
Los resultados de PISA 2025 vuelven a poner frente a nosotros una realidad incómoda: América Latina no está logrando mejorar de manera sostenida los aprendizajes de sus estudiantes. Con algunas excepciones y avances todavía modestos, la región permanece estancada. En nuestro país, en particular, más del 75% de los estudiantes no logra el nivel mínimo esperado en matemática, el 60% no lo logra en lengua y el 59% en Ciencias.
Lejos de llevarnos a bajar los brazos, PISA 2025 debe obligarnos a redoblar el esfuerzo.
Los datos tienen que incomodarnos, pero no paralizarnos; deben servir como catalizador para transformar una preocupación recurrente en una verdadera prioridad nacional.
La educación no es un indicador estadístico más, sino el principal motor de desarrollo para las personas y las sociedades. No garantizar aprendizajes sólidos compromete la movilidad social, restringe las oportunidades laborales futuras y limita el desarrollo económico. Por el contrario, cuando se garantiza el derecho a la educación, se amplían los horizontes de vida, se contribuye a reducir la pobreza estructural y se fortalece la innovación.
Revertir este escenario es urgente, pero encierra una dificultad particular: los resultados no se consiguen con políticas sencillas. Transformar los aprendizajes requiere un liderazgo político capaz de movilizar, así como inversión sostenida, capacidad de gestión y perseverancia. La complejidad de este desafío no puede ser una excusa para postergarlo, sino la principal razón para construir acuerdos amplios que permitan sostener las políticas en el tiempo.
Sabemos que, si queremos cambiar los resultados, las medidas aisladas o los programas fragmentados no alcanzan. La mejora educativa exige una estrategia integral donde cada pieza cumpla su función: un liderazgo político sostenido, condiciones materiales adecuadas con tiempo efectivo de clases, libros disponibles para todos los estudiantes desde el primer día, docentes valorados con oportunidades de desarrollo profesional continuo, acompañamiento pedagógico situado, sistemas de evaluación que orienten la enseñanza y un Estado fortalecido capaz de sostener las políticas y la inversión.
Recursos, gestión y pedagogía no son caminos alternativos, sino engranajes inseparables de un mismo sistema. La verdadera transformación ocurre cuando todas estas dimensiones traccionan en la misma dirección y se mantienen durante el tiempo suficiente para producir resultados concretos.
El informe PISA 2025 nos entrega un diagnóstico preciso, pero el verdadero desafío es pasar del análisis de los datos a la acción. De cara a las elecciones de 2027, se abre una oportunidad ineludible para que la educación ocupe, de una vez por todas, el lugar central que merece en la agenda pública. Este es el momento de elevar la relevancia política del aprendizaje, invitando a quienes aspiran a la presidencia y a las gobernaciones a compartir sus visiones y propuestas concretas para revertir esta situación. Superar el estancamiento exige que la mejora educativa deje de ser una expresión de deseo para convertirse en la principal prioridad política y de gestión de los próximos años.




