Lo que empezó como una “solución” para afrontar un gasto urgente terminó convirtiéndose en una deuda que parecía no tener fin. Primero fueron los préstamos. Después llegaron los intereses, los atrasos y las refinanciaciones. Y finalmente, las amenazas. Dos mujeres cuentan sus historias y el infierno que vivieron.
Jacquelin todavía recuerda cuánto debía al comienzo de todo. Era menos de un millón de pesos. Hoy asegura que la deuda llegó a casi $20 millones.
“El primer préstamo por el que me metí fue el año pasado. No llegaba a un millón. Cuando me cortaron la pensión lo pedí por eso. Cuando me lo cortan, hablé con esta prestamista y me dijo ‘no hay problema, te esperamos’”, contó en diálogo con Telenoche (eltrece).
El problema apareció cuando intentó retomar los pagos. La cifra que le reclamaban ya no tenía relación con el préstamo original. “Cuando quise volver a pagarle me dijo que la deuda estaba en 5 millones y medio. Cuando yo le reclamé que era mucho, me llamó por teléfono, me insultó y ahí empezó toda la pesadilla por unos cuatro meses de llamadas, mensajes, a la hora que querían pedían plata”.
Según su relato, los reclamos fueron subiendo de tono hasta convertirse en amenazas directas. “Me decían ‘en 5 minutos estamos en tu casa, bancate la toma’, me llegaron a decir que saque los chicos de acá”.

La deuda también empezó a pagarse con objetos. Jacquelin tenía una amasadora que no utilizaba y que, según cuenta, actualmente vale unos $2,5 millones. La prestamista se la ofreció tomar por apenas $300 mil. “Primero se lo peleé, le dije que si no me cubría la deuda no se lo daba y me pidió dos freidoras para quedar a mano. Todo eso acá en mi casa”, detalló.
La mujer se quebró al recordar aquellos meses y aseguró que durante mucho tiempo eligió el silencio. “Fueron muchos meses de quedarme callada y no contarlo. Cuando lo conté ya era demasiado tarde. Pedí ayuda y nadie me ayudó. Al que le tenía que contar no le conté y se hizo toda una bola. No hablé a tiempo”, lamentó entre lágrimas.
El caso de la segunda mujer -quien prefirió preservar su identidad- comenzó de una manera diferente, pero terminó siguiendo una lógica similar. Necesitaba dinero para que su nieto pudiera continuar con sus terapias. Su hija trabajaba en una panadería y ella comenzó a pedir préstamos para poder cubrir los gastos.
Uno de ellos fue de $300 mil y se lo pidió a una prestamista de Castillo. “Me cobraba 7 semanas de $90 mil. Devolvía mucho más”, explicó.

El problema no terminaba cuando lograba reunir el dinero de cada cuota: “Cuando llegaba a cubrir la cuota el tema era que debía los atrasos, intereses, entonces eran $70 mil más por semana. Pude terminar de pagar, pero me quedaban los atrasos. Se lo empecé a discutir, tenía casi 700 mil en atrasos”.
Con una deuda tan alta, la mujer finalmente les dijo que ya no podía seguir pagando, pero la respuesta que recibió fue otra forma de presión. “Le dije que yo por semana no podía pagar más porque no tenía de dónde sacar. Me decían ‘sacá la plata de donde sea, si no vamos a hacer lío’”, precisó.
Las amenazas, según contó, también alcanzaron la casa y el barrio: “Me han llegado a decir que iban a escribir con aerosol las paredes, que iban a empapelar la cuadra”.
La situación terminó llevándola a pedir otro préstamo para intentar cubrir el anterior. Una refinanciación que, lejos de solucionar el problema, volvió a agrandar la deuda.
“La última vez me hizo una refinanciación de 3 cuotas de $750 mil, me llevó a meterme en otra prestamista con la que tampoco pude cumplir”, detalló.
Dos historias atravesadas por la misma dinámica: una necesidad económica urgente que lleva a pedir dinero, una deuda que crece por intereses y atrasos y, cuando la persona ya no puede pagar, aparecen las presiones y las amenazas.



