Cartel de bienvenida a las Islas Malvinas en el muelle de Puerto Argentino. EFE/Felipe Trueba

En 1974, durante el tercer gobierno de Perón, Tomás Manuel de Anchorena era nuestro embajador en el Reino Unido. Fuimos enviados tres diputados en una misión cuyas características conocíamos en líneas generales. La embajada nos recibió y el embajador nos invitó a cenar con un señor que se presentó como presidente de las Islas, de la empresa. Tenía intenciones de trasladarla a nuestra sociedad. Luego nos llevaron al Foreign Office, donde dialogamos sobre esta opción dentro de la paz de las Islas, que en ese momento daban pérdida. El presidente de la empresa había trabado una relación amistosa con nuestro embajador. Una noche, ambos nos invitaron a una cena en la embajada y cerraron con un postre que era una torta con las Islas dibujadas y una bandera argentina. En el Foreign Office fuimos recibidos oficialmente y se nos dijo que esa posibilidad existía, que podíamos viajar. Volvimos a la Argentina y se contrató un barco de bandera griega con el cual navegamos hacia las Malvinas.

Cuando llegamos fuimos muy bien recibidos, recuerdo que tomamos el té en una casa de familia. Los domingos, cuando voy a almorzar a la casa de la madre de mis hijos, se suele servir el postre en unos pequeños platos de porcelana inglesa que compramos en ese viaje. Por la tarde, subimos al barco e invitamos a un grupo de maestros lugareños que nos acompañaron en un viaje por la zona. Dialogamos con ellos, que estaban realmente satisfechos de la posibilidad de un acercamiento con la Argentina, ya que uno de los temas que los preocupaba era la necesidad de tener una sociedad desarrollada cercana a sus tierras con acceso aéreo fácil. Volvimos y quedó el proceso de acercamiento consolidado en Inglaterra y en las Islas. No encontramos rechazo alguno.

Me cuesta a veces recordar ese proceso por lo distante que quedó debido al golpe de Estado de 1976 y al enfermizo ataque de Galtieri del 2 de abril del 82, de modo que el recuerdo terminó por ubicarse en una zona cercana a lo absurdo.

La guerra, los caídos, sus héroes, siempre fueron un límite para recuperar aquel momento en el cual la política del General Perón había permitido un acercamiento. Pensemos que en ese momento, Argentina tenía un nivel de integración social semejante al de Francia y que nuestra sociedad tenía un desarrollo un poco mayor que el de Brasil.

La esencia del diálogo con cualquier grupo humano está basada en la calidad de nuestras instituciones y en la solidez de nuestra democracia, dos aspectos esenciales que hoy están lejos de concretarse. Por eso, cuando algunos políticos y periodistas utilizan un tiempo para definir los años de nuestra decadencia, repitiendo cifras que solo nos acercan a los períodos más entreguistas de nuestro país, a los del dominio absoluto de una oligarquía agroexportadora que daba a los peones por “votados” en cada elección, a ese tiempo del fraude hipócritamente denominado “patriótico”, se evidencia la nostalgia de aquel período de cien años atrás que no fue en favor del pueblo y al que esta política libertaria, con Milei y sus secuaces a la cabeza, nos está llevando nuevamente.

En cambio, si pensamos en cincuenta años atrás, queda a las claras que un hecho tan trascendente como aquel acercamiento con Malvinas era posible para una sociedad estable y desarrollada en lugar de las pantomimas saltimbanquis, estridentes y cambiantes que hoy dominan el panorama nacional, en particular ahora, respecto de Malvinas -tema que jamás ocupó el interés de Milei- tras las sibilinas declaraciones de Trump, de admirador de Thatcher a propulsor de la venta de nuestras tierras, la unidad nacional por Malvinas formulada por el mismo personaje suena a oportunismo, pero merece ser tenida en consideración, siempre y cuando esta postura se mantenga. Derecho a dudar de que así sea, dada la carencia de convicciones nacionales de este presidente, tenemos de sobra.

En suma, actualmente estamos tan lejos de aquel acercamiento a un acuerdo por las Islas Malvinas como de aquella sociedad.