Usain Bolt llevó el récord de los 100 metros a 9,58 segundos en 2009 y esa marca sigue como referencia central del debate sobre los límites del rendimiento (AP Foto/Michael Sohn, Archivo)

Los récords mundiales, tanto en Juegos Olímpicos como en mundiales, condensan una época. Reflejan la evolución del entrenamiento, la nutrición, la recuperación, la técnica y los materiales, pero también la aparición de atletas capaces de correr, saltar o nadar más allá de los parámetros conocidos.

En el atletismo, la distancia entre las marcas actuales y las de hace un siglo muestra la dimensión de ese cambio: a comienzos de la década de 1920, el récord masculino de 100 metros estaba en torno a los 10,6 segundos; Usain Bolt lo llevó a 9,58 en 2009, número que aún no ha sido superado. Esta diferencia, apenas superior a un segundo, marca la complejidad de quebrar marcas históricas.

La progresión, de todos modos, no es constante ni uniforme. Las mejoras suelen desacelerarse cuando una disciplina se acerca a sus límites físicos y técnicos, aunque cambios reglamentarios, innovaciones en el equipamiento o un talento excepcional pueden alterar esa tendencia. Algunas marcas resisten durante décadas, como los 8,95 metros de Mike Powell en salto de longitud masculino, vigente desde 1991, mientras otras caen con frecuencia.

Armand Duplantis elevó el récord mundial de salto con pértiga a 6,30 metros y sumó 14 plusmarcas desde 2020 (EFE/EPA/Zsolt Czegledi)

Armand “Mondo” Duplantis representa este segundo escenario. El sueco transformó el salto con pértiga en una sucesión de récords y elevó la plusmarca mundial hasta 6,30 metros, con 14 nuevas marcas desde 2020. Cada centímetro plantea la misma discusión: si el rendimiento humano continúa avanzando, ¿en qué momento una marca dejará de parecer vulnerable y pasará a ser prácticamente imbatible?

La matemática de los récords: ¿cuándo serán inquebrantables?

La matemática ayuda a describir la diferencia de por qué algunos se quiebran constantemente y otros permanecen en la historia. Según explicó BBC Future, si un sistema se mantiene estable, la posibilidad de que aparezca un nuevo récord disminuye con cada medición.

El primer año siempre deja una marca máxima; en el segundo año, la probabilidad de superarla es de una entre dos; en el tercero, de una entre tres; en el décimo, de una entre diez.

La velocista estadounidense Florence Griffith Joyner ostenta el récord mundial de los 200 metros planos femeninos desde 1988 (AP Foto/Lennox McLendon, Archivo)

Esa sucesión forma parte de la serie armónica, que suma y continúa de forma indefinida. La suma nunca se detiene, por lo que un récord siempre puede caer incluso en un sistema sin cambios estructurales.

Pero el crecimiento se desacelera: tras 100 observaciones, el modelo espera poco más de cinco récords; después de 1.000, apenas cerca de 7. La consecuencia es que las nuevas marcas no desaparecen, aunque los intervalos entre una y otra se vuelven cada vez más largos.

Trasladada al deporte, esa idea permite entender por qué algunas plusmarcas parecen casi inalcanzables sin que necesariamente representen un límite físico absoluto. Un récord puede perdurar porque la diferencia para superarlo es mínima y depende de múltiples variables: el estado de forma del atleta, el clima, la superficie, el equipamiento y hasta el margen de error de una competencia. Todo debe salir a la perfección.

La serie armónica explica que, en un sistema estable, la probabilidad de batir un récord disminuye con cada nueva medición (REUTERS/Aleksandra Szmigiel)

La evolución de los 100 metros expone cómo se estrechó ese margen. En 1912, el estadounidense Donald Lippincott registró 10,6 segundos, una de las primeras referencias mundiales de la prueba. Usain Bolt llevó el récord a 9,58 segundos en Berlín, en 2009.

La diferencia de más de un segundo en una carrera tan corta refleja un siglo de cambios en preparación física, biomecánica, pistas, calzado y profesionalización, indica World Athletics.

Aun así, las mejoras se redujeron. Science Focus, de la BBC, estima que el límite teórico de los 100 metros podría rondar los 9,44 segundos, solo 0,14 por debajo de la marca del jamaiquino. Se trata de una proyección, no de una frontera comprobada: los modelos parten de los datos disponibles y de la idea de que las condiciones de competencia se mantienen comparables.

Ruth Chepngetich celebra después de terminar en primer lugar en la carrera femenina, estableciendo un récord mundial en 2:09:56 durante el Maratón de Chicago (Patrick Gorski-Imagn Images)

Ese supuesto suele fallar. En 2008, un estudio del Instituto de Investigación Biomédica y Epidemiológica del Deporte (IRMES) proyectó que muchas marcas olímpicas se acercarían a su techo estadístico hacia 2068. La investigación no afirmó que los récords dejarían de existir ese año, sino que las mejoras serían cada vez más pequeñas en un escenario de reglas, tecnologías y condiciones similares.

La natación mostró hasta qué punto una modificación externa puede alterar cualquier curva. Los trajes de poliuretano permitidos en 2008 y 2009 contribuyeron a una ola de récords; su prohibición desde 2010 cambió de nuevo el escenario. En el salto con pértiga, Duplantis atribuyó sus avances a ajustes técnicos y rechazó la idea de que conserva grandes márgenes en competencia: aseguró que muchas de sus plusmarcas fueron saltos al límite de lo que podía lograr ese día, explicó a Olympics.net.

Los récords pueden volverse más resistentes, y algunos tal vez queden inmóviles durante generaciones. La matemática anticipa que, si todo permanece estable, serán cada vez menos frecuentes. Pero el deporte casi nunca se mantiene estable: cambian los cuerpos, los métodos, los materiales, las reglas y aparecen atletas que desplazan de nuevo una frontera que parecía fija.