
Un análisis reciente sobre 7.595 muertes súbitas e inesperadas de lactantes en Estados Unidos volvió a poner bajo la lupa una práctica extendida en muchos hogares: compartir la superficie de sueño con el bebé.
Tal como informó National Geographic al abordar este debate, la costumbre de dormir cerca tiene raíces profundas en la historia humana. Sin embargo, en la actualidad, se da en entornos domésticos muy distintos, donde colchones blandos, almohadas y superficies elevadas pueden modificar la relación entre proximidad y cuidado.
La discusión no es solo cultural. También plantea una pregunta sanitaria concreta: ¿en qué condiciones dormir cerca del bebé representa un peligro? Un estudio reciente publicado en la revista Pediatrics analizó entornos de sueño en miles de muertes infantiles registradas en 23 jurisdicciones estadounidenses. El hallazgo central no ofrece una respuesta definitiva sobre el colecho, pero sí una advertencia precisa.

Según se detalla en el estudio, el 59,5% de los casos ocurrió mientras el lactante compartía una superficie para dormir y, además, al menos el 76% de todas las muertes analizadas presentaba múltiples factores inseguros. Ese patrón sugiere que el riesgo no suele concentrarse en un solo elemento, sino en una combinación de circunstancias.
Qué encontró el estudio
El trabajo analizó muertes súbitas e inesperadas de lactantes ocurridas entre 2011 y 2020. Su objetivo fue describir las características de los casos sobre superficies compartidas y no compartidas, sin calcular por sí mismo cuánto más frecuente es cada práctica en la población general.

Por eso, sus resultados permiten retratar contextos de muerte, pero no establecer de manera aislada el riesgo absoluto de cada modalidad de sueño. Dentro de los casos en que el bebé compartía la superficie, predominaban los menores de 3 meses.
Además, el estudio señaló que estos lactantes eran hallados en camas de adultos o sillones y que la exposición prenatal al humo del cigarrillo, así como el consumo de alcohol o drogas por parte del adulto a cargo, eran factores frecuentes.
Entre los fallecimientos sobre superficies compartidas, el 68,2% de los bebés dormía con adultos solamente, el 75,9% estaba en una cama de adulto y el 51,6% compartía con una sola persona.

Qué aportan los especialistas al debate
La antropóloga Helen Ball, de la Universidad de Durham, lleva décadas estudiando una distinción que suele perderse en la discusión pública: no es lo mismo hablar de compartir la cama como categoría general que describir las condiciones concretas que pueden volver más riesgosa esa situación.
Según National Geographic, Ball considera esencial combinar la recomendación más segura con la explicación clara de qué escenarios elevan el peligro cuando el colecho ocurre de todas formas.

El problema no aparece como una decisión binaria entre cama compartida o cuna separada, sino como una trama de variables que incluye la edad del bebé, el tipo de superficie, la presencia de ropa de cama blanda y el estado de alerta del adulto. Así, el estudio refuerza la idea de que el entorno completo importa tanto como la proximidad física.
El antropólogo biológico James McKenna, conocido por investigar la relación entre lactancia y sueño infantil, propuso junto con otros autores el término breastsleeping, una forma de nombrar la situación en que una madre que amamanta duerme cerca de su bebé sin otros peligros conocidos.

National Geographic retoma ese concepto para mostrar que alimentación nocturna, respuesta materna y sueño forman parte de una misma ecología biológica. Aun así, esa perspectiva no invalida la advertencia central de las guías pediátricas actuales sobre los riesgos del entorno moderno.
Por qué las guías siguen desaconsejando compartir la cama
Las recomendaciones de la Academia Estadounidense de Pediatría mantienen que el lugar más seguro para dormir es una superficie firme, plana y separada, ubicada en la habitación de los padres.
El estudio reciente no modifica ese criterio. Más bien ofrece una radiografía actualizada de los casos fatales y muestra con mayor detalle dónde se concentraban varias condiciones inseguras a la vez.

Según detalla el estudio, la mayoría de las muertes súbitas e inesperadas de lactantes analizadas presentaba múltiples factores de sueño inseguros, sin importar si el bebé dormía sobre una superficie compartida o no. El núcleo del hallazgo es que el riesgo del sueño infantil rara vez depende de un único hábito aislado.
En los primeros meses de vida, cuando la vulnerabilidad es mayor, las combinaciones entre cama de adulto, ropa blanda, humo de tabaco o alteración del estado de alerta pueden volver más frágil al lactante.

Por eso, la recomendación sanitaria actual se mantiene sin cambios: que el bebé duerma boca arriba, sobre una superficie firme y separada, sin almohadas ni mantas sueltas, cerca de sus cuidadores pero no en la misma cama.
El nuevo análisis no clausura el debate cultural sobre la cercanía nocturna, pero sí aporta evidencia reciente para describir con más precisión en qué contextos se acumulan los riesgos.