Para Alicia Rozenblum, licenciada en ciencias de la Educación, psicopedagoga y coach ontológico, tener un propósito vital es clave para lograr una longevidad positiva y con calidad de vida. “Es tan importante como cuidar la nutrición, los hábitos saludables, el descanso, el sueño y la actividad física”, explicó en Infobae.

La licenciada destacó que vivimos en una época de cambio demográfico con una población envejecida que requiere diseñar una vida con proyectos y sentido, lo que denomina como la “segunda revolución de la longevidad”.
“La primera revolución de la longevidad es el cambio demográfico, la pirámide poblacional invertida, donde hay menos nacimientos y más gente grande. La segunda revolución de la longevidad tiene que ver con el diseño y la planificación de esa vida”, señaló.
Sobre el lugar del propósito en ese proceso dijo que “los hábitos saludables tienen que ver con el cuidado de la nutrición, de la actividad física y del sueño, pero además también importan el cuidado de la planificación económica y financiera, el cuidado de los vínculos y tener un propósito. Tener un para qué me levanto cada mañana, un ikigai, algo que nos apasione, un proyecto; vivir una vida con proyectos”, describió.
Por su parte, Milagros Abud, licenciada en Psicología, especialista en Clínica de Adultos, explicó a Infobae el concepto del propósito vital: “Tener un propósito es estar conectado con el para qué, con el sentido. Es entender desde dónde hago lo que hago, desde dónde elijo lo que elijo y para qué elijo lo que elijo”.

“Se trata de entender qué sentido tiene para mí esto que estoy haciendo, qué sentido tiene para mí esto que encaro, esto que encarno o esta relación”, resaltó.
Además, mencionó la importancia de actualizar este sentido, especialmente ante la mayor longevidad y las etapas cambiantes de la vida, ya que lo que tuvo sentido en un momento puede caducar y necesita ser replanteado.
La especialista marcó la diferencia entre propósito y metas. “Las metas son el cómo de ese para qué. Si yo tengo un sentido profundo, algo que es muy importante para mí, la meta va a ser el medio o el instrumento para concretarlo. Las metas cambian; el sentido es lo que está de fondo. Y en algún momento también puede cambiar ese sentido”, resaltó.
Además, este proceso también puede venir con un legado a transmitir, explicó Rozenblum. “En ese sentido, el propósito, el legado, el ikigai, descubrir la pasión y seguir armando proyectos es sumamente importante a lo largo de toda la vida”, reafirmó.

En Japón, Ikigai se vive como un equilibrio entre lo que amamos, lo que sabemos hacer bien, lo que el mundo necesita y aquello por lo que podemos recibir algo a cambio.
¿Cómo se relacionan el “ikigai” y la longevidad? El doctor Claudio Waisburg, médico neurólogo y neurocientífico y director del Instituto Soma (MN 98128) explicó a Infobae: “Llevar una vida con propósito suele implicar participar en actividades significativas que mantienen activo al cerebro. Por ejemplo, estudios previos han identificado varias ocupaciones que brindan sentido de propósito o ikigai, tales como mantener relaciones sociales activas, participar en voluntariados o proyectos comunitarios, tener pasatiempos y perseguir metas personales”.
“Todas estas actividades estimulan la mente e implican interacción social, aprendizaje o actividad física ligera– factores que, en conjunto, protegen al cerebro. Así, el ikigai o propósito vital puede verse como un motivador que lleva a la persona a mantenerse mental y socialmente activa, lo que reduciría el riesgo de deterioro cognitivo a largo plazo”, afirmó el experto.
La “falacia de llegada”, la salud mental y la longevidad

