Estudiantes de La Plata llegó a la final de la Supercopa Internacional para disputar un título. Se fue con la convicción de que, además de a Rosario Central, tuvo que enfrentar decisiones arbitrales que condicionaron el partido una vez más. La bronca por lo ocurrido dentro de la cancha lamentablemente no sorprendió a nadie por la actuación de quienes tenían la responsabilidad de impartir justicia.

La controversia había empezado antes del pitazo inicial. La designación de Darío Herrera como árbitro principal y de Jorge Baliño al frente del VAR despertaba todo tipo de sospechas para una final cargada de tensión entre los clubes. Lo sucedido durante el partido, lejos de disipar las dudas, profundizó el malestar.

Como si fuera poco, el presidente de la AFA, Claudio “Chiqui” Tapia, decidió no entregarle las medallas a Estudiantes, en una decisión que no conoce precedentes.

Cuando una decisión polémica puede cambiar el rumbo de una final, la explicación no puede reducirse a que el fútbol admite interpretaciones. El árbitro, sus asistentes y el VAR cuentan con herramientas y responsabilidades diferentes. Por eso basta con revisar las jugadas cuestionadas, explicar cómo hizo Herrera para ver siempre lo contrario a lo que vio la mayor parte de los expectadores que ven fútbol todas las semanas.

El VAR convocó al árbitro a revisar el contacto de González Pirez sobre Copetti sin que ningún jugador de Rosario Central hubiera reclamado la infracción

Para el Pincha y sus hinchas, la palabra “robo” expresa la indignación de una tarde que vuelve a poner al futbol argentino bajo sospecha, donde todo se percibe “amañado”.

Al finalizar el partido, todo terminó en escándalo. Gritos, insultos y golpes de puño entre los jugadores de ambos equipos fueron el corolario de la violencia que se ejerce desde los escritorios de la AFA y que trasciende al campo de juego.

La primera controversia llegó antes de que culminara el primer tiempo. Con el partido igualado 1-1, Enzo Copetti cayó dentro del área tras un contacto con Leandro González Pirez durante el tiempo adicionado. Darío Herrera no advirtió la infracción en tiempo real y dejó seguir el juego. Sin embargo, Jorge Baliño, desde el VAR, convocó al árbitro a revisar la jugada en el monitor, algo que llamó la atención: ningún jugador de Rosario Central había reclamado el penal.

Tras observar las imágenes, Herrera determinó que existía una falta imprudente y señaló la pena máxima. Ángel Di María la convirtió con una definición sutil para poner el 2-1 parcial. Para el lado del Pincha, el enojo fue inmediato y con razón: la imagen no resultaba concluyente y el propio VAR tomó la iniciativa de llamar al árbitro sin que mediara reclamo alguno desde la cancha.

Lo que vino después no hizo más que echar más leña al fuego. A los 17 minutos del complemento, Elías Verón —que ya cargaba una amonestación— frenó una arremetida con una entrada que impactó sobre Adolfo Gaich.

La intensidad del golpe, el punto de contacto y las consecuencias físicas sobre el delantero reunían los elementos de una falta temeraria: la segunda tarjeta amarilla y la consecuente expulsión eran la sanción que correspondía. Herrera no la sacó. El propio banco de Rosario Central terminó por reconocer la gravedad de la situación: el entrenador Diego Almirón retiró a Verón del campo pese a que llevaba apenas 19 minutos en cancha.

La tercera polémica llegó sobre el final del partido y tampoco tuvo resolución para Estudiantes. Adolfo Gaich saltó para bajar un pelotazo al borde del área y la pelota golpeó en el brazo izquierdo de Ignacio Ovando, que lo tenía extendido.

El Pincha reclamó de inmediato la mano. Herrera esperó el llamado del VAR, que realizó una revisión y le dio el visto bueno para continuar. La corta distancia entre el cabezazo y el brazo del defensor fue el argumento para no sancionar la pena máxima, aunque la jugada, al menos, lucía lo suficientemente polémica como para merecer un análisis más detenido. El árbitro consideró que el balón buscó el brazo y no el brazo al balón, y que Ovando no tuvo tiempo de reacción para modificar su posición.

Fue sobre el cierre cuando la tensión acumulada durante los 90 minutos terminó por desbordarse. Fernando Muslera avanzó a buscar un córner, Central salió de contraataque por la derecha y Julián Fernández sentenció el marcador con un remate desde larga distancia que estableció el 3-1.

El festejo y los cruces que siguieron encendieron la mecha: se desató una pelea generalizada dentro del campo con suplentes, cuerpos técnicos y dirigentes involucrados. La terna arbitral se mantuvo al margen, a la espera de que el orden se restableciera por sus propios medios. El partido no tuvo pitazo final.

En medio de los incidentes, Juan Sebastián Verón, presidente de Estudiantes de La Plata, ingresó al campo e increpó directamente a Herrera. “Toda tuya”, le dijo. La tensión se extendió luego al túnel que conduce a los vestuarios, donde se registraron empujones y golpes entre jugadores de ambos equipos.

Durante la ceremonia de entrega de medallas, el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), Claudio Tapia, no subió al escenario cuando se premió a Estudiantes, aunque sí lo hizo al momento de reconocer a los árbitros y al plantel de Rosario Central. Una decisión sin precedentes que cerró una tarde en la que las imágenes dentro y fuera de la cancha dijeron más que cualquier resultado.