboa, y también fue homenajeado como personalidad sobresaliente de Panamá, una distinción vinculada a su aporte a la difusión de la cultura nacional.