La experiencia de sentir que se han cumplido todos los objetivos se asocia con la “falacia de llegada”, un concepto popularizado por el psicólogo Tal Ben-Shahar. Describe la creencia de que alcanzar ciertas metas traerá una satisfacción duradera, aunque en la práctica el cerebro se adapta con rapidez a los logros.
“Hay investigaciones que dicen que la gente que tiene un propósito vital y una actitud más positiva vive más años. Y, de hecho, hay un estudio interesante de la Universidad de Harvard que dice que el mayor índice de bienestar o felicidad se encuentra en las personas a partir de los sesenta años”, citó la psicopedagoga.
De acuerdo con la doctora Mónica de la Fuente, catedrática de Fisiología de la Universidad Complutense de Madrid y especialista en envejecimiento, la pérdida de propósitos o metas vitales tiene consecuencias negativas para la salud mental y física. “Esa peor salud hace que envejezcamos a mayor velocidad y aumenta el riesgo de enfermedad. O sea, reduce la longevidad”, afirmó en We Life.
La doctora sostuvo que la mente humana está preparada para perseguir objetivos. Cuando una persona siente que todavía tiene proyectos importantes por delante, explicó, se activan circuitos cerebrales ligados a la motivación, el bienestar y la salud general.

Pero cuando los desafíos desaparecen y ya no hay metas que funcionen como motor, pueden aparecer el cansancio, la apatía y la tristeza. En ese escenario, advirtió, también se eleva el cortisol, la hormona del estrés, lo que favorece la inflamación y la oxidación del organismo y puede acelerar el envejecimiento.
Desde esa perspectiva, planteó que el envejecimiento saludable ya no puede analizarse solo a partir de los tres pilares clásicos —alimentación, ejercicio físico y descanso—. El propósito, afirmó, empieza a consolidarse como un cuarto factor clave, incluso con más peso que otros hábitos tradicionalmente asociados con la longevidad.
A partir de su trabajo con personas de 90 años y centenarias, la especialista detectó un rasgo que se repetía con frecuencia: “Muchos habían pasado dificultades. Habían trabajado duro. Pero conservaban una enorme motivación, un propósito y una alegría de vivir”, dijo en We Life. La clave, afirmó, es participar en actividades que cada uno perciba como valiosas y coherentes con sus intereses y valores.
La jubilación, un momento bisagra

La licenciada Rozenblum planteó que la jubilación, entendida como retiro laboral, funciona hoy como un hito que obliga a repensar qué hacer con los años que se abren a partir de esa etapa. En sus palabras, se trata de pensar “qué vamos a hacer con estos años, con este bonus track”, en un contexto en el que la mayor expectativa de vida modificó por completo la manera de atravesar la vejez.
Según explicó, durante mucho tiempo predominó un esquema dividido en tres etapas: “cuando soy joven, estudio; cuando soy grande, trabajo; y cuando soy viejo, me jubilo”. Bajo esa lógica, el retiro aparecía asociado a pocos años por delante, dedicados a los nietos, a algún hobby o a viajar. Pero ese paradigma, advirtió, cambió de manera radical".
En la actualidad, sostuvo, después de la jubilación pueden quedar “20 o 30 años de vida activa, de energía, de ganas y de necesidad también”. Esa necesidad, remarcó, no es solo vital sino también material, ya que “no hay sistema previsional en el mundo que sostenga una vida con la misma calidad de vida 20 o 30 años después de la jubilación”.
Desde esa perspectiva, el retiro abre una pregunta central: “¿qué hacemos con estos años?”. La experta señaló que muchas veces allí aparece un vacío, sobre todo porque el trabajo no solo aporta un ingreso, sino que también organiza la vida cotidiana, estructura hábitos, rutinas y vínculos. Por eso, cuando ese marco desaparece de un día para otro, puede producirse una sensación de desorientación e incluso de pérdida de identidad.

