Nacida un 24 de julio de 1928 en el barrio porteño de La Boca, la escritora Griselda Gambaro, que ha fallecido hoy a los 98 años, tuvo una larga trayectoria basada en textos profundos, preocupados por la condición humana y la realidad social, y política, que le tocó vivir. Se la refiere como una renovadora que, como apunta el crítico Carlos Pacheco por estas horas, abrió el camino para las escritoras teatrales, que vieron en ella un faro, iluminadora de caminos.
Estrenó su primera obra, El Desatino, en 1965, en el Di Tella, y provocó un pequeño terremoto. ¿Acaso porque la había escrito una mujer? ¿Acaso porque no se inscribía en la corriente de realismo social que imperaba en el momento? En esa década fructífera estrena otras piezas que serán fundamentales para todos los teatreros que tomaban nota: Las paredes, Los siameses, El Campo.

Exiliada durante la dictadura en Barcelona junto a su marido, el artista plástico Juan Carlos Distéfano, que falleció en julio pasado, publicó su novela Ganarse la muerte en 1977, censurada por el gobierno militar.
Sus colaboraciones con Alberto Ure, Laura Yusem, que dirigió una decena de textos suyos, Alicia Zanca, Rubén Szuchmacher, Augusto Fernandes o Pompeyo Audivert dan cuenta del interés que despertaba su lenguaje y su particular mirada del mundo desde el dispositivo teatral.

Escritora de raza, teatrera de ley, incursionó también en la puesta de los clásicos. Antígona furiosa, a partir de la tragedia de Sófocles; La señora Macbeth, basada en la obra de Shakespeare; Querido Ibsen, soy Nora, relectura de Casa de muñecas; o Penas sin importancia, con textos de Chéjov. Por supuesto, recibió por el conjunto de su trabajo numerosos premios y homenajes. El Konex de platino, el Honoris Causa del IUNA, entre otros reconocimientos.



