Sandro, un elefante asiático de 55 años, comenzó una nueva etapa después de pasar más de cuatro décadas en un zoológico. El animal recorrió más de 1.600 kilómetros desde Sorocaba hasta el Santuario de Elefantes Brasil, en Chapada dos Guimarães, Mato Grosso.
El traslado duró dos días y medio y se concretó después de un largo proceso judicial. Sandro llegó al santuario el 18 de septiembre y, desde entonces, sus cuidadores aseguran que se adapta rápidamente al nuevo entorno.
La historia de Sandro, el elefante que vivió décadas en cautiverio
Sandro fue capturado en Asia en 1971, cuando todavía era un bebé, y llevado a un zoológico de Países Bajos. Durante una década formó parte de distintos espectáculos hasta que en 1982 fue trasladado al Zoológico Municipal Quinzinho de Barros, en Sorocaba.
Ahí permaneció durante más de 40 años y durante una parte de ese período vivió solo. En 1995 llegó Haisa, otra elefanta asiática, pero murió en 2020 por problemas de osteoartritis. Su muerte inició una batalla judicial para conseguir el traslado de Sandro.
Cómo es la nueva vida de Sandro en el santuario
Finalmente, en junio de este año, el Tribunal de Justicia de São Paulo autorizó de manera definitiva el traslado. El objetivo es que Sandro pueda explorar, caminar sobre la tierra, buscar vegetación y desarrollar comportamientos naturales que no podía realizar de la misma manera en el zoológico.
Desde su llegada, los cuidadores comparten reportes sobre su evolución y aseguran que el animal “ha demostrado ser un explorador nato”. También destacaron que recorre con frecuencia los distintos espacios y calificaron como “maravilloso” observar su rápido progreso.
Por ahora, Sandro permanece en un área preparada para elefantes asiáticos machos y su posible contacto con otros animales será progresivo. El santuario también alberga a seis elefantas asiáticas, pero cualquier acercamiento dependerá del comportamiento y el interés de los propios animales.
Uno de los cambios más llamativos ya puede verse en sus actividades cotidianas: a Sandro le gusta jugar con el barro. Según sus cuidadores, mezcla tierra y agua con las patas, la amontona con la trompa y después se la arroja sobre el cuerpo, mientras continúa descubriendo todo lo que ofrece su nuevo hogar.