También describió que, en general, el proceso atraviesa distintas etapas. Primero, puede aparecer una sensación de alivio o disfrute, asociada a la idea de que “no suena el despertador, qué maravilla”. Sin embargo, advirtió que ese entusiasmo inicial no suele durar demasiado y que después muchas veces llega “una etapa medio de bajón”.
Más adelante, explicó, suele abrirse otro momento, en el que la persona empieza a evaluar alternativas: aprender algo nuevo, hacer un curso, realizar un voluntariado, buscar algún tipo de trabajo o retomar intereses postergados. En ese punto, consideró que la jubilación también puede convertirse en una instancia de reinvención. “¿Quién dijo que la vocación se elige solo a los 17 años o a los 18?”, planteó.
En ese sentido, sostuvo que una vida más larga ofrece nuevas oportunidades para seguir aprendiendo, cambiar de trabajo, revisar vínculos y volver a pensar el propio recorrido. Por eso definió a la jubilación como “un momento bisagra”, capaz de interpelar a las personas a seguir haciendo cosas, revisar su propósito y pensar también en el legado que quieren construir.
Cómo encontrar ese propósito y reinventarse

En el libro “La nueva longevidad”, que escribieron ambas especialistas, explican que las reinvenciones pueden darse en todas las dimensiones de nuestra vida: “En lo personal (cuando impactan en nuestra identidad, autoconcepto y autoestima); en lo vincular (cuando afectan nuestras relaciones familiares, amistades, pareja, etc.); a nivel vocacional, laboral u ocupacional; en lo corporal, y en muchas más”.
Y completan: “Si bien la reinvención puede originarse en una sola dimensión, inevitablemente impacta en todas las demás, porque somos seres integrales”.
La licenciada Abud indicó que existen tres vías principales para encontrar nuevos propósitos de vida, según Viktor Frankl, el reconocido neurólogo, psiquiatra y filósofo austríaco, fundador de la logoterapia y autor de la famosa obra “El hombre en busca de sentido”:

La primera está vinculada con la autoobservación y con la dimensión creativa: registrar qué puede crear cada uno y qué tiene para aportar al mundo.
“El propósito vital requiere un proceso de mucha autoobservación y de salir del piloto automático en el que a veces estamos sumergidos, o de las recetas que a veces nos imponen sobre cómo hay que vivir, qué es lo que hay que hacer y hacia dónde hay que ir”, señaló Abud y recomendó registrar qué podemos aportarle al mundo.
La segunda se relaciona con lo que el mundo nos ofrece a través de las experiencias, los vínculos, la historia personal y los recorridos de vida. Y la tercera es la actitudinal y tiene que ver con la manera en que cada persona se posiciona frente a la incertidumbre, las limitaciones y las frustraciones, detalló la psicóloga.
En ese sentido, consideró que esas experiencias también pueden convertirse en una fuente de aprendizaje y de aceptación de la propia finitud. Desde su mirada, esa conciencia no solo confronta con los límites, sino que también ayuda a conectar con lo verdaderamente importante.

Por último, aclaró que, aunque la idea de propósito suele aparecer más asociada al coaching, desde la psicología prefiere hablar de sentido. En sus palabras, se trata de “encontrar sentidos profundos en nuestra vida, que sean auténticos y que estén vinculados con quiénes queremos ser”. A partir de ahí, agregó, las metas aparecen como el camino necesario para estar en consonancia con esa identidad más auténtica.
En ese marco, la especialista dejó una última reflexión sobre el desafío que abre la nueva longevidad. Según planteó, vivir más años no garantiza por sí solo una mejor vida: la diferencia está en cómo se transita ese tiempo y con qué herramientas cuenta cada persona para darle sentido. Advirtió que ese tramo puede ser vivido “como una condena o como un beneficio”.
Desde su mirada, esa etapa exige autoconocimiento, revisión personal y también la capacidad de pedir ayuda. Las reinvenciones, sostuvo, no ocurren de un día para el otro ni en soledad, sino que requieren tiempo, incomodidad y entornos que acompañen. Por eso, concluyó, el desafío no es solo individual, sino también colectivo: crear condiciones para que más personas puedan conectarse con un propósito y así “vivir más plenamente y no meramente sobrevivir”.