Ana Faustina nació en Chile en 1832, durante el primer exilio de Sarmiento, y fue hija de María Jesús del Canto, una joven chilena que había sido su alumna.

“Consuélate de tener un padre, y con mi pensamiento fijo de acabar mi vida a tu lado. Tú y tus hijos serán en adelante mi familia, y en mi vejez tú me cuidarás”. El que firma, el padre, es Domingo Faustino Sarmiento, que entonces representa a la Argentina en los Estados Unidos. La hija, poco conocida para la historia oficial, se llama Ana Faustina y ha sido fruto de un amor que fue un escándalo: el del maestro y María Jesús del Canto, una joven chilena de 17 años que había sido su alumna. De este padre y esta hija se trata Querida hija. Ana Faustina en la vida de Sarmiento, el ebook gratuito que escribió Adrián Pignatelli que publica Infobae Ediciones.

Sobre esta historia se construyó Sarmiento, el maestro, el cortometraje que produjo Infobae, donde Juan Leyrado le pone voz a Sarmiento y Carla Peterson a su hija. Las imágenes se generaron después de que los actores grabaran, con inteligencia artificial.

¿Qué se sabe de esta hija que, finalmente, acompañó a su padre hasta la muerte? Ana Faustina, cuenta Pignatelli, nació en 1832 en Chile, durante el primer exilio de Sarmiento. “Ella fue producto de esos metejones pasajeros, amores juveniles de promesas vanas de una vida juntos para siempre”, escribe el periodista especializado en Historia. La sociedad de la época no toleró esa pasión y mucho menos que naciera una niña: el argentino tenía 21 años y “se ganaba la vida como maestro de escuela con un sueldo muy bajo”. No encajaba, no iba a andar.

Por eso, temeroso de que la nena terminara en un orfanato o en un convento, cuando Sarmiento termina su primer exilio y vuelve, se lleva a Ana Faustina con él. La nena crecerá en San Juan con su abuela, doña Paula Albarracín.

“Fue al lugar indicado. Paula, esa mujer alta, un tanto huesuda, nariz prominente y de ojos claros –marca registrada en los Albarracín– era una persona de carácter”, escribe Pignatelli. La nena estudiará en un colegio fundado por Sarmiento y, cuando llegue el segundo exilio, volverá a su tierra natal con la familia. Allí se casará con el impresor francés Julio Belín, amigo de su padre.

Pero la vida no sería un jardín de rosas: Ana Faustina vivió lejos de su padre y, en su correspondencia, lamentaba vivir “oculta” y lejos de él. En el libro, Pignatelli agradece especialmente a Diego Fernando Barros, director del Museo Histórico Sarmiento y a Ingrid Briege, profesional de la institución, “por su colaboración y compromiso en la búsqueda de material”. Ahí estaba la correspondencia entre padre e hija que le da carnadura al libro. Las voces de ellos, sin filtro.

El periodista Adrián Pignatelli se metió con las cartas de Sarmiento.

“Bucear en el mundo de Sarmiento supone sumergirse en esos mares en los que llegar al fondo resulta imposible. Así es la producción de este genial sanjuanino que produjo obras literarias importantes, además de un sinnúmero de artículos periodísticos. Su cabeza fue una usina de ideas, muchas de las cuales pudo cristalizar siendo presidente”, dice Pignatelli.

Y cuenta el trabajo con las cartas:

“Leer su más que voluminosa correspondencia nos ayuda a comprenderlo mejor y a entender decisiones, actitudes y procederes y en un puñado de cartas que intercambió con su hija también quisimos incluir la figura del padre, que siempre estuvo más ligada a Dominguito”.

Vivieron casi siempre lejos uno de otro. Sarmiento tuvo otros amores, una esposa, otra mujer que lo hizo temblar. Se comunicaban, sobre todo, por carta. Y en 1865 Belín, el esposo de Ana Faustina, murió. Y Sarmiento la llama: “Tu volverás a ser mi familia y puedo contar con que tendré a mi lado un hijo que me cierre los ojos”.

La correspondencia entre Sarmiento y Ana Faustina muestra que vivieron gran parte de sus vidas separados y que ella lamentaba estar lejos de su padre. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Así fue, ahí estuvo ella. A Sarmiento le habían recomendado instalarse en Asunción, por el clima. La hija se quedó con él en Paraguay hasta aquel 11 de septiembre de 1888. En su testamento, que Sarmiento había hecho en 1886, “la reconocía como hija natural y única”, cuenta Pignatelli. Le dejaba, como herencia, una casa en Buenos Aires, otra en Asunción, un par de terrenos y algo de dinero en el banco. Poco.

“Abarcar a Sarmiento en un solo texto es, a mi entender, una misión imposible, ya que desde que abrió con su tío una precaria escuela en San Luis lo único que pudo parar a ese espíritu hacedor, irreverente, inteligente y provocador fue la muerte”, dice Pignatelli, que trabajó como asesor histórico en el video Sarmiento, el maestro y en el anterior, El libertador, que narra el encuentro de Sarmiento con San Martín –uno joven, uno ya mayor– en Francia.

Una hija concebida sin papeles, un padre que, de alguna manera, se hace cargo, la vida que da vueltas y los pone juntos. Todo, en el siglo XIX. Porque la Historia nunca es un museo de cera, está irremediablemente hecha por seres humanos.